La semana de pasión de la ultraizquierda andaluza
Pedro Narváez.- La ultraizquierda en Andalucía repite cada Semana Santa el ritual del ridículo, latigazos verbales que los santos inocentes comentamos, menos mal, no en la soledad de la madrugada, sino en el efluvio luminoso del aperitivo cervecero. Explica por qué la pasión cofrade no es solo un hecho religioso, sino también, y sobre todo, cultural, muy ligado a los barrios, según su argumentario. Hay que dejar claro que si el rojerío andaluz participa de las ceremonias, no es porque se sienta más cerca de Dios, de repente, sino de los hombres. Todo el mundo participa en las procesiones, y esa bolsa de voto popular no puede extraviarse en algún pasaje bíblico. Nadie les pide explicaciones, pero las dan ya por costumbre, en lo que va convirtiéndose en una tradición dentro de otra.
Nunca ha estado en duda el relevo generacional; es más, siempre han sido los jóvenes los más lanzados, entre otras cosas por la razón biológica de que aguantan más tiempo en la calle, de pie, y con espaldas fuertes capaces de cargar con un paso. Están descubriendo el mundo. Sin embargo, la ultraizquierda achaca este apego juvenil a la incertidumbre del tiempo que vivimos, como si estuviera haciendo una crítica frívola del último disco de Rosalía. Y eso es deformar la realidad a sabiendas: cualquier andaluz, incluso sin hacer un cursillo marxista, sabe que esa explicación es falsa. Es el pago por admitir una realidad social y someterla a su plantilla ideológica.
Esta ultraizquierda, ya convertida definitivamente, en este ciclo electoral, en una parodia de la parodia de «La vida de Brian», mantiene debates tan absurdos como los que enfrentaban al Frente Popular de Judea con el Frente Judacico Popular. Se odian tanto entre ellos que no pierden la ocasión de celebrar una idea que acaba jodiendo al pueblo al que dicen defender «de los romanos», que uno ya no sabe si son los de Madrid o los de Estados Unidos. Quieren cerrar las bases de Morón y de Rota, si bien es lo último que desean los pueblos de Morón y Rota, pero ¿a quién le importa? Ya vendrá el Frente Popular del Pueblo de Judea a poner orden.
Ahora María Jesús Montero se suma al disparate. Celebrará su resurrección, que en estos días no era plan que la mujer que más poder ha acumulado en toda la democracia se dejara ver entre los mortales. Tendrá que esperar ocho días para que el pueblo, émulo de Santo Tomás, crea que era verdad. La ultraizquierda se lo pone un poco más difícil. O más fácil. El nivel de la conversación provoca vergüencita y ya no tenemos a un Cristo al que rezarle por la calle.












