Julio Iglesias y su contexto
Luis Ventoso.- Telefoneo a mi casi nonagenaria madre después de comer. Está viendo la tele y me suelta socarrona: «Hay un programa nuevo: los morreos de Julio Iglesias. Ya no ponen otra cosa».
Y es cierto. Desde el mediodía del pasado martes, las acusaciones de supuestos abusos laborales, físicos y sexuales del cantante español de música ligera más importante de la historia copan todas las televisiones afines al sanchismo. En su informativo del martes al mediodía, Telecinco abrió con el asunto y le dedicó diez minutos, como si Trump acabase de invadir Irán. Los magazines de apoyo a la causa sanchista ofrecen en bucle imágenes de Iglesias besando a mujeres varias.
El madrileño Julio José Iglesias de la Cueva tiene 82 años y a todos los efectos está retirado. Es un personaje de leyenda. Un chaval de buena familia que iba para portero del Real Madrid, que sufrió en 1962 un gravísimo accidente de coche que casi lo deja paralítico y que acabó convirtiéndose en un astro planetario que ha despachado 300 millones de discos. Iglesias logró lo que parecía inalcanzable para un artista español. En 1978 se instaló en Miami y fue capaz de conquistar Estados Unidos desde dentro. Acabó cantando con los mayores astros locales –Sinatra, Stevie Wonder, Diana Ross, Willie Nelson…– y hasta se convirtió en invitado estelar en cenas de artistas en la Casa Blanca y en galas de los Grammy.
Ahora, cinco años después de los supuestos hechos, dos mujeres que habían trabajado para él en sus mansiones de República Dominicana y Bahamas lo acusan súbitamente de «violencia sexual, física, psicológica y laboral». Según ellas, Iglesias, por entonces de 77 años, las trataba a todos los efectos como si fuesen esclavas sometidas a trabajos forzados. Los sórdidos abusos sexuales que han descrito con detalle convertirían al artista en un violador, de ser ciertos.
Sin conocer el caso de primera mano solo se puede especular. Aquí podría darse una de estas cuatro posibilidades:
1.-Al modo del decrépito Tiberio en su crespúsculo libidinoso en la isla de Capri, Iglesias se ha entregado a la lujuria más sórdida para entretener su vejez y además gasta mal carácter con las empleadas y meretrices que lo entretienen. En este caso, merecería una condena moral, pero no penal. Es su vida privada.
2.-La segunda posibilidad es que Iglesias sea un jefe distante, muy exigente y algo sobón, con formas de comportamiento obsoletas, aceptadas en su tiempo, pero que hoy resultan totalmente inaceptables.
3.-La tercera posibilidad es que las denuncias sean ciertas. De ser así, a sus 77 años, y con achaques de salud y problemas de movilidad muy serios, resulta que Iglesias era una especie de maníaco sexual que no paraba de abusar sexualmente de sus empleadas, amén de tratarlas como si fuese el capataz de una plantación esclavista.
4.-La cuarta posibilidad es que Iglesias sea una persona aceptable, aunque con los caprichos propios de un veterano divo, que está pagando ahora el rencor de unas empleadas de las que prescindió.
Si la tercera hipótesis es la cierta, deberá caer sobre él todo el peso de la ley, por muchos discos que haya vendido y muchas glorias que haya dado a España. Pero eso habrá de probarse en tribunales y no aplicando la presunción de culpabilidad televisiva, que fulmina el vital principio de la presunción de inocencia.
No me lanzaré a asegurar que Iglesias es inocente, porque no lo sé (y creo que al interesado le convendría comenzar a desmentir los hechos). Pero no puedo dejar de recoger una observación que me ha hecho una persona de buena cabeza y mejor criterio que el mío: «Aquí existe claramente un interés político por despellejarlo. Lo están utilizando como una cortina de humo que les sirve para tapar durante unos días los desastres del Gobierno. Además, es muy triste como en un solo día nos cargamos la obra de toda una vida de una persona y lo convertimos en un apestado».
Me temo que ese apunte podría albergar algo de razón. Si en vez de Julio Iglesias, simpatizante de siempre del PP y amigo del españoleo, estuviésemos hablando de algún ilustre y querido vate del ‘progresismo’, ¿estarían las televisiones del régimen ocupándose del caso de sol a sol? ¿Por qué el Ministerio de Igualdad se moviliza desde el minuto uno con este caso –y con el de la acusación contra el difunto Adolfo Suárez– y se inhibió ante los abusos contra mujeres de cargos del PSOE, incluida la denuncia de dos militantes que se quejaron de los excesos en la Moncloa del asesor Paco Salazar, estrecho colaborador de Sánchez?
¿Por qué las tertulianas sanchistas que decretan ipso facto la muerte civil de Julio Iglesias no han hecho lo mismo con Errejón, Ábalos, Koldo, el de la Diputación de Lugo, Salazar…? Ayer, a la misma hora que el PSOE y sus terminales tronaban contra Iglesias, el Partido Socialista –y el BNG– se servían encantados del voto del expresidente de la Diputación de Lugo, acusado de graves casos de acoso, para entronizar a su sucesora. El habitual fariseísmo y doble vara de medir.
Un golpista condenado a 13 años de cárcel por intentar romper España acaba de ser recibido con alfombra roja en la Moncloa y se está imponiendo a su dictado un chollazo fiscal para Cataluña, que agravia y toma el pelo al resto de las regiones. Con el dinero de todos nosotros se está comprando el apoyo de Junqueras para que sostenga a Sánchez e Illa. Pura corrupción política. Pero aquí el tema es… Julio Iglesias.











