Apagón democrático
Ana Samboal.- Está en su naturaleza. Un político con unas elecciones a la vista parece manifiestamente incapaz de tomar una decisión o hacer una declaración sin calcular el impacto que pueda tener en las urnas. Lo mismo da que sea de derechas, centro o izquierdas, si es que aún se pueden asignar esas categorías. Sin embargo, hasta 2020, esa preocupación por el veredicto de los ciudadanos, menos o más comprensible, era un paréntesis acotado por la campaña. Si acaso, por la precampaña. Hoy, adquiere categoría de absoluto y, para menoscabo de la democracia, impregna de partidismo la vida institucional.
Antes de 2020, los debates en el hemiciclo eran rutina. Ahora, en un parlamento que no es otra cosa que un apéndice de la Moncloa, se convocan en fecha adecuada para que Pedro Sánchez pueda arengar a sus fieles desde la tribuna, con la réplica correspondiente en los telediarios, a las puertas de una nueva cita con los electores. Debe haber constatado que el ‘No a la guerra’ dio sus frutos en Castilla y León y ha decidido amplificarlo a la puerta de las elecciones en Andalucía, en vez de dar las explicaciones pertinentes, con más detalle y menos pancarta, de lo que los ciudadanos se juegan en esta contienda. La agenda se cuadra para que, además, su presencia en el Congreso atraiga sobre sí los focos, robándoselos a la presidenta de Red Eléctrica, que comparecía en el Senado. Un año después, sigue el gobierno sin explicar el origen del apagón masivo.
Pero si los debates, cada vez más escasos y menos profundos, han degenerado en una sucesión de eslóganes, los textos legislativos se han convertido en cajón de sastre en los que el Consejo de Ministros corta y pega lo que va necesitando. Funcionó durante el confinamiento y lo han convertido en rutina. Hasta el punto de que han obligado a la oposición a desconfiar por norma. Quién sabe si el último decreto, elaborado supuestamente para paliar los efectos de la guerra en las economías familiares, se hizo realmente con ese fin.
Parece obvio que, pretendiendo cambiar usando una de sus líneas la política en materia de energía nuclear, perseguían también el voto en contra del Partido Popular para volverlo contra Moreno Bonilla en Andalucía. Lo de las «nucleares, no» moviliza al personal tanto como el «no a la guerra». De paso, se ahorran una reflexión sosegada ante la sociedad española a raíz de lo que ocurrió el pasado 28 de abril y sobre una política, la energética, que les atañe muy directamente. Pero todo vale si sirve para rascar un voto más. Hasta convertir en candidata a una ministra de Hacienda que no ha sido capaz, en toda una legislatura, de presentar un proyecto de Presupuestos a la cámara.











