Vox: el fervor sionista convertido en dogma político
Óscar Bermán.- Si algo define hoy a Vox no es solo su nacionalismo, ni su retórica contra la inmigración, sino su alineamiento casi fanático con el gobierno de Benjamin Netanyahu. Lo que en otros partidos europeos es estrategia o diplomacia, en Vox se ha convertido en un acto de fe.
Bajo la dirección de Santiago Abascal, el partido ha abrazado la causa israelí con una intensidad que roza lo doctrinal. No hay matices, no hay crítica, no hay distancia: todo se reduce a una defensa automática, incluso cuando la comunidad internacional denuncia abusos o desproporción en el uso de la fuerza.
La contradicción es evidente y difícil de ocultar. Vox se llena la boca hablando de soberanía nacional, de no someterse a intereses extranjeros… salvo cuando se trata de Israel. Entonces, el discurso cambia: lo que antes era injerencia pasa a ser “alianza estratégica”; lo que antes era imposición externa, ahora es “defensa de Occidente”.
Pero la pregunta incómoda sigue en pie: ¿hasta qué punto esta postura responde a convicciones reales, y hasta qué punto es puro seguidismo ideológico? Porque lo que Vox vende como defensa de valores occidentales es, en la práctica, una alineación acrítica con un gobierno concreto, con sus decisiones y sus excesos.
El problema de fondo es que ese seguidismo internacional contrasta con el discurso de soberanía nacional que Vox proclama en el ámbito interno. En episodios recientes, el partido ha sido criticado por su tibieza ante decisiones del Gobierno israelí que afectaban incluso a intereses religiosos vinculados a España, lo que ha generado acusaciones de incoherencia dentro y fuera de sus propias filas. En este contexto, resulta legítimo plantear si la defensa de aliados ideológicos en el exterior está pesando más que la protección de los intereses y valores que Vox afirma representar dentro de España.












