Juan Carlos I y la hipocresía selectiva
Fernando Villena.- La imagen de Juan Carlos I en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla durante la tradicional corrida del Domingo de Resurrección ha desatado, una vez más, una tormenta previsible: indignación, reproches y un aluvión de críticas desde los mismos sectores que llevan años administrando la moral pública a conveniencia.
Nada nuevo bajo el sol. O sí: una evidencia cada vez más difícil de ocultar —la doble vara de medir.
Porque conviene recordar algo elemental. En España, en nombre de la convivencia, se ha defendido el acercamiento, el perdón y hasta la legitimación política de quienes formaron parte del entorno criminal de ETA. Se ha apelado a la reinserción, a la “normalización”, al “mirar al futuro”. Todo ello, pese al peso insoportable de décadas de asesinatos, chantajes y miedo.
En paralelo, se ha justificado sin rubor el indulto a los responsables del desafío institucional más grave de nuestra democracia reciente, el derivado del referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017. Se habló entonces de “desinflamar”, de “reencuentro”, de “política útil”. Se pidió comprensión. Se exigió generosidad.
Pero esa generosidad desaparece —como por arte de magia— cuando el foco apunta al Rey Emérito.
Con Juan Carlos I no hay matices, no hay contexto, no hay historia. Solo condena permanente y juicio sumarísimo en la plaza pública. Solo una exigencia de ejemplaridad retrospectiva que curiosamente no se aplica con el mismo rigor a otros actores mucho más directamente vinculados con la ruptura de la ley o la violencia.
¿De verdad alguien puede sostener, sin sonrojarse, que no hay incoherencia?
Se puede —y se debe— criticar al Rey Emérito por sus errores. Pero lo que resulta difícilmente defendible es este ensañamiento selectivo, esta incapacidad absoluta para aplicar los mismos principios que se invocan en otros contextos: perdón, proporcionalidad, humanidad.
Porque hay otro elemento que se omite deliberadamente: la edad. Juan Carlos I no es hoy el jefe del Estado, ni un actor político en activo. Es un hombre anciano, cuya figura ha sido progresivamente apartada del espacio público. Y, sin embargo, ni siquiera en ese plano parece merecer el mínimo de consideración que sí se reclama para otros.
La cuestión de fondo ya no es la monarquía ni la tauromaquia. Es algo más básico: la coherencia moral de una sociedad.
Si el perdón es un valor, lo es para todos. Si la reinserción es un principio, lo es para todos. nSi la humanidad es un criterio, lo es para todos.
Lo contrario es oportunismo, no justicia.
Y eso, por mucho que se repita, no deja de ser una forma de hipocresía.











