De fracaso en fracaso: El Real Madrid Femenino no da la talla un año más
El proyecto del Real Madrid Femenino atraviesa uno de sus momentos más delicados desde su creación. Lo que nació en 2020 con la ambición de competir de inmediato con las grandes potencias europeas se ha ido diluyendo en una sucesión de temporadas grises, sin títulos y, lo que es peor, sin una sensación clara de progreso.
Mientras el club presume de excelencia en casi todas sus secciones, el equipo femenino parece vivir en una realidad paralela. Año tras año, los objetivos se repiten —acercarse al FC Barcelona Femení, competir en Europa, consolidar un estilo reconocible—, pero los resultados nunca acompañan. Las derrotas en los momentos clave se han convertido en rutina, y la distancia con la élite no solo no se reduce, sino que en ocasiones parece ampliarse.
El problema no es únicamente perder, sino cómo se pierde. El equipo transmite fragilidad en partidos grandes, falta de carácter competitivo y una preocupante incapacidad para imponer su juego ante rivales directos. En competiciones europeas, donde se esperaba un salto cualitativo, las eliminaciones han llegado demasiado pronto, dejando la sensación de que el proyecto no está preparado para ese nivel.
La planificación deportiva también está en el punto de mira. Fichajes que no marcan diferencias, salidas difíciles de entender y una apuesta poco clara por un modelo reconocible han generado dudas tanto dentro como fuera del entorno del club. A diferencia de otros gigantes europeos, el Real Madrid Femenino no ha logrado construir una identidad sólida ni un bloque competitivo a largo plazo.
Más preocupante aún es la comparación interna. En una institución acostumbrada a la exigencia máxima, donde el éxito no es negociable, el equipo femenino parece habitar en una especie de indulgencia constante. Lo que en otras secciones sería considerado un fracaso rotundo, aquí se maquilla como “proceso” o “crecimiento”.
La afición empieza a perder la paciencia. No se trata solo de títulos, sino de ambición, de competitividad y de orgullo. El escudo del Real Madrid obliga a mucho más de lo que se está viendo sobre el césped.
El tiempo de las excusas se agota. O el club toma decisiones valientes —en estructura, plantilla y dirección deportiva— o el proyecto corre el riesgo de quedarse estancado en una mediocridad impropia de su historia. Porque en el Real Madrid, incluso en su sección más joven, fracasar de forma reiterada nunca debería ser aceptable.










