El voto abducido
Para un porcentaje nada pequeño de la población española, el voto no es una cuestión que necesite reflexión alguna, sino un hecho, inamovible y predestinado, de nacimiento, limpieza de sangre y fe ciega.
No hay razón que lo sustente y hasta las premisas son falsas, como lo de nacer siendo del Madrid o del Atlético o de la Esperanza o de la Macarena, pero da igual que lo sean. La creencia, la credulidad total y absoluta, es lo que prevalece por encima de todo. Eso ni se piensa. Ni en caer siquiera en la tentación de hacerlo, no sea que entre la duda. Es un asunto de pertenencia, de «ser de» y se considera infamia y traición hasta el cuestionarlo, aunque se haya traicionado, manchado y envilecido su significado hasta el tuétano. De izquierdas o de derechas, de los «nuestros» o del «enemigo».
Por ello, la pregunta que cada vez oigo más hacerse a mucha gente en voz alta –«¿Pero cómo es posible que haya quien siga votando a Sánchez con lo que ha hecho y tiene encima?»– no es sino inútil y pura melancolía.
Existe un voto cautivo, el de la garrula y cada vez mayor legión de mantenidos, criados y clientes, pero hay otro mucho más extenso, intenso y fiel que va más lejos y más dentro, que lo supera y sostiene: el voto abducido, con patrón y cada vez con mayores y estrictos comportamientos de secta.
Puede demostrarse todo cuanto se quiera, las peores corrupciones en lo más alto y en lo más cercano, los más repulsivos actos, las más burdas mentiras, las más rastreras y miserables entregas de dineros, dignidad, derechos e igualdades, las más atroces traiciones y hasta liberar de la cárcel, pasear de su brazo y un día hasta sacar en andas a los más sanguinarios asesinos de sus propios compañeros que todo será primero excusado, luego lavado y al cabo bendecido y beatificado como virtud y obra pía para pasar finalmente a ser parte del doctrinario como gran logro y recto camino. Y la parroquia prorrumpirá en vítores y aplausos y cantará las alabanzas del caudillo que los guía. Porque este voto tiene en esta ocasión un fenómeno añadido, pues va unido, tanto o más que a la sigla, a la figura del supremo líder y «puto amo», que se ha apoderado de ella y de todos y cada uno de los resortes de poder interno.
Eso es hoy lo que mantiene, y hasta donde se logra mantener, con rotos y descosidos, el PSOE y por donde intenta Sánchez mantenerse él, que esa es la clave final y, en realidad, de lo único que se trata. Mantener ese suelo, aunque se haya ido viendo cada vez más rebajado, y taponar las grietas con los aportes de tropas de la extrema izquierda que tras haberle, hace bien poco, disputado y amenazado su hegemonía, ahora es un gallinero desbaratado con más kikirikis que huevos en los ponederos. Pero con todo, al sanchismo no solo no le ha valido, sino que ha perdido y entregado los suyos, ha sido el caso de Extremadura y Aragón, aunque sí haya conseguido su propósito en Castilla y León. Esa es la ruta de escape que buscan pero me malicio que en Andalucía no le va a ir tampoco bien en tal sentido.
Allí, además, se dieron y van a darse ahora una serie de condiciones y circunstancias que van a ser determinantes y de la mayor trascendencia para el inmediato futuro. La fundamental es que ahí el sanchismo va con todo y en collera, la Dos, María Jesús Montero, y el Uno, que dicen que también estará de cuerpo presente y de continuo. Lo que asome el 17 de mayo en las urnas será, por tanto, toda una sentencia y, si ya descienden por debajo de lo que ya significó el peor de los desastres para el PSOE, el peor de los presagios para las siguientes elecciones generales.
No hay que olvidar tampoco que allí está la cuna de los refundadores y grandes dirigentes del actual PSOE, que siguen vivos y hablan. Felipe González y Alfonso Guerra fueron quienes levantaron al partido, lo llevaron al poder y lo convirtieron durante lustros en el primer referente político de España. Hoy, ambos, son los más severos detractores de Sánchez. De hecho, los dos han asegurado que no piensan votarlo en las generales y el segundo ya parece que lo hizo en blanco en las anteriores. A los mítines, desde luego, no creo que vayan a darles abrazos. Me pregunto si estos de ahora, como contrapeso a su ausencia, sacarán en procesión a los del ERE y, como estrella invitada, a Óscar Puente. Por faltar, que no quede.
La comunidad andaluza fue, desde el inicio de la democracia, la gran base operativa y el máximo granero socialista que mantuvo allí ininterrumpidamente el poder desde las primeras autonómicas en 1982 hasta las de 2018, donde sorpresivamente lo perdieron, consiguiendo Juanma Moreno Bonilla, por quien nadie daba un duro, ser elegido presidente en enero de 2019 al sumar a sus escaños del PP los de Ciudadanos y Vox. En las siguientes convocatorias y en particular en las últimas, el vuelco fue total, y Juanma alcanzó la mayoría absoluta.
Fue allí, pues, donde el famoso «voto cautivo» se liberó en gran medida de sus bien engrasadas sogas, y el abducido también se resquebrajó un tanto. Quizás, por ello, lo que digan ahora los andaluces pueda servir de mucha referencia para el futuro inmediato. Porque los abducimientos, aunque no lo parezca, también tienen cura. En este caso puede que incluso repentina, pues depende en todo de la supervivencia de Sánchez en la Moncloa. En cuanto pierda el poder, saldrán a la luz más antisanchistas que hormigas, algunas con alas y pretensiones de reinas. Vamos como pasó, y sigue pasando con su tan traído, llevado, sobado y resobado Franco.











