Fabricar el relato
Antonio Naranjo.- Pedro Sánchez y su gobierno solo son buenos en hacer el mal, en fabricar relatos infames para implantar una realidad alternativa opuesta a la auténtica, falsa como un duro de madera, pero convenientemente adornada y repetida con solemnidad por el ejército de esbirros que amamanta en sus pechos económicos e ideológicos.
Es el famoso principio de la propaganda de Goebbels, ese enano cojo y diabólico descrito por el obeso y no menos canalla Goering, traducido en la apuesta por asentar una mentira a fuer de repetirla hasta la saciedad, o tapar un problema generando otro o trasladar al adversario el escándalo propio.
Lo vemos a diario en todos los frentes, con el estrambótico cacareo sobre la prosperidad económica de España como emblema y esa frase indecente de que la macroeconomía va fenomenal pero la micro no lo ha notado, que en realidad desmonta la falacia: simplemente se puede maquillar estadísticamente la primera, pero no hacer cambiar la segunda, marcada por un desempleo feroz, una pérdida de poder adquisitivo escandalosa y un gasto público más propio de un ludópata.
También lo hemos visto con las catástrofes y las tragedias, que siempre son actos criminales cuando les tocan a sus rivales y caprichos del destino feroz cuando son propios: Ayuso, Moreno, Mazón, Aznar, Trillo o Rajoy son asesinos; pero Sánchez, Puente, Illa o Marlaska son infatigables servidores públicos que, con su legendaria bonhomía, gestionan como nadie los zarpazos inesperados de la vida.
Ese es ya el relato vigente con el accidente de Córdoba, tan evitable como una inundación en casa si no te dejas el grifo abierto. Y aquí lo estaba: se ignoraron las advertencias reiteradas de los maquinistas y no se redujo la velocidad mientras se salía de dudas, como sí se ha hecho preventivamente en la línea del AVE entre Madrid y Barcelona, en lo que es una confesión de culpa inapelable.
¿Por qué ahora sí y antes no? ¿Acaso hace falta una matanza para atender las peticiones de los profesionales? Sin necesidad de ahondar en el resto de factores, es una obviedad que los trenes no podían ir a toda prisa en ese tramo, que las vibraciones son un anticipo de problemas gravísimos y que un tren descarriló antes de que otro chocara con él, algo que nunca hubiera ocurrido de estar todo y todos en su sitio.
Pero ningún drama masivo tiene una única causa, suelen devenir por una conjunción de factores que, aislados uno a uno, son condición necesaria pero no suficiente para entender la catástrofe. Y esto no será una excepción: bastará con el Gobierno, que ha ganado un tiempo para fabricarse el relato poniéndose el disfraz de un luto artero para callar a todo el mundo, incida en algunas de las razones periféricas y cuente con su batallón sincronizado para colocarlas al frente de las demás y, como poco, generar la duda.
Una llamada del maquinista, un informe secundario, un fallo humano y un alud de cifras convenientemente cocinadas para simular una atención sin precedentes al servicio ferroviario son suficientes para diluir las responsabilidades propias y, si suena la flauta, convertir incluso el episodio en otra «prueba» de la perversa conspiración contra un Gobierno humanitario y sensible como ninguno.
Pero no nos engañemos: el Gobierno tenía advertencias reiteradas del estado de las líneas cursadas por los propios trabajadores, en una de ellas todo ha acabado con decenas de vidas y, por miedo a que se repita, han empezado a hacer ahora lo que debieron hacer antes. Todo lo demás es tinta de calamar.
A ver quién tiene valor de defender que montarse en el AVE y matarse entra dentro de la lógica en un país donde cada día se pagan más impuestos, a cambio de bochornos como éste.











