Carta abierta al diputado y alcalde sanchista de Casarrubios del Monte, Jesús Mayoral
Vecino de Casarrubios del Monte (Remitido) Señor diputado y alcalde sanchista de Casarrubios del Monte, Jesús Mayoral: Le escribo con una mezcla de indignación y cansancio que, me consta, comparten muchos ciudadanos. Su apoyo sistemático, acrítico y disciplinado a todas y cada una de las iniciativas impulsadas para sostener políticamente al todavía presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, abochorna a este municipio. Me pregunto qué satisfacción hallará usted en servir al objetivo de la supervivencia política de Sánchez, aún cuando su permanencia al frente del ejecutivo lesiona el más estricto sentido de la dignidad de la política concebida como un fin noble.
A usted no se le eligió para actuar como un mero instrumento de supervivencia partidista. Se le eligió para representar a los ciudadanos, para ejercer criterio propio, para poner límites cuando sea necesario y para defender principios, no conveniencias. Sin embargo, su trayectoria parece responder más a la lógica del poder que a la del servicio público. Usted será recordado siempre como el sanchista que puso sus votos al servicio de la felonía de un presidente equiparable a los grandes traidores que dibujan la historia española, desde Don Oppas a Don Julián, desde Manuel Godoy a Fernando VII.
Resulta difícil no percibir que muchas de las decisiones que usted respalda no obedecen al interés general, sino a equilibrios frágiles, concesiones discutibles y pactos que priorizan la permanencia en el cargo por encima de la coherencia política y la igualdad entre españoles. ¿Dónde queda su voz propia? ¿Dónde queda la defensa firme de aquello que, en campaña, decía representar? ¿Se siente usted orgulloso de haber apoyado con su voto la amnistía de los principales involucrados en el golpe de estado en Cataluña? ¿Se siente usted satisfecho de servir de coartada a los fines innobles que describen la etapa de gobierno sanchista como un ejemplo de corrupción política y execración moral? ¿Concilia usted bien el sueño al saberse socio parlamentario de los herederos políticos de los matarifes que asesinaron a compañeros suyos de partido, tales fueron los casos de Enrique Casas, Fernando Buesa, Ernest Lluch, Isaías Carrasco y Alberto Jiménez-Becerril, entre otros? ¿Con qué cara se puede usted presentar ante sus vecinos casarrubieros habiendo apoyado con su voto la financiación privilegiada a Cataluña, que no es otra cosa que el pago a los independentistas por mantener su apoyo a Sánchez y que Montero ha materializado siguiendo al dedillo el dictado de los separatistas? Cabe preguntar si apoyará usted la cesión del IRPF a Cataluña, condición que ha exigido Oriol Junqueras a Salvador Illa para dar su visto bueno a los presupuestos catalanes.
La disciplina de partido no puede ser la excusa para justificarlo todo. La política exige responsabilidad individual, valentía y, en ocasiones, la capacidad de decir “no”, incluso cuando eso le pueda costar el cargo, y por consiguiente, vivir de la mamandurria. Usted ha optado, en cambio, por la comodidad de la obediencia.
Hay momentos en los que, como en las décimas calderonianas, se está obligado a actuar conforme al honor, patrimonio del alma y no de Ferraz. Y eso es exactamente lo que contrario de lo que representa usted: un diputado que, lejos de ejercer su responsabilidad con independencia y criterio, ha optado por convertirse en una pieza más de una maquinaria de poder que exige obediencia ciega.
No se le eligió para apoyar ciegamente a un presidente a quien le trae al pairo cualquier otra cosa que no sea su supervivencia personal. No se le votó para justificar lo injustificable ni para mirar hacia otro lado cuando las decisiones del Gobierno generan división, quiebra del estado de derecho, frentismo y corrupción institucional. Su escaño no es propiedad de ningún líder, sino un mandato directo de los ciudadanos. Y, sin embargo, su conducta parece responder más a la disciplina de partido que al interés general.
La política exige coraje. Coraje para discrepar, para señalar lo que no funciona, para defender principios incluso cuando resulta incómodo. Pero ese coraje brilla por su ausencia cuando se prefiere la comodidad del cargo a la responsabilidad del compromiso.
Tal vez aún esté a tiempo de recordar por qué entró en política. Porque al final, la historia no juzga a quienes mandan, sino también a quienes, pudiendo hacer algo, decidieron no hacerlo.
Señor Mayoral, no denigre más a este pueblo y márchese.












