Radiografía del votante socialista
Jano García.- Las elecciones en Castilla y León han dibujado un panorama muy cercano a la realidad nacional. Muchos se llevaban las manos a la cabeza viendo que la PSOE no baja del 30 % y mejora sus resultados con la que está cayendo. Lo cierto es que resulta casi imposible que eso ocurra teniendo en cuenta la nación en la que vivimos. Durante décadas la PSOE ha impuesto su marco ideológico a toda una sociedad que padece el síndrome de Estocolmo. Desde la llegada de la democracia en España el mensaje ha sido claro: o eres progre o eres mala persona.
Un mensaje dirigido a deficientes mentales, sí, pero no son pocos los que han comprado la mercancía. Incluso aquellos que no lo han hecho, especialmente la generación más envejecida de nuestro país, han asumido el relato. Ahí están pidiendo perdón cada día por no votar a la PSOE o compartiendo sin cesar las declaraciones de Felipe Gónzalez o Alfonso Guerra. ¡Esos sí eran la PSOE buena! Esto viene a ser, ojalá la PSOE no fuera una mafia y así poder votarlos para que nadie me llame facha. Afortunadamente, la juventud parece más liberada de ese estigma y comprende que el socialismo, en cualquiera de sus formas, siempre genera la ruina social, económica y moral de la nación.
El votante socialista, por el contrario, saca pecho de su condición de colaborador necesario con la corrupción moral y económica. Considera que la humanidad depende de ellos. Ya hay que ser bobo para creerse tan importante, pero en el mundo moderno se nos ha dicho que uno es lo que quiere ser y basta con proponérselo. Así, vemos como tipos ridículos se excitan con cada eslogan barato que se le presenta. El ‘No a la guerra’ ha sido el último ejemplo. Tan estúpido como decir no a la muerte, no al mal, no a la pobreza, etc. Sí, nadie está a favor de eso, pero el mundo y la vida en sociedad en un planeta de más de 8.000 millones de habitantes no es tan simple. Sin embargo, el votante socialista es simple y simples eslóganes necesita para poder digerir fácilmente la propaganda.
Si después de todo lo que ha pasado, y está pasando, el votante socialista no se apea de la burra, conviene perder toda esperanza de que eso suceda. En el momento en el que uno acepta gobernar con el brazo político de una banda terrorista, con aquellos que quieren destrozar la nación que se gobierna, aplaude que se redactan leyes ad hoc para beneficiar a un prófugo de la justicia, está dispuesto a perder poder adquisitivo para frenar a «la ultraderecha», a darle a sus propios hijos una España ruinosa e insegura, a someterse a los delirios verdes que eliminan tu prosperidad y, sobre todo, está dispuesto a ser engañado una y otra vez, en el momento en el que el votante socialista ha cruzado ese puente no hay vuelta atrás.
A ello debemos sumarle el clientelismo. Este último punto suele pasar desapercibido, pero no es una cuestión menor. En España, un porcentaje que alcanza casi el 50 % de la población vive de una nómina pública, ya sea a funcionario, pensionista o cualquier trabajador social de chichinabo para algún chiringuito absurdo. De esa manera no sólo se priva al ciudadano de independencia y libertad del poder político, sino que, además, se convierte en un ser dependiente del mismo para sobrevivir en la charca inmