En el penúltimo minuto ha hablado el Sanedrín: el oneroso silencio de la Conferencia Episcopal Española ante el caso de Noelia
AD.- Hay silencios que no sólo duelen: acusan. El silencio de la Conferencia Episcopal Española ante el caso de Noelia —una joven de 25 años empujada hacia la eutanasia tras una cadena insoportable de violencia, abandono institucional y sufrimiento psicológico— es uno de esos silencios que retratan más que mil discursos. No es prudencia, ni cautela, ni diplomacia: es renuncia. Y cuando quien renuncia es la institución que presume de ser “voz de los que no tienen voz”, la contradicción se vuelve insoportable.
Porque aquí no hablamos de un debate teórico sobre la eutanasia, ni de un documento doctrinal más para engrosar archivos. Hablamos de una vida concreta, con nombre, rostro e historia. Una vida marcada por una violación múltiple, una tentativa de suicidio, una lesión medular irreversible y un diagnóstico psiquiátrico grave. Una vida que, lejos de ser acompañada, ha sido empujada hacia la salida más rápida, más barata y más cómoda para un Estado que prefiere administrar la muerte antes que garantizar la dignidad del vivir y asumir responsabilidades.
Y mientras todo esto ocurre, los obispos callan. Callan cuando deberían gritar,. Callan cuando su misión exige incomodidad. Callan mientras publican comunicados amables sobre el final del Ramadán, como si la cortesía interreligiosa pudiera compensar la ausencia de una palabra en defensa de una joven que va a morir con el sello del Estado. No se trata de oponer temas, sino de jerarquizar prioridades. Y aquí la prioridad es evidente: una vida humana está a punto de ser extinguida en medio de dudas jurídicas, irregularidades administrativas y un contexto emocional que cualquier moral mínimamente seria consideraría incompatible con una decisión libre.
El silencio episcopal no es un accidente: se trata de un síntoma. Un síntoma de una Iglesia que parece haber interiorizado que la batalla cultural está perdida, que levantar la voz es “políticamente inconveniente”, que es mejor no molestar a nadie para conservar espacios de diálogo institucional que, en la práctica, no sirven para nada. Unos obispos que temen más al titular adverso que a la injusticia flagrante. Unos obispos que han confundido la prudencia con la irrelevancia. Un Sanedrín episcopal vendido al poder, como el que condenó al mismo Jesucristo.
Pero lo más grave es que este silencio legitima. Porque cuando quienes deberían denunciar la injusticia optan por callar, el mensaje que se transmite es devastador: que no merece la pena luchar por esta vida concreta; que la eutanasia es una salida aceptable incluso cuando la persona está emocionalmente devastada; que la dignidad humana es un concepto flexible, negociable, adaptable a las circunstancias políticas del momento.
La tradición cristiana nunca ha sido neutral ante el sufrimiento. Nunca ha considerado que la solución al dolor sea eliminar al que lo padece. Tampoco entendió nunca la compasión como un gesto administrativo. Por eso, cuando nuestros prelados callan ante un caso como el de Noelia, no sólo falla a una persona: falla a su propia identidad. Se convierten en aquello que Cristo denunció con más dureza: sepulcros blanqueados, impecables por fuera, vacíos podridos de cobardía por dentro.
Noelia no necesitaba silencio. Necesitaba defensa, acompañamiento, denuncia profética hace ya mucho tiempo. Necesitaba que alguien dijera alto y claro que su vida —herida, rota, marcada por la violencia— seguía teniendo valor. Que su sufrimiento no la convertía en descartable y que la respuesta al dolor no puede ser la muerte organizada por el Estado.
Monseñor Argüello ha querido marcar el tanto del honor en el último minuto cuando se ha dejado vencer por goleada. La categoría de los fariseos del Sanedrín no puede compararse con el enanismo intelectual de este deleznable personaje ensotanado, devoto de Santiago Carrillo.
Porque la Conferencia Episcopal ha elegido mirar hacia otro lado. Ha elegido la comodidad institucional frente a la verdad incómoda. Ha elegido la neutralidad en un momento en que la neutralidad es complicidad. Y, al final, unas pobres palabras para salvar las apariencias doctrinales ante su público más conservador.
Si la Iglesia no habla ahora, en profundidad, de la deriva de un Estado tiránico y homicida, ¿cuándo piensa hablar?
Si no defiende esta vida concreta, ¿qué vidas piensa defender? Hace meses que tendrían que haber gritado, denunciado y acusado a las instituciones criminales que han llevado a Noelia al retortero. Pero callaron hasta el día mismo de su muerte.
Si la Iglesia no han denunciado este caso, ¿qué queda de su discurso sobre la dignidad humana? Y luego recibirán al papa León como si tal cosa, y el católico Salvador Illa irá hacerle el paripé. Y filtrarán el mosquito tras tragarse el camello
La eutanasia de Noelia no es sólo un drama personal: es un espejo. Y lo que refleja es a unos obispos güevones que, por miedo a molestar, ha dejado de ser referencia moral y doctrinal. Ya no lideran nada. Son la.correa de transmisión de un sistema criminal. Unos obispos que, al final, cuando más falta hacían, no estuvieron. Que cuando tenían que subir a la Cruz como su Maestro, la dejaron vacía.
Ya pueden salir los pasos de Semana Santa a lucir sangrantes crucificados. Cargarán con ellos al pueblo, pero los flamantes miembros de la Conferencia Episcopal no los moverán ni con un dedo. !Nido de víboras el de la calle Añastro!, del que no quedará piedra sobre piedra.












El Sanedrín, el Sanedrín, que diría el coronel Kurtz.
