Irán, Zapatero, Iglesias: los inocentes
Gabriel Albiac.- En Irán, una mujer es siempre propiedad de un macho: padre, hermano, marido…; hijo incluso, si los anteriores faltan. Ante los jueces, su testimonio carece de valor al ser confrontado con el de un hombre. Es de rutinaria aplicación la norma coránica que aconseja recluirlas y azotarlas cuando se muestren desobedientes a sus varones (Corán IV, 34: «Los hombres son los protectores y mantenedores de las mujeres, porque Dios ha hecho que el uno supere a la otra, y por el dinero que gastan para mantenerlas. Así, las mujeres justas son piadosas y guardan en ausencia del esposo, lo que Alá les ordena guardar. En cuanto a aquellas mujeres en las que ves mala conducta, amonéstalas, enciérralas en habitación aparte y golpéalas, pero si vuelven a la obediencia, no les busques querella. Ciertamente, Alá es siempre el más alto, el más grande»). No llevar velo, puede suponer hoy en Irán la muerte. A las adúlteras, se las lápida. Y conflicto resuelto.
En Irán, los homosexuales no existen. Es esa una abominación sólo imaginable en decadente tierra de infieles. Si algún musulmán llegare a ser corrompido por ellos hasta tal extremo, sólo la pena de muerte podrá limpiar la ofensa infligida al cielo. Para la ejecución, se ha preferido un funcional modernismo: nada de viejas horcas de madera; sólidas grúas industriales.
En Irán, no hay escritura que pueda competir con la Escritura. Ni libro al que se le tolere ser otra cosa que exégesis del Libro. Y aquel abominable que intente salirse de la norma, lo pagará con la vida. En el año 1988, Salman Rushdie, ciudadano británico nacido en Bombay de familia musulmana y autor de aquella novela mayor que fue siete años antes Hijos de la medianoche, se permitió media docena de páginas que, en su novela Versos Satánicos, ironizaban con una vieja leyenda popular acerca del Profeta. El ayatolá Jomeini, Jefe Supremo entonces de la Revolución Islámica iraní, dictó desde su santuario en Qom, la condena a muerte del novelista. Su fatwa tenía carácter intemporal. Treinta y ocho años después, el escritor británico-estadounidense sigue bajo una amenaza de muerte que lo condena a perpetua vida clandestina. No han logrado matarlo, de momento. Sólo le han arrancado un ojo.
En Irán, una milicia religiosa, la de los ‘Guardianes de la Revolución’, ha suplantado la hegemonía del ejército. No es un modelo nuevo. Calca los objetivos que, en la Alemania nazi, fueron fijados, primero para las SA y, definitivamente, para las SS: milicia de partido. Una fuerza militar, en este caso, al servicio privado de los ayatolás, frente a la cual el propio ejército no podía hacer más que humillarse y avenirse a papeles subsidiarios.
Desde Irán, se ha financiado a los amigos extranjeros. A Pablo Iglesias, por ejemplo, que invocó en su descargo el ilustre precedente, aquel del ‘Tren de Finlandia’ de Lenin en 1917. Y, a través de Iglesias y Montero, se gestó el enigmático invento que fue, en sus orígenes, Podemos. Desde Irán, forjó Mohammed Jatamí su pacto de acero con José Luis Rodríguez Zapatero. Lo llamaron ‘alianza de las civilizaciones’. Desde Irán, el brazo terrorista de los Guardianes de la Revolución, Hezbolá, maquinó la masacre antisemita de la AMIA en Buenos Aires, julio de 1994: 85 muertos, más de trescientos heridos. Desde Irán, la mayor red de terror del último siglo fue desplegada sobre los «infieles enemigos» que pudieran oponerse al mandato divino de poseer la Tierra.
¿A alguien le extraña, de verdad, el silencio de las gentes de Iglesias y Montero ante la matanza de mujeres iraníes? ¿A alguien, de verdad, le extrañan la mansedumbre y silencio de los jefes del PSOE ante los cientos, puede que miles, de manifestantes ametrallados por los clérigos iraníes en la última semana? No juguemos a hacernos los inocentes. Ni Zapatero, ni Iglesias, ni Montero lo son.
Mientras tanto, en Irán, un dólar se cambia por 1.400.000 ‘riales’. Pero eso, ¿a quién le importa?











