Causas de la muerte de Jesucristo
José Antonio Trfujillo.- Jesús no murió por una sola lesión aislada, sino por un proceso multifactorial, en el que la asfixia progresiva ocupa el lugar principal según los últimos estudios publicados.
Antes de llegar a la cruz, Jesús ya había sufrido una secuencia devastadora: agonía extrema en Getsemaní, detención, golpes, noche en vela, flagelación severa, coronación de espinas, humillaciones, traslado al Gólgota y un estado de agotamiento físico límite. Todo eso lo dejó en una situación de shock, pérdida de sangre, deshidratación y debilidad extrema antes incluso de la crucifixión. Muchos investigadores entienden la muerte de Jesús como la suma de múltiples traumatismos, hemorragia y deterioro fisiológico progresivo.
Pero en la cruz ocurre algo decisivo. Suspendido por los brazos, con el tórax sometido a una tracción continua, respirar deja de ser un acto natural y se convierte en una lucha. Inspirar aún era posible, porque el pecho tendía a expandirse por el propio peso del cuerpo. Lo verdaderamente difícil era expulsar el aire. Para conseguirlo, Jesús tenía que incorporarse una y otra vez, apoyándose sobre los pies clavados y tirando al mismo tiempo de los brazos heridos. Cada respiración exigía un esfuerzo extremo.
En cuanto a los pies, lo más probable es que fueran fijados con un solo clavo, atravesando ambos o bien uno sobre otro contra el madero. Hay dos grandes posibilidades que se han discutido durante años: que el clavo atravesara la zona del antepié, entre los metatarsianos, o que penetrara más atrás, cerca del tarso o incluso a nivel de los tobillos. En cualquiera de los casos, el dolor tuvo que ser insoportable, porque en esa región confluyen huesos, tendones, vasos y ramas nerviosas muy sensibles. Además, los pies no se clavaban en una posición cómoda ni estable, sino forzados, con las rodillas flexionadas y el cuerpo vencido hacia abajo, de manera que cada intento de incorporarse para respirar recaía justamente sobre esa herida.
Eso significa que cada bocanada de aire costaba un suplicio. Para exhalar, tenía que empujar el cuerpo hacia arriba sobre los pies atravesados por el clavo, rozando además la espalda lacerada contra la madera. Luego, agotado, volvía a caer. Y al caer, el tórax quedaba otra vez en esa posición de máxima tensión. Así, la crucifixión no era solo una ejecución por heridas, sino una maquinaria de sofocación progresiva: dolor, esfuerzo, descenso, nueva elevación, nueva caída.
¿Y qué ocurre con la lanzada final en el costado? Los mejores estudios científicos señalan que esa herida probablemente fue post mortem, es decir, una comprobación romana de que la víctima ya había muerto, más que la causa principal de la muerte. Eso encaja con la práctica antigua de asegurar el fallecimiento del ajusticiado antes de entregar el cuerpo.
Así que, dicho con lenguaje médico y sencillo, el parte defunción de Jesucristo se resumiría en:
Causa inmediata de la muerte:
Insuficiencia respiratoria aguda por asfixia progresiva durante crucifixión.
Causas intermedias o contribuyentes:
Shock hipovolémico secundario a flagelación y pérdida masiva de sangre, politraumatismo, agotamiento extremo, deshidratación y colapso cardiovascular.
Tipología de la muerte:
Por ejecución.
Jueves Santo
Sufrimiento psicológico de Jesucristo
Cuando pensamos en la Pasión de Jesucristo solemos detenernos el dolor físico que tuvo que padecer. Pero hubo otro padecimiento, más silencioso y hondo, que comenzó antes: el sufrimiento psicológico de saberse entregado al abandono, al miedo y al sacrificio.
La pasión de Cristo no comenzó en la cruz como hemos visto en las dos estaciones previas. Comenzó mucho antes, en el interior del Dios Hombre en Getsemaní. En la oscuridad de la noche en el huerto. Allí, antes de los azotes, antes de la corona de espinas y antes de los clavos, se libra una batalla invisible, pero decisiva: la del sufrimiento psicológico y espiritual de Jesús.
Los evangelios lo dicen con una fuerza impresionante: Cristo siente pavor, tristeza, angustia. No estamos ante un miedo cualquiera, ni ante una simple preocupación humana. Estamos ante una vivencia extrema de desolación interior. Jesús sabe lo que se acerca, lo contempla con plena lucidez y no rehúye esa experiencia. Al contrario: la acepta conscientemente. No busca anestesiarse, no intenta escapar del dolor. Lo afronta entero.
Y ahí está una de las claves médicas y espirituales más importantes: Jesús no vive la pasión de forma distraída o atenuada, sino con una intensidad total. En cualquier ser humano, el dolor físico y psicológico suele amortiguarse a veces por el shock, la confusión o incluso por mecanismos de defensa. Pero en Cristo, según la tradición teológica, hay una aceptación plenamente consciente del sufrimiento. Eso hace que cada experiencia dolorosa adquiera una densidad extraordinaria.
En el huerto, además, aparece un fenómeno que siempre ha impresionado a médicos y estudiosos: el sudor de sangre, o hematidrosis que ya comentamos. Es una situación muy rara, pero descrita en contextos de estrés extremo. Antes incluso de ser golpeado, el cuerpo de Jesús ya estaba expresando físicamente una angustia límite.
Pero el sufrimiento de Getsemaní no es solo miedo al dolor corporal o a la muerte. Es también, en la interpretación cristiana, el peso moral de la pasión: la conciencia de la traición, del abandono, de la injusticia, de la soledad y del pecado del mundo cargando sobre Él. Desde esa perspectiva, Jesús padece con una profundidad de conciencia que hace todavía más aguda la herida interior.
Después vendrán Judas, la huida de los discípulos, las negaciones de Pedro, las burlas, la humillación pública. Todo eso multiplica el dolor psíquico. Porque la pasión no destruye solo el cuerpo: atraviesa también la dignidad, el afecto, la confianza y la intimidad de quien la sufre.
Por eso, cuando se estudia médicamente la muerte de Jesucristo, no basta con hablar de sangre, clavos y asfixia. Hay que hablar también de agonía interior, estrés insoportable, soledad afectiva y sufrimiento moral profundo. La pasión fue un colapso del cuerpo, sí, pero antes fue también una devastación del alma.
Miércoles Santo
De la Vía Dolorosa al Gólgota
Después de la flagelación, la pérdida de sangre, los golpes y la coronación de espinas, el cuerpo de Jesucristo estaba ya en una situación crítica y hubiese podido morir, pero sabemos que todavía le aguardaba el trayecto al Gólgota y la muerte más cruel del mundo antiguo.
Jesús recorrió la Vía Dolorosa, un trayecto de unos 600 metros por las calles de Jerusalén hasta el Gólgota, cargando con el patibulum, el travesaño horizontal de la cruz. Se estima que su peso podía rondar entre 30 y 50 kilos. En circunstancias normales ya sería un esfuerzo enorme; en el caso de Jesús, después de todo lo sufrido, era una exigencia prácticamente insoportable. Los evangelios recogen un dato de enorme interés médico: fue necesaria la intervención de Simón de Cirene para ayudarle. Ese detalle sugiere un colapso físico severo. Jesús probablemente caminaba en una situación de extrema debilidad, con hipotensión, dolor generalizado, pérdida importante de sangre, deshidratación y una reserva energética prácticamente agotada.
A ello se sumarían las caídas. Cada tropiezo tendría un efecto devastador sobre un cuerpo ya lesionado: reabrir heridas, incrementar el sangrado, producir nuevas contusiones, especialmente en rodillas, hombros y cara, y agravar el dolor muscular y articular. Además, no debemos olvidar que el peso del madero recaía sobre una espalda recientemente flagelada. El roce, la presión y los movimientos bruscos sobre tejidos desgarrados debieron multiplicar el sufrimiento. Médicamente, el camino al Gólgota no fue solo un desplazamiento; fue una prolongación activa de la tortura.
Una vez en el lugar de la ejecución, la víctima era despojada de sus vestiduras. Este momento, que puede parecer secundario, debió de ser atroz. La ropa estaría adherida a las heridas por la sangre y el exudado; al arrancarla, se reabrirían lesiones, provocando un nuevo sangrado y un dolor punzante intensísimo, parecido al que produce despegar un apósito de una gran quemadura o de una herida extensa. Luego Jesús fue arrojado o tendido sobre el madero para la fijación de los clavos.
Aquí entra una cuestión clave: la localización de los clavos. Desde un punto de vista anatómico, lo más probable es que atravesaran las muñecas o la zona del carpo, no las palmas de las manos, porque las palmas difícilmente habrían soportado el peso del cuerpo sin desgarrarse. La introducción de un clavo en esa región no solo produce hemorragia y lesión tisular: puede dañar estructuras nerviosas, especialmente el nervio mediano, generando un dolor fulgurante, irradiado, de tipo neuropático, de esos que no solo duelen en el punto de impacto, sino que recorren toda la extremidad. Lo mismo ocurre con los pies, fijados también con un clavo: además del dolor local, podían lesionarse nervios y estructuras profundas, haciendo que cada intento de apoyo para respirar fuera insoportable.
