No a la guerra’, pero sí a ETA, a los ayatolás y a China
Antonio Naranjo.- Sánchez es a la legalidad lo que Jamenei a los derechos de las mujeres, Maduro a la democracia, Otegi a la paz, Anboto al pacifismo y TVE a la verdad, pero va y tiene los bemoles de acudir al Congreso a apelar de ella para presumir de su ‘No a la guerra’.
Hacerlo 24 horas después de soltar a una etarra más de prisión, para que Batasuna 2.0 le dé los escaños que los españoles le negaron en las urnas, ayuda a entender el perfil psicopático y caradura del personaje, el de un amoral que pontifica contra la prostitución mientras vivía de las saunas, daba lecciones sobre ética a la vez que plagiaba su tesis doctoral o prometía decencia al mismo tiempo que colocaba a su esposa y a su hermano, con los mismos méritos en lo suyo que una foca monje para Miss Universo.
No es el pudor, virtud siempre elegante, uno de los atributos de Sánchez, a quien es difícil encontrarle uno más allá de los habituales en las hienas, que siempre comen aunque sea un cadáver y nunca dejan de sonreír aunque estén en un velatorio.
El caso es que El Fraude ha tenido el desdoro de utilizar otro drama, y la guerra lo es, para lo habitual en el PSOE desde Zapatero: buscar beneficio donde hay dolor, a costa del buen gusto y de la humanidad, con el 11-M, el Prestige, el Alvia, el Metro de Valencia, la Dana o el remate de todo ello, el partido de vuelta a la Guerra Civil, sueño húmedo del zapaterismo y del sanchismo.
Pero que hable él de legalidad, cuando le debe el puesto a quienes cometieron todo tipo de ilegalidades amnistiadas para comprárselos, es demasiado. Y que se ponga de pacifista a 9.000 kilómetros mientras aquí se encama con Bildu y le paga los servicios blanqueando a ETA y soltando a los asesinos, supera todas las marcas conocidas.
La legalidad internacional, que no son las tablas de Moisés y van cambiando, necesita a Sánchez lo mismo que el planeta a Greta Thunberg y las mujeres a José Luis Ábalos, pero en la doméstica sí hubiera sido necesaria su participación. O al menos el cumplimiento de la misma, que es lo mínimo que cabe esperar de un presidente decente. Y no es el caso.
De respetar esa supuesta «legalidad internacional» que en realidad sitúa a España cerca de China, Cuba, Irán, Rusia o Venezuela, por mucho boca barata que se llene de cánticos pacifistas, no conculcaría a diario la legalidad doméstica: la que le obliga respetar la Constitución y a presentar Presupuestos; la que le impide trocear España para alquilarse un rato el favor de Puigdemont, la que descarta la amnistía de delincuentes que se preparan para repetir de nuevo sus delitos o la que prohíbe anular sentencias como la de los corruptos ERE para indultar al partido propio.
Y si de verdad fuera pacifista, no aceptaría deberle la Presidencia a ETA, ni antepondría sacar de prisión a los terroristas sobre reunirse y atender a sus víctimas, ni transformaría a un secuestrador, un pródigo y un golpista en los arrendadores de su triste paso por La Moncloa.
Si en España Sánchez es deudor del separatismo y la extrema izquierda; en el mundo lo es ya del fundamentalismo, el comunismo y el populismo, y en ambos casos con un único objetivo: llegar al poder, mantenerse en él y, en la medida de lo posible, borrar las huellas de sus crímenes políticos, de su corrupción y de sus traiciones. Por mucho que vaya de Gandhi, es un vulgar aprendiz de mafioso siciliano.












