El fenómeno Santiago Segura frente al rechazo a Pedro Almodóvar: dos caras del cine español
Pablo Silván.- En un panorama cinematográfico cada más fragmentado y sometido a modas pasajeras, resulta difícil encontrar figuras que mantengan una conexión genuina con el público. Sin embargo, Santiago Segura se ha consolidado como una excepción notable: un creador que, sin complejos, ha sabido escuchar a la audiencia y ofrecer exactamente lo que esta busca. Su cine no pretende disfrazarse de intelectualidad impostada ni refugiarse en discursos crípticos; al contrario, abraza con orgullo el entretenimiento directo, el humor popular y la cercanía. Y ahí reside su gran mérito: entender que el cine también es, y debe ser, disfrute compartido.
Segura ha demostrado una habilidad extraordinaria para leer el pulso social, adaptando sus propuestas sin perder su sello personal. Mientras otros directores parecen rodar de espaldas al espectador, él lo coloca en el centro. Sus películas pueden gustar más o menos, pero nadie puede negar su impacto ni su capacidad para llenar salas. En una industria que a menudo desprecia lo comercial como si fuera un pecado, Segura reivindica algo esencial: que conectar con la gente no es una concesión, sino un logro.
En el extremo opuesto se encuentra Pedro Almodóvar, cuya trayectoria, aunque celebrada en ciertos círculos, lleva tiempo instalada en una burbuja cada vez más alejada del público general. Su cine, antaño provocador y vibrante, parece haberse convertido en un ejercicio reiterativo de estilo, más preocupado por la estética que por la emoción auténtica. La sofisticación, cuando se convierte en rutina, deja de ser virtud para convertirse en artificio.
Almodóvar ha ido construyendo una filmografía que dialoga principalmente consigo misma, atrapada en referencias internas y en una visión del mundo que ya no interpela a la mayoría. Sus historias, en lugar de evolucionar, parecen girar en círculos, apoyándose en fórmulas que en otro tiempo funcionaron pero que hoy resultan previsibles. Es un cine que exige admiración, pero rara vez genera complicidad.
Mientras Segura pisa el terreno firme del aplauso popular, Almodóvar parece haberse acomodado en el eco de su propio prestigio. Uno construye desde la cercanía; el otro, desde la distancia. Y en ese contraste se revela una verdad incómoda: el cine que olvida al espectador corre el riesgo de volverse irrelevante, por muy aplaudido que sea en determinados ámbitos.
Quizá la diferencia fundamental entre ambos no sea una cuestión de talento, sino de actitud. Segura entiende que el cine es un diálogo; Almodóvar, en cambio, parece haberlo convertido en un monólogo. Y en tiempos donde la conexión lo es todo, no hay duda de cuál de los dos ha sabido mantenerse verdaderamente vivo.











