García-Gallardo, Vox y la lección de Gabriel Rufián
Gonzalo Cabello de los Cobos.- Esta misma semana hizo unas declaraciones que denotan un sentido común poco habitual en la izquierda. Tras el batacazo en Castilla y León, apeló a la unidad frente a la fragmentación y a hacer política con la calculadora si de verdad se quiere pasar de la irrelevancia a la influencia. Y tiene toda la razón.
Por ahora, la derecha se divide en dos, mientras que la izquierda, con todas sus fracturas, tiene al menos la inteligencia de reagruparse cuando toca. Y ahí es donde Pedro Sánchez aprovecha y capitaliza esa falta de unidad. Ya lo vimos en julio de 2023.
Hasta aquí, nada especialmente nuevo. Lo verdaderamente llamativo está ocurriendo en Vox. Hace unos días, un periódico generalista conocido por todo el mundo publicó una entrevista al exvicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo. Y lo cierto es que no dejó títere con cabeza. Disparó su ametralladora y vació varios cargadores.
Su despecho puede estar justificado o no, lo desconozco, pero hay dos cuestiones que, por su gravedad, no pueden despacharse sin más.
La primera tiene que ver con las insinuaciones sobre un supuesto interés espurio de Santiago Abascal respecto al partido. García-Gallardo viene a sugerir que Vox habría derivado hacia una estructura en la que pesan más los intereses económicos y las lealtades personales, los Arizas y los Méndez-Monasterios mediante, que el proyecto político. Habla de un tercer sueldo, de «deudas de gratitud» y de un entorno que, según él, condiciona decisiones clave. Si algo así fuera cierto, estaríamos ante un problema de fondo que trasciende lo partidista y entra de lleno en el terreno de los valores y la credibilidad.
Conviene subrayarlo: son afirmaciones muy graves que exigen, como mínimo, una explicación clara. Si esta no llega con nitidez, la inquietud no hará más que crecer entre sus propios votantes.
Lo de la «camarilla» ya lo había apuntado Espinosa de los Monteros en una entrevista reciente en radio. Pero esto es otra cosa. Aquí no hablamos de estilos de liderazgo, sino de la coherencia entre discurso y práctica.
Sin embargo, lo más preocupante no está ahí, sino en otra idea que se desliza en la entrevista: la posibilidad de un nuevo partido. «Si Vox deja de ser útil, alguien tendrá que pensar en una nueva etapa, en un nuevo partido», afirma García-Gallardo. Traducido: más fragmentación.
Y aquí es donde el artículo vuelve al principio. A Rufián. A ese sentido común que, paradójicamente, parece hoy más presente en la izquierda que en la derecha.
Porque la derecha no tiene tiempo para estas cosas. Ya hemos visto cómo fenómenos como el de Alvise han restado votos decisivos al PP y Vox en Castilla y León. Y España se juega demasiado como para seguir entreteniéndose en luchas internas, proyectos personales o experimentos políticos de corto recorrido.
La derecha no necesita otro partido. Necesita entender algo mucho más básico: que dividirse hoy es regalar poder mañana.
Durante años, la gran debilidad de la izquierda fue su tendencia a fracturarse. Y, sin embargo, parece que está aprendiendo a golpes que sin unidad no hay poder. Al menos cuando realmente importa. La derecha parece ahora empeñada en recorrer el camino inverso.
Mientras tanto, Pedro Sánchez hace lo que mejor sabe hacer: leer el momento y ocupar el espacio. En las últimas semanas, mientras sus adversarios discutían entre sí, él ha sabido rentabilizar el clima internacional, proyectándose como un líder pacifista moderado y con perfil global. Y eso, en política, se traduce en votos.
Conviene no subestimarlo. Sánchez no es un accidente. Es un animal político que entiende el poder y sabe cómo conservarlo.
Por eso, el problema ya no es solo la división. Es la frivolidad con la que algunos parecen afrontarla. Como si el tablero político fuera un campo de pruebas para egos, ajustes de cuentas o aventuras personales.
Y no lo es.
Por tanto, convendría que PP y Vox, y todos aquellos que fantasean con añadir una sigla más al espacio de la derecha, dejen de hacer y decir chorradas como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Al menos por ahora, no lo tienen. Lo que sí tienen es un mandato: entenderse y ofrecer una alternativa en 2027.
Porque esta vez, si pierden, no será por falta de oportunidades. Será, simplemente, porque decidieron no aprovecharlas.