Y aquí aparece el gran mecanismo fisiopatológico de la crucifixión: la respiración se vuelve una tortura. El cuerpo suspendido por los brazos queda en una posición que dificulta la exhalación. Inspirar aún es posible, pero expulsar el aire cuesta muchísimo. Para hacerlo, la víctima necesita incorporarse mínimamente, empujando con los pies clavados y tirando de los brazos heridos. Cada respiración exige, por tanto, un esfuerzo brutal. Cada movimiento reabre el dolor de muñecas, pies, hombros, espalda y tórax. Respirar deja de ser un acto automático y se convierte en una operación agónica.
Por eso la muerte en cruz no suele ser instantánea. Es un proceso progresivo de agotamiento respiratorio. La ventilación se hace cada vez más superficial, se acumula dióxido de carbono, y el organismo entra en un círculo fatal: cuanto más dolor y más agotamiento, menos capacidad de elevarse para respirar; cuanta menos capacidad para respirar, más rápido se acelera el colapso. A esto se añade la deshidratación extrema, la hemorragia previa, la falta de volumen circulante y el fracaso progresivo de la función cardíaca.
La espalda, además, estaba destrozada por la flagelación. Cada vez que el cuerpo descendía, esa carne lacerada rozaba el madero vertical. Es decir: para respirar había que impulsarse, y al volver a caer se restregaban de nuevo las heridas abiertas contra la madera. No es exagerado decir que cada respiración era una doble tortura: subir clavándose más en los pies y brazos; bajar desgarrándose de nuevo la espalda.
Aun así, los evangelios refieren que Jesús habló varias veces desde la cruz. Médicamente, eso tiene una enorme fuerza. Para hablar hay que exhalar aire, y exhalar en la cruz exigía impulsarse dolorosamente. Cada palabra pronunciada desde la cruz tuvo, por tanto, un coste físico altísimo. No fueron frases dichas desde una posición pasiva, sino arrancadas a un cuerpo que se estaba asfixiando lentamente.
Hay un dato final de enorme interés: los romanos solían practicar la crucifractura, la rotura de las piernas, cuando querían acelerar la muerte del crucificado impidiéndole elevarse para respirar. Según los evangelios, se aplicó a los dos ladrones ajusticiados junto a Jesús para asegurar su muerte antes de la puesta del sol, pero no se aplicó a Jesús porque ya comprobaron que estaba muerto.
La lanzada posterior en el costado y la salida de «sangre y agua» han sido interpretadas por diversos médicos como compatibles con la presencia de líquido acumulado en la cavidad pleural o pericárdica. Más allá de las discusiones exactas, el dato subraya una idea fundamental: el organismo de Jesús había llegado ya al colapso terminal.
Martes Santo
De Getsemaní a la coronación de espinas
Durante aproximadamente 18 horas, desde la noche del jueves hasta las tres de la tarde del viernes, Jesucristo fue sometido a una secuencia de padecimientos físicos y psíquicos de enorme intensidad. No se trató de un solo castigo, sino de una cadena de agresiones que fueron debilitando progresivamente su organismo hasta llevarlo al límite. En este primera estación vamos a recorrer, desde una mirada médica e histórica , el trayecto que va desde Getsemaní hasta la coronación de espinas.
Todo comienza en el huerto de Getsemaní, entre unos olivos junto al torrente Cedrón, mientras estaba orando. Antes siquiera de recibir el primer golpe, Jesús atraviesa un episodio de sufrimiento extremo. El evangelista Lucas, que además era médico, describe un dato extraordinario: «su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra». Desde el punto de vista clínico, esto se ha relacionado con un fenómeno muy infrecuente llamado hematidrosis. Se trata de una situación excepcional en la que, bajo un estrés físico y emocional extremo, pequeños capilares próximos a las glándulas sudoríparas pueden romperse, mezclándose la sangre con el sudor. No estamos ante un simple detalle piadoso: médicamente, esto sugiere un estado de angustia límite, descarga adrenérgica máxima y gran agotamiento previo.
Jesús fue detenido de noche en Getsemaní, identificado por Judas y arrestado con la intervención de la guardia del Templo y de las autoridades religiosas. Desde ese momento se desencadena un proceso rápido y dirigido a eliminarlo.
Tras la detención, fue conducido ante el sumo sacerdote y juzgado por el Sanedrín por motivos religiosos, sobre todo por blasfemia y por su proclamación mesiánica. En el marco de la justicia judía, la pena correspondiente habría sido la lapidación. Sin embargo, bajo dominio romano, las autoridades judías no podían ejecutar por sí mismas la pena capital.
Por eso, el caso fue trasladado a la jurisdicción romana y reformulado en clave política: Jesús pasó de ser acusado de blasfemia a ser presentado como un posible sedicioso que se proclamaba rey. Así se abrió el camino a su condena romana y a la muerte por crucifixión.
La noche de autos fue devastadora. Jesús no es solo detenido con violencia, fue trasladado de un lugar a otro, interrogado, vigilado, humillado y agredido, recorriendo varios kilómetros a pie, probablemente sin dormir, sin comer y sin beber de forma adecuada. Todo ello tiene consecuencias muy concretas en el cuerpo humano. El estrés sostenido dispara el metabolismo, agota con rapidez las reservas energéticas y obliga al organismo a entrar en una fase de consumo extremo. A ello se suma la pérdida de líquidos, el cansancio muscular, la falta de reposo y la tensión emocional continua. En otras palabras: cuando comienzan las torturas mayores, Jesús ya no está entero.
Tras los interrogatorios ante las autoridades judías y romanas llega la flagelación, una de las formas de castigo más crueles del mundo antiguo. El instrumento empleado, el flagrum, no era un látigo simple. Solía estar formado por varias correas de cuero rematadas con pequeñas bolas metálicas y fragmentos de hueso. Su efecto no era solo golpear: desgarraba. Cada azote podía arrancar piel, abrir el tejido subcutáneo, provocar contusiones profundas e incluso lesionar la musculatura. No estamos hablando de marcas superficiales, sino de heridas extensas, muy dolorosas y sangrantes.
La flagelación debió producir en Jesús una hemorragia significativa, además de un dolor insoportable. La espalda, la región lumbar y probablemente parte del tórax quedaron profundamente lesionados. A medida que avanzan los azotes, el cuerpo entra en una situación compatible con un shock por la gran pérdida de sangre y líquidos. El corazón tiene que latir más deprisa para intentar mantener la perfusión, la piel se vuelve más fría, aparece debilidad intensa, mareo, sensación de desfallecimiento y una progresiva incapacidad para sostener esfuerzos. Dicho de otra forma: la flagelación no era un castigo accesorio antes de la cruz en la tradición romana; por sí sola podía dejar a la víctima al borde de la muerte. Aunque tradicionalmente se habla a veces de «cuarenta azotes menos uno» (39) por la ley mosaica, el procedimiento romano de flagelación solía ser mucho más severo y sin un número límite establecido. Algunos autores indican que Jesús recibió más de 150 latigazos.
Después llega la coronación de espinas, que no fue un gesto simbólico sin más, sino una forma refinada de tortura y humillación. El cuero cabelludo está extraordinariamente vascularizado, por lo que cualquier herida en esa zona sangra mucho. Si, como se ha planteado en distintos estudios, se utilizó una estructura de espinas duras y largas colocada con violencia sobre la cabeza, el resultado debió de ser una suma de punciones dolorosísimas, sangrado abundante y una sensación continua de quemazón y presión. A ello se añadieron las burlas, los escupitajos, las bofetadas y los golpes con una caña o bastón.
También aquí hay un aspecto médico importante: los traumatismos faciales, con contusiones importantes en el rostro, desviación nasal y posible hemorragia nasal.
Jesús llega al final de esta primera fase de su tortura: agotado, ensangrentado, deshidratado, golpeado y profundamente debilitado.
Lunes Santo
¿Cuándo murió Jesucristo?
Parece una pregunta sencilla, pero no lo es. La tradición popular dice que murió con 33 años, pero históricamente ese dato no puede afirmarse con total seguridad.
El problema empieza con nuestro propio calendario. En el siglo VI, Dionisio el Exiguo fijó el nacimiento de Jesús en el año 1, pero después se comprobó que había un error. Herodes el Grande, que aún vivía en el momento del nacimiento de Jesús, murió en el año 4 antes de Cristo. Por tanto, Jesús debió nacer antes, probablemente en el 5 o 6 antes de Cristo. Dicho de forma paradójica: Jesús habría nacido unos años antes de la fecha que marcó después nuestro calendario.
Si además tenemos en cuenta que Poncio Pilato gobernó Judea entre los años 26 y 36, lo más probable es que Jesús muriera con más de 33 años. Los historiadores manejan sobre todo dos fechas posibles para su muerte: el 7 de abril del año 30 y el 3 de abril del año 33. Esta última es una de las más aceptadas, porque encaja mejor con la cronología de Pablo de Tarso y con la Pascua judía.
