Moral selectiva: entre el señalamiento a los aficionados de Cornellà y el silencio ante los insultos al portero del Algeciras por ser español
AD.- En los últimos años, el debate público en España ha estado marcado por una creciente sensibilidad hacia las conductas discriminatorias, los discursos de odio y las actitudes que puedan interpretarse como excluyentes. Sin embargo, esa sensibilidad no siempre se aplica de manera uniforme. Dos episodios recientes: durante el partido amistoso que enfrentó en Cornellà a España contra Egipto, desde uno de los fondos se entonó en reiteradas ocasiones, a partir del minuto 20, el cántico “musulmán el que no bote”, del que se han hecho eco medios de comunicación nacionales e internacionales, y hasta el propio Gobierno. Este pasado domingo, también en Cataluña, durante un encuentro entre el CE Europa y el Algeciras, aficionados locales profirieron graves insultos contra el portero andaluz por el mero hecho de ser español (“español hijo de puta” fue el más suave). Este incidente apenas ha tenido eco en los medios ni ha generado debate político alguno, lo que refleja una preocupante doble vara de medir en la forma en que se juzgan comportamientos similares.
Por un lado, cuando un grupo de aficionados canta “musulmán el que no bote” en un partido de fútbol, se encienden todas las luces rojas y se acusa a todo un país de conductas islamófobas. En contraste, los insultos sufridos por el portero del Algeciras en Barcelona —basados en su identidad nacional— no han generado la misma intensidad de condena ni el mismo nivel de debate. Que en un estadio se ataque verbalmente a un deportista por ser español o que se identifique a Andalucía con África, debería ser considerado, sin matices, un acto de discriminación y odio racial. Sin embargo, la reacción ha sido más tibia, casi resignada, como si este tipo de comportamientos formara parte del paisaje habitual del fútbol.
Esta diferencia de tratamiento plantea una cuestión de fondo: ¿por qué algunas formas de discriminación reciben una condena firme y otras parecen relativizarse? ¿Por qué no tendría la misma repercusión política ni mediática si miles de aficionados catalanes entonasen en un estadio de fútbol el cántico “español el que no bote? La respuesta no es sencilla, pero apunta a factores ideológicos, contextuales y mediáticos. En determinados entornos, ciertas identidades son percibidas como más vulnerables y, por tanto, merecedoras de una protección especial. No obstante, cuando esa protección se convierte en selectiva, se corre el riesgo de caer en incoherencias que debilitan el propio principio de igualdad.
El deporte, y en particular el fútbol, debería ser un espacio de convivencia donde la diversidad se respete en todas sus formas. Esto implica rechazar tanto las burlas contra una determinada comunidad religiosa como los insultos hacia alguien por su origen o nacionalidad. La coherencia en la defensa de estos valores es clave: no se puede combatir la discriminación de manera parcial sin perder credibilidad.
En última instancia, la sociedad debe aspirar a un criterio uniforme: el respeto a la libertad individual y la condena de cualquier forma de insulto o exclusión, independientemente de quién sea el afectado. Solo así se podrá avanzar hacia un entorno verdaderamente justo, donde no existan ciudadanos de primera y de segunda en función de la narrativa dominante del momento.












