La derechita inútil: Vox persiste en su política del bloqueo al PP cuando lo que toca ahora es gobernar y hacer frente al sanchismo
Ángel Villaverde.- Hay momentos en política en los que las decisiones dejan de ser discutibles para volverse simplemente irresponsables. El bloqueo sistemático al que Vox sigue aferrándose pertenece, cada vez con menos matices, a esa categoría.
No se trata ya de una discrepancia ideológica legítima ni de una negociación dura —algo normal en democracia—, sino de una estrategia reiterada que convierte la gobernabilidad en rehén de cálculos partidistas. Cuando un partido tiene capacidad real de facilitar gobiernos y decide, una y otra vez, tensar la cuerda hasta el límite, la pregunta es inevitable: ¿a quién sirve exactamente ese comportamiento?
Vox ha construido su identidad reciente sobre la confrontación constante, pero gobernar exige algo más que resistencia y consignas. Exige asumir costes, ceder en puntos secundarios y, sobre todo, entender que las instituciones no son un campo de batalla permanente. Apostar por el bloqueo como herramienta principal no es firmeza; es una forma de eludir responsabilidades.
El problema no es solo político, sino institucional. Los ciudadanos no votan para asistir a pulsos interminables, sino para que se formen gobiernos que gestionen problemas reales. Convertir ese mandato en un juego de presión constante es, en el mejor de los casos, una frivolidad; en el peor, un desprecio a una alternativa al sanchismo que exige la mayoría de los votantes de la derecha española.
Nada de esto ha sido suficiente para que Vox decida que es hora de gobernar. Tres meses después de las elecciones en Extremadura, y tras dos debates de investidura, los extremeños no saben por qué no tienen Gobierno. Vox no ha aclarado cuáles son los desacuerdos programáticos. Ni siquiera ha dicho si quiere formar parte del Ejecutivo o no. En Aragón y Castilla y León, los de Abascal siguen la misma estrategia pese al ofrecimiento de consejerías por el PP. Vox está jugando al puro desgaste, nada más. Este tacticismo no tiene nada que ver con el interés de los españoles, sino con no comprometerse antes de las elecciones de Andalucía, el próximo día 17 de mayo. A Vox solo le interesa la estrategia electoral de Vox, con el agravante de que ni siquiera es honesto con sus votantes.
Además, esta estrategia tiene un efecto colateral evidente: debilita a los propios aliados potenciales. La relación con el PP se convierte en un campo minado donde cualquier avance está condicionado por exigencias máximas y líneas rojas cambiantes. Eso no fortalece posiciones, las hace inviables.
Cabe preguntarse si detrás de esta dinámica hay una apuesta consciente por la inestabilidad como forma de crecimiento político. Es una jugada arriesgada: puede dar réditos a corto plazo, pero a largo plazo proyecta una imagen de partido incapaz de gestionar poder real. Y en política, la percepción de inutilidad pesa tanto como la de incoherencia.
España no necesita más bloqueo. Necesita partidos que, sin renunciar a sus principios, entiendan que la política es también el arte de hacer posible lo necesario. Persistir en la estrategia contraria no es valentía ni coherencia: es, simplemente, elegir el conflicto cuando lo que toca es gobernar.
En definitiva, lo que está haciendo Vox es aparecer como los bloqueadores y quienes impiden gobernar cuando no hay otra opción posible. Ni quieren gobernar con el PP, ni dejan hacerlo a quienes han ganado ese derecho. Eso sí que es peligroso si comienza a percibirse como inherente a la marca y como pauta de conducta. Que la vocación de Vox no es obtener el poder decisorio para cambiar las cosas desde las instituciones, sino que lo que pretenden es paralizarlo todo. Pero ¿de qué sirven esos votos y esa fuerza si no se ejercen, si en vez de resultar útiles, solo sirven para inutilizar y al cabo resultan ser ellos mismos inútiles?











