Por qué gusta tanto Torrente
Antonio Naranjo.- Torrente es un gañán, pero funciona porque la afición está harta de que se lo llamen sin serlo, de que la cosmovisión «progre» transforme delirios en derechos, maltrate a las mayorías en nombre de minorías eternamente victimizadas; presente la simple disidencia como un acto violento, fascista, conspirador, intolerante o todo ello a la vez y bombardee los consensos ya existentes entre la gente de bien para patrimonializar causas de todos y hacerlas ofensivas e incómodas.
El discurso castrante de los clérigos de la Iglesia Progresista aspira a homologar a la sociedad con un igualitarismo estúpido que impone callarse cada vez que aparece un elefante en la habitación: a decir «sí bwana» cuando la ideología de género irrumpe en el escenario, bien para aprobar la «autodeterminación de género» y que un Manolo tenga los mismos derechos que una Conchita, sin cambiar ni de nombre ni de gustos ni de aspecto siquiera; bien para instalar la guerra de sexos como norma para medir la convivencia entre hombres y mujeres, marcada por un pecado original sistémico y universal necesitado de reeducación en el caso de los barones blancos, heteros y católicos pero sorprendentemente inexistente con razas o religiones que sí necesitan varios hervores democráticos.
Esa misma fetua, que pretende organizar la vida despreciando toda evidencia científica y toda estadística oficial que contradiga el monólogo, se extiende a casi todos los órdenes de la vida, con distintos salmos y una única confesión, la suya, encabezada por Sumos Sacerdotes en cada ámbito y coronada por un Papa laico de la orden que, en nuestro caso, responde por Pedro Sánchez.
Generan falsos vulnerables porque las víctimas, al ser estabuladas, son más manejables. Transforman el medio ambiente, la alimentación, la política o la educación en excusas para fabricar cánones únicos de lo que es admisible y lo que es repudiable para acabar con el individuo, generar granjas de votantes dependientes y eliminar la duda del debate, arrinconando la disidencia para minar la alternancia y atosigar a la propia democracia.
Y reparten carnés de buen ciudadano con un sistema de puntos de fácil pérdida, utilizando sofocantes premios y castigos con la explotación perversa de cada rincón del Estado desde el que se pueden emitir o regular las alarmas oportunas para que su mensaje apocalíptico llegue a todos los oídos disponibles.
Torrente no funciona porque alguien se sienta reconocido en semejante zopenco, un saco sudoroso de grasa que sublima todo lo que da asco unánimemente, sino porque todo el mundo razonable está harto de tragar con ruedas de molinos de tipos como Sánchez, el hipócrita que pontifica contra la prostitución y va de feminista inalcanzable para el resto mientras vivía de las saunas del suegro y estaba rodeado de usuarios de lupanares y acosadores de medio pelo.
O de los Almodóvar, Bardem, Santaolallas, Pablito Iglesias, Yoli Díaz y compañía, todos con el cabestrillo falso de la impostura moral, siempre dispuestos a librar las guerras señaladas y pagadas por el patrón y a callarse las verdaderas batallas de nuestro tiempo si perjudican su prejuicio o a su pagador.
Torrente, en fin, es el eructo zafio que se suelta España contra toda esa tropa de caraduras convencidos, por alguna extraña razón, de su superioridad moral, de que su fin justifica el uso de los peores medios y de que el distinto es un enemigo contra el que todo vale. Y va Segura, con esa barriga y esas pintas, y les manda a tomar por donde amargan los pepinillos: una frase que, en los tiempos que corren, es casi un tratado filosófico contra la intolerancia.