Así que, desde un punto de vista histórico, una fecha muy probable para la muerte de Jesucristo sería el viernes 3 de abril del año 33.
Pero más importante aún que el año exacto es la secuencia de sus últimos días:
– El Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén.
– El lunes y el martes transcurren entre enseñanzas, controversias y anuncios sobre lo que se avecina.
– El miércoles suele considerarse un día de transición, de creciente tensión y preparación para la Pasión.
– El jueves por la tarde-noche celebra la Última Cena con sus discípulos. Después se dirige a Getsemaní, donde vive una profunda agonía interior y finalmente es arrestado.
– Durante la madrugada del viernes, es interrogado, juzgado y sometido a tortura.
– En la mañana del Viernes Santo, es flagelado, coronado simbólicamente,cargado con la cruz y conducido al Gólgota.
– Muere finalmente ese mismo viernes, momentos antes dela puesta del sol, sin haber comenzado el sabbat judío.
Es decir: en menos de una semana, y especialmente en menos de veinticuatro horas, se precipita el desenlace de la Pasión.
Los 5.475 golpes no son solo una cifra piadosa. Son también una pregunta. Una de esas preguntas que atraviesan los siglos y que siguen interpelando al creyente, al escéptico, al historiador y al médico: ¿qué sufrió realmente el cuerpo de Jesucristo durante su Pasión? ¿Qué puede decir hoy la medicina sobre aquellas últimas horas? ¿Cuánto hay de tradición, cuánto de símbolo y cuánto de realidad física en el relato más influyente de la historia de Occidente?
A partir de este Lunes Santo, Diario SUR publicará en cinco entregas ‘Los 5.475’, un reportaje médico-histórico firmado por el doctor José Antonio Trujillo que se adentra, con una mirada rigurosa y accesible, en el dolor, el trauma y la muerte de Jesús de Nazaret. No se trata de una aproximación devocional al uso, ni tampoco de un frío ejercicio académico. Es, más bien, un viaje al cuerpo martirizado del Mesías desde el cruce entre la historia, la medicina forense, la fisiología del dolor y la tradición cristiana.
El título de la serie remite a una de las revelaciones más llamativas atribuidas a Santa Brígida de Suecia, la mística medieval que aseguró haber recibido de Cristo una confidencia estremecedora: durante su Pasión habría soportado 5.475 golpes. La cifra ha fascinado durante siglos porque condensa, de forma casi insoportable, la dimensión del tormento. No pertenece al terreno de la verificación histórica estricta, sino al de la espiritualidad y la tradición revelada; pero precisamente por eso conserva una potencia singular. Más que una contabilidad exacta del suplicio, esos 5.475 golpes expresan el intento de poner número a lo inconmensurable, de acercarse con palabras humanas a un dolor que desborda toda medida.
Y, sin embargo, detrás de esa cifra de resonancia mística hay también una posibilidad de análisis. ¿Qué le ocurre a un organismo sometido a una noche sin descanso, a un estrés extremo, a golpes, humillaciones, pérdida de sangre, deshidratación, flagelación, coronación de espinas, transporte del patíbulo y, finalmente, crucifixión? ¿Cómo responde el cuerpo? ¿Dónde empieza el colapso? ¿Cuál fue, en términos clínicos, la causa más probable de la muerte? Estas son algunas de las preguntas que articula esta serie, concebida como cinco estaciones de una investigación que avanza desde la cronología histórica hasta el diagnóstico final.
Cada entrega abordará un tramo decisivo de la Pasión: la fecha probable de la muerte de Jesucristo; el camino físico y judicial desde Getsemaní hasta la coronación de espinas; el trayecto de la Vía Dolorosa al Gólgota; el sufrimiento psicológico de Cristo; y, por último, las causas médicas de su muerte. Cinco estaciones para releer la Semana Santa con otros ojos: no solo desde la fe o la liturgia, sino también desde la carne, el dolor y la fragilidad del cuerpo humano.
Porque quizá una de las claves más hondas de este reportaje sea esa: recordar que la Pasión no fue una abstracción teológica, sino una devastación corporal concreta. Y que, detrás de las imágenes, de los tronos y de la emoción colectiva de estos días, late también una pregunta radical sobre el sufrimiento. A esa pregunta quiere asomarse esta serie.
Desde este Lunes Santo hasta el Viernes Santo, SUR publicará cada día una nueva entrega de ‘Los 5.475’. Cinco paradas para recorrer, desde la historia y la medicina, las últimas horas del hombre que cambió el mundo.
Bibliografía consultada
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*Vicepresidente del Colegio de Médicos de Málaga.











