El diplomático globalista, elitista y mandilero que perdió la diplomacia: Javier Rupérez y su odio patológico a Donald Trump
AD.- Javier Rupérez aborrece a Donald Trump. Y cuando el odio toma el mando, el pensamiento crítico se baja del coche. Lo que debería ser una reflexión serena desde la experiencia diplomática se convierte, en su caso, en una diatriba cargada de desprecio, más propia de un tertuliano enfurecido que de un exembajador.
Que un exrepresentante del Estado español afirme que “el mundo necesita la desaparición de Trump” no es una opinión: es una declaración de hostilidad política absoluta. No propone alternativas, no argumenta políticas, no contrasta resultados. Directamente quiere borrar del mapa a quien no encaja en su cosmovisión globalista y elitista.
¿Este es el nivel intelectual del análisis? ¿Desear la “desaparición” del adversario porque no obedece al consenso progresista internacional?
Eso no es pensamiento estratégico. Es odio mal disimulado.
Rupérez no critica a Trump por lo que hace, sino porque representa la ruptura con el establishment diplomático tradicional, el desprecio por el lenguaje hipócrita del multilateralismo vacío y la osadía de ganar elecciones sin pedir permiso a las élites culturales.
Trump es el símbolo que Rupérez no soporta: un líder elegido por millones que no se arrodilla ante el catecismo ideológico de siempre. Por eso lo reduce a caricatura, lo patologiza, lo demoniza. Porque debatir con hechos sería reconocer que Trump —le guste o no— cambió reglas, agendas y equilibrios reales de poder.
Cuando Rupérez repite calificativos como “psicópata”, “peligro global” o “destructor del orden mundial”, no está informando: está militando. Usa lenguaje clínico sin rigor, dramatiza consecuencias sin proporción y exagera rasgos personales para evitar lo esencial: discutir resultados.
Curiosamente, ese “orden mundial” que Rupérez dice defender ha producido guerras interminables, dependencias energéticas suicidas, organismos internacionales inútiles y carísimos, la erradicación del Cristianismo como fuente de conciencia colectiva y la sustitución demográfica de la población autóctona europea.
Pero de eso, silencio. El problema es Trump. Siempre Trump.
El miedo disfrazado de superioridad moral
En el fondo, el discurso de Rupérez no nace del análisis, sino del miedo: miedo a que el mundo ya no funcione según los códigos de una generación de diplomáticos que se hablan entre ellos, se citan entre ellos y se felicitan entre ellos… mientras pierden contacto con la realidad.
Trump no les ofende por lo que dice, sino porque demostró que el sistema no es intocable. Y eso, para quienes vivieron cómodamente dentro de él, es imperdonable.
Javier Rupérez no odia a Trump por sus errores —que los tuvo—, sino por su existencia política. Lo que odia la oligarquía global y elitista es que Trump encarne algo que trasciende la política convencional: una reacción frontal frente a la erosión de la identidad cristiana y de la herencia biológica de siglos que históricamente ha dado forma a Occidente.












Este cerdo de Ruipérez, es fruto de aquel asqueroso partido que se llamó UCD y colega de aquel ” perjuro ” llamado Adolfo Suárez….Esa mierda de partido, que dió paso a toda esta situación que estamos viviendo-padeciendo desde entonces.
Masón…e impresentable…amigo de Montini, y está gente globalista…si Trump ha cogido a este gamberro de Maduro…es por algo…si no tiene nada no lo puede coger y llevárselo…es del género idiota pensar lo contrario…que en USA, tienen un poder judicial decente…no como en otros lados…donde rige la “damnatio memoriae”…no voy a decir mas
Rupérez produce arcadas.
Estuvo secuestrado en el pueblo de las brujas y uno de sus interrogadores trabajaba para la CIA.
Síndrome de Estocolmo.