2025: El año en que Pedro Sánchez agotó su crédito político
El año 2025 pasará a la historia como el momento en que el proyecto político de Pedro Sánchez terminó de mostrar todas sus grietas. Lejos de consolidar un legado de estabilidad y progreso, su labor al frente del Gobierno ha quedado marcada por la improvisación, el desgaste institucional y una preocupante desconexión con la realidad social y económica del país.
Sánchez ha gobernado 2025 como ha gobernado buena parte de su mandato: priorizando la supervivencia política sobre el interés general. Cada decisión clave ha estado condicionada por la necesidad de mantener una mayoría parlamentaria frágil, sostenida a base de cesiones opacas, pactos contradictorios y una renuncia constante a la coherencia programática. El resultado ha sido un Ejecutivo sin rumbo claro, más pendiente de apagar incendios internos que de ofrecer un proyecto de país reconocible.
En 2025, la política económica del Gobierno ha sido una caricatura: anuncios ruidosos, reformas cosméticas y una dependencia obscena del relato. Mientras el acceso a la vivienda se hunde, la presión fiscal asfixia a las clases medias y la productividad sigue estancada, Sánchez se refugia en comparecencias vacías y en un triunfalismo desconectado de la calle. Gobernar no es resistir, pero esa es la única habilidad que ha perfeccionado.
El daño institucional es aún más profundo. Sánchez ha normalizado una relación tóxica con las instituciones, utilizando el BOE como arma política, erosionando contrapesos y tensando el marco constitucional hasta convertirlo en plastilina jurídica. En 2025 no ha actuado como presidente de todos, sino como jefe de facción. El Estado no le sirve: le estorba cuando no obedece. En 2025, el presidente no ha actuado como árbitro del sistema, sino como jugador que fuerza las reglas para no abandonar el campo.
Sus pactos parlamentarios, lejos de ser una expresión legítima de pluralidad, han acabado siendo un mercadeo político sin líneas rojas, donde las concesiones se negocian a espaldas de los ciudadanos y se justifican a posteriori con retórica vacía. La coherencia ha sido sacrificada en el altar de la aritmética parlamentaria.
En el exterior, España ha pasado de actor respetado a figurante. Mucha agenda, muchas fotos, pero ninguna influencia real. Sánchez ha confundido presencia con liderazgo y diplomacia con marketing personal. El resultado es un país menos escuchado y un presidente más preocupado por su perfil que por el interés nacional.
Pero lo más corrosivo de 2025 no es una ley concreta ni un pacto puntual: es el agotamiento moral que deja este modo de gobernar. Un país exhausto, polarizado y descreído, donde la política se percibe como un juego cínico de poder sin consecuencias para quienes lo practican.
Pedro Sánchez cerró 2025 sin haber ganado nada para España, pero habiéndolo apostado todo por sí mismo. No es un fracaso puntual: es un modelo de gobierno agotado, donde resistir se ha convertido en el único objetivo y gobernar en una molestia secundaria. La historia no recordará cuántas veces logró aguantar, sino cuánto hizo perder mientras lo intentaba.











