Escalada verbal y no militar, de momento
El mundo está viviendo una situación de una gravedad no conocida desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945. Hasta el año 1991, en que se desplomó –como un «castillo de naipes» y sin violencia ninguna– la superpotencia comunista de la URSS. Hasta entonces se vivió un periodo de 46 años conocido en la Historia como el de la «Guerra Fría». Por cuanto, si bien existieron guerras en distintas zonas del mundo –es el caso, por ejemplo, de la guerra de Corea comenzada en 1950 o la de Vietnam, entre otras, y no pocas…– donde la URSS y EEUU se disputaban la delimitación de sus respectivas «zonas de influencia» (hoy denominadas «polos»)–, nunca se desencadenó una guerra frontal entre ellas.
Es decir, no se produjo una Tercera Guerra Mundial, sino que se mantuvo una virtual «guerra» fría. El fundamento de ello fue que ambas superpotencias tenían plena conciencia de que un enfrentamiento de esas características entre ellas, dada la posesión que tenían de una gran cantidad de armamento nuclear, tanto táctico como estratégico, su consecuencia sería una «DMA»: el acrónimo de una «Destruction Mutual Assured», en español «Destrucción Mutua Asegurada». Una situación con un limitado (pero cierto) parecido con la actual solo se produjo en octubre de 1962 con la llamada «crisis de los misiles de Cuba», que ya hemos tenido ocasión de comentar recientemente.
Entonces, los máximos dirigentes de las dos superpotencias mundiales, el estadounidense John F. Kennedy y el ucraniano Nikita Kruschev, se ocuparon de impedir que un presunto «error humano» desencadenara una apocalíptica confrontación nuclear. Pero actualmente no son solo dos las naciones en posesión de ese tan peligroso armamento, sino nueve. Y en particular la República islamista iraní de los ayatolás trabaja por conseguirlas, y tiene el apoyo de países con más de mil millones de habitantes que las poseen, que de hecho son auténticas superpotencias militares, entre ellas China e India.
Otro elemento de especial preocupación adicional que acompaña a la situación en Oriente Medio son las consecuencias económicas en un mundo muy dependiente del petróleo y otros productos energéticos que son muy dependientes del estrecho de Ormuz para poder ser transportados a los países consumidores de los mismos. La reiterada amenaza de Donald Trump de bombardear los objetivos militares necesarios para restablecer la libre navegación por aquel lugar y la respuesta iraní dada a esa amenaza nos remite a octubre de 1962 en el tiempo. Y el Consejo de Seguridad de la ONU, sin ninguna autoridad, ni reconocida ni eficaz, para impedir esa escalada. De momento, solo verbal, pero solo, de momento.











