El Rey ausente y la coartada del accidente ferroviario (Video comentario del escritor y periodista Joaquín Abad)
La reciente intervención del rey tras el accidente ferroviario ha dejado una sensación incómoda: la de un discurso cuidadosamente pulido que evita, con notable habilidad, rozar el fondo del problema. Palabras de consuelo, gestos de cercanía y llamados abstractos a la unidad no pueden —ni deben— sustituir una mínima referencia a las causas que hicieron posible la tragedia.
En un país donde los accidentes ferroviarios no son simples fatalidades, sino episodios que suelen estar precedidos por decisiones políticas, recortes presupuestarios o fallos estructurales largamente advertidos, pasar de puntillas sobre las responsabilidades equivale a normalizar la impunidad. El jefe del Estado no es un técnico ni un juez, pero sí una figura con capacidad simbólica para marcar límites y señalar la importancia de la verdad.
El silencio sobre las causas no es neutral. Protege a quienes toman decisiones sin asumir consecuencias y traslada a la ciudadanía un mensaje peligroso: que el dolor se honra con ceremonias, no con explicaciones. Que la emoción sustituye al análisis. Que basta con lamentar, sin aprender.
La monarquía suele reivindicar su papel como garante de estabilidad y cohesión. Precisamente por eso, se espera algo más que un discurso aséptico cuando la confianza en las instituciones se pone a prueba. Nombrar el problema no divide; lo que divide es la percepción de que hay temas intocables incluso cuando hay víctimas de por medio.
Las familias afectadas no solo merecen condolencias. Merecen saber qué falló, quién lo permitió y qué se hará para que no vuelva a ocurrir. Y la ciudadanía merece una jefatura del Estado que no se limite a acompañar el duelo, sino que también respalde, al menos moralmente, la exigencia de responsabilidades.
Porque cuando el poder habla sin decir nada, el silencio también pesa. Y mucho.











