Cuando Ormuz era de España (Video comentario de Joaquín Abad)

Vista aérea de la isla de Qeshm, separada del continente iraní por el estrecho de Clarence, en el estrecho de Ormuz
Reinaba Felipe IV y el petróleo ni se había descubierto aún como la gran fuente de energía que cambiaría el orden del mundo desde el siglo XIX hasta ahora, pero aquella pérdida fue no sólo un grave contratiempo para España sino uno de los puntos de inflexión más decisivos en su declive.
Tan devastador fue el quebranto que supuso aquel acontecimiento que uno de los mejores escritores de aquel tiempo, Francisco de Quevedo compuso unos versos titulados “Al mal gobierno de Felipe IV”, y que comenzaban, por si el Rey Planeta no se había enterado, con una frase tan informativa como demoledora: “Los ingleses, Señor, y los persianos han conquistado Ormuz…”.
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Además de las pérdidas económicas, aquella derrota significó también una gran humillación geopolítica y la ruptura de un delicado equilibrio diplomático. Ahora que se le reprocha a Donald Trump y a los propios iraníes que establezcan aranceles y peajes para dejar pasar a barcos y mercancías, conviene recordar que, durante más de un siglo los portugueses, y a partir de 1580 los españoles, una vez integradas las Coronas española y portuguesa en la Unión Ibérica, impusieron derechos y aranceles a cada barco que transitara por aquellas aguas, convirtiéndose de hecho en la aduana más rentable del rey Felipe II.
Con aquellos formidables ingresos, el monarca en cuyos dominios jamás se ponía el Sol financiaba la estructura que sostenía la presencia ibérica en Asia. No era, pues, por casualidad que había otro dicho en aquel tiempo no menos ampuloso: “El mundo es un anillo y Ormuz es su piedra preciosa”.
Como señalan los documentos históricos coincidentes, albergados en los archivos ingleses, portugueses y españoles, Inglaterra había cultivado primero diplomáticamente al entonces Sha de Persia, Abbás el Grande, con quién había establecido importantes acuerdos comerciales.
Después, convencerían al monarca persa de que tales acuerdos no se podían desarrollar completamente mientras el Estrecho de Ormuz estuviera en manos españolas. Así que, bien asesorados sobre el terreno por los persas, los ingleses decidieron atacar primero la isla de Qeshm, la más grande en extensión del Golfo Pérsico, cuya composición calcárea le había permitido durante siglos e incluso milenios albergar en su interior grandes reservas de agua potable.
De sus pozos se abastecía toda la región, y por supuesto también los barcos y marinos portugueses y españoles. Estos se vieron privados en 1622 de aquel suministro tan imprescindible, que derivó en un bloqueo de hecho de la entrada de víveres y munición.
A continuación, los ingleses sometieron a la guarnición española y portuguesa en Ormuz a un asedio que duraría diez semanas. Sin agua que beber, ni víveres que comer, ni pólvora con la que defenderse, los 500 soldados españoles y portugueses de Ormuz no tuvieron otra opción que rendirse. Corría el mes de mayo de 1622. La falta de suministro de agua potable fue por lo tanto el factor decisivo que canceló a España el control de las rutas asiáticas.
Felipe IV recibiría en Aranjuez la noticia de la caída de Ormuz. El monarca se dio cuenta entonces del fracaso de todos sus intentos diplomáticos previos, mediante el envío de embajadores y comerciantes, para intentar una alianza con el Imperio Otomano para contrarrestar la establecida por ingleses y persas.
Aún así intentó la recuperación del Estrecho de Ormuz, con expediciones navales y militares en 1623, 1624, 1625 y 1627. Todas se saldaron con el fracaso. Inglaterra se hizo así con la llave del comercio entre Oriente y Occidente. De paso, demostró que el gran Imperio español no tenía tanta fuerza como para atender a los numerosos frentes que se le habían abierto, contando con los de la propia Europa y los asedios ingleses a varios de los puertos de los virreinatos españoles en América. Y, por si fuera poco, aquel golpe abrió serias dudas en la pervivencia de la Unión Ibérica, tanto que en 1640 Portugal iniciaría su Guerra de Restauraçao, o sea la de su independencia de España.
La pérdida progresiva de influencia de España desde entonces lleva una cuesta abajo cada vez más pronunciada. Valga como ejemplo que, cuatro siglos más tarde de aquella pérdida de Ormuz, la España que hoy gobierna Pedro Sánchez no haya sido siquiera invitada a la conferencia de más de cuarenta países para buscar una solución que restablezca la navegación por aquel Estrecho de Ormuz, hoy tanto o más importante para la geopolítica mundial como lo era entonces.











