Vox, contra la crítica interna: el caso Ortega Smith destapa su deriva autoritaria y el ocaso de los principios fundacionales
Ignacio Andrade.- En las últimas semanas, la crisis interna de Vox ha dejado al descubierto algo que hace tiempo muchos observadores políticos venían apuntando: la contradicción creciente entre la retórica oficial del partido y lo que alguna vez sostuvo uno de sus fundadores más emblemáticos, Javier Ortega Smith. La expulsión de Ortega Smith de lugares de poder dentro del partido no es solo un movimiento orgánico más, sino un síntoma de la deriva autoritaria y volatilidad estratégica del Partido verde.
Ortega Smith no es un dirigente cualquiera. Junto a Santiago Abascal fue parte del núcleo original que levantó Vox en 2014, una formación que entonces se presentaba como alternativa conservadora radical frente a los grandes partidos tradicionales. Sin embargo, en un proceso gradual que se ha intensificado en los últimos años, Ortega Smith ha sido apartado primero de cargos relevantes en el Congreso, luego degradado en la ejecutiva y, finalmente, completamente expulsado de la dirección del partido.
Para un fundador, este ostracismo no es trivial: revela que las lealtades internas ya no se sustentan en principios compartidos, sino en estrategias de control y personalismo. Ortega Smith ha descrito su degradación como “equivocada e injusta”, subrayando que sus intervenciones y trabajo parlamentario siempre se mantuvieron dentro del proyecto político fundacional de Vox.
Críticas desde dentro que deberían preocupar a cualquier votante crítico
Hasta hace poco, Ortega Smith había expresado críticas veladas sobre el rumbo del partido, sugiriendo que Vox se alejaba de la claridad de sus postulados originales y que había “cosas que no se han hecho bien”.
Estas críticas no eran meras anécdotas internas: reflejaban dudas genuinas sobre la orientación política estratégica del partido —una señal de que incluso dentro de Vox hay quienes ven incoherencias difíciles de ocultar.
Además, Ortega Smith ha querido recordar que Vox “no se fundó para ser la casa particular de nadie”, denunciando las prácticas autocráticas que hoy caracterizan la gestión del liderazgo.
Este tipo de frases, que bordean la autocrítica, contrastan con la posición oficial de Vox, que minimiza las tensiones, atribuyéndolas a simples ajustes de imagen o a una orientación pragmática frente a temas como la vivienda.
¿Qué quiere decir esto para Vox?
Primero, que la expulsión gradual de Ortega Smith no es solo un episodio episódico, sino un signo de consolidación de poder en torno a un núcleo más reducido y alineado con Abascal y sus prioridades personales. Las críticas internas no solo han sido desplazadas, sino que se han convertido en un elemento incompatible con la fidelidad al proyecto. Este tipo de lógica interna no es nueva en movimientos autoritarios: el disenso se castiga, y la disciplina interna se eleva por encima del debate honesto.
Segundo, este proceso expone la paradoja de un partido que se reclama defensor de la “libertad” frente a lo que llama “partidocracia”, pero que repele de forma implacable cualquier voz que cuestione sus métodos o estrategias. Ortega Smith mismo ha recuperado un vídeo de Abascal donde este denunciaba que “la democracia ha sido secuestrada por los partidos” y que “es difícil que la gente sea libre” dentro de ellos; ironías de la historia cuando ahora Smith mismo es víctima de esa lógica interna.
Lejos de ser una simple disputa personal entre dirigentes, la situación entre Vox y Ortega Smith expone un problema estructural en la formación extrema derecha: cuando una organización sacrifica el debate interno y la coherencia en favor del control vertical, termina perdiendo no solo a sus críticos más moderados, sino también su propia brújula ideológica.
Esto debería alertar a la sociedad y, en especial, a quienes se interesan por la salud democrática de España: un partido que no tolera diferencias internas, que margina a sus fundadores por disentir y que centra sus prioridades en la disciplina interna antes que en el servicio público, no está preparado para ocupar espacios de poder con responsabilidad democrática.












