La encrucijada de Vox: ¿Vivir de la pancarta y de gritar o demostrar que sabe gestionar?
LR.- Los grandes líderes se crecen en las situaciones de crisis, mientras que los mediocres se vienen abajo a la primera de cambio. Es lo que diferencia a unos de otros. Eso, y el trabajo. Si trabajan doce horas cada día, el fruto se acaba viendo más pronto que tarde.
Si se dedican a vegetar, les arrolla el viento en cuanto sopla. Valga el exordio para decir que al partido de Santiago Abascal le ha llegado el momento de retratarse, y que dependiendo de cómo lo haga, saldrá reforzado o se hundirá como Ciudadanos.
Por eso, tras los resultados del domingo, Santi dijo con claridad que va a haber gobiernos en las autonomías en las que el Partido Popular ganó y Vox es tercera fuerza.
Impedir que eso ocurra sería suicida, pues ningún votante del centroderecha perdonará que se repitan elecciones en Aragón, Extremadura o Castilla y León, y menos si se tiene la percepción de que los abascales remolonean en medio de estrategias sobre cómo obtener réditos electorales.
Vivir de la pancarta, al estilo Pedro Sánchez, está bien durante un tiempo, pero llega un momento en que hay que demostrar que, amén de gritar, se sabe gestionar. Es lo que quiere la gente. Para no hacer nada o para liarla parda ya está Pedro con su tropa indepe-proetarra. Y gestionar significa, sencillamente, solventar los problemas que tiene la gente, no quedarse sin más en el discurso del pasquín. Vox está evolucionado. La vía Buixadé se impone porque es la que triunfa en esa otra Europa que no quiere ahorcarse con la soga verde.
Los tiempos del patrioterismo huero se han ido como Ortega Smith, Gallardo, Espinosa de los Monteros o Monasterio. Nadie es imprescindible y tampoco Abascal.
Con una Giorgia Meloni española, Vox estaría hoy desbordado en las urnas. Sin embargo, no logra llegar al 20 por ciento que hace tiempo superaron sus colegas de Portugal, Italia, Francia, Hungría y Alemania. Por algo será. Tal vez porque piensan aquí algunos que les votan porque son guapos y famosos.
Podría ser en algún caso, pero la inmensa mayoría les vota por un programa en el que plantean cuestiones que otros partidos no se atreven a reivindicar. Por ejemplo, la integración de la inmigración, la inseguridad en los barrios, la crítica a la agenda 2030, la oposición al integrismo climático y al discurso woke de la ideología de género.
Es bueno que alguien levante banderas diferentes a las que nos llegan de la mano de Von der Leyen y Teresa Ribera. Pero entender que su labor consiste en repetir eslóganes y hacer frases redondas para X, es abonar el terreno para un suicidio programado. Vox ya se ha olvidado de la crítica al sistema autonómico: se ha integrado en él. Dijeron que dejaban los gobiernos del Partido Popular por los «menas», pero con anterioridad habían aceptado a esos mismos «menas».
Prescindir de activos como Macarena Olona es un error. Haberle dado un portazo a la integración de Alvise, otro peor, que le ha costado tres escaños en Castilla y León. Si Abascal piensa que se puede pasar la vida entera apenas enseñando músculo en las Cortes, se equivoca.
Algún día va a tener que demostrar que, amén de gritar, sabe también gestionar. O sea, debe explicar cómo se aplican las recetas que predica. A algunos les puede bastar con lo de hacerle la ola a Netanyahu y Trump. Pero a la mayoría le da igual el trumpismo y el sionismo. Quiere que defienda a su país por encima de todo, y que pacte ya con el PP para dejar cuanto antes fuera del tablero a Sánchez. No es poca cosa.











