majestad
majestad. No, amado lector, no es error de imprenta. Es que no le pongo la mayúscula a este persono, ni por imposición ortográfica. Y es que los títulos y tratos se ganan con la decencia y se soportan con la lealtad y la dignidad. Este Borbón no sabe de esto. Como en la tradición monárquica francesa, Felipe piensa que la gracia de la monarquía, y por ende su título y dignidad, viene impuesta por el poder divino de Dios. Así no necesita de esfuerzo, ni de lealtad, ni de integridad. Es lo más cercano a Mel Brooks cuando decía “Es bueno ser rey”.
Ya que nombro al honroso gabacho, le remito a Gilles de Rais. Fue un Mariscal importante de la Santa Juana de Arco. Dedicó su vida y su fortuna al servicio de la mártir. El mejor de sus siervos; pues las órdenes que recibía procedían de la divinidad. Cuando ella fue cremada, De Rais sucumbió en el peor de los abismos. Todo su propósito de vida y de creencias se quemaron con el roble combustible y la decepción fue su comburente.
Pasado el episodio histórico, De Rais volcó sus convicciones al sumidero de la reparación económica y trabajó incesantemente por recuperar la fortuna perdida. Se formó en alquimia e invocó a demonios y fuerzas oscuras para culminar su destino. Se convirtió en un ilota de Satanás.
Si hacemos un paralelismo con nuestro rey, advertimos que el poder de la monarquía se desvaneció el día en el que su padre traicionó a su abuelo y asumió una postura ilegítima y contraria a la virtud monárquica.
Si buscamos que el carburante fue la transición y el comburente la ambición política, el propósito reparador que le queda a Felipe es la sumisión a los poderes ideológicos contrarios a su naturaleza. Es por eso que Felipe queda rebajado al título de ilota.
Esta semana hemos oído como se posicionaba en un discurso contrario a la legitimidad española de la Conquista de América. Lo hacía con el desafecto de alguien que pierde lo que nunca ganó. La casa Borbón no supo cuidar, ni quiso, lo que la de Austria ganó con valores y fe.
Oímos de boca de Felipe cómo fortalecía la posición infundada, retorcida y falsa que expone un Estado, el mexicano, que por la misma vía de la especulación debería de callar.
Son veinte mil los asesinatos anuales en su país. Veinte mil almas que dejan este mundo por una oligarquía que los desampara. Un estado que permite que veintinueve niños desaparezcan diariamente y un estado que permite que un carguero como el Evergreen atraque en sus puertos para cargar párvulos que pudieran terminar en la isla de Epstein o vaya a saber Dios donde.
A esa dignidad se postra nuestro rey. Con las rodillas manchadas del barro de la tierra de los ilotas.
¿Cuánto más tiene que soportar España a una familia que ofició históricamente la traición?
De Sánchez y zapatero ya sabíamos de su servilismo de estado extranjero; pero nunca pude imaginar que una majestad por baja que fuera llegara a tan indigno servicio.
Ave María Purísima.











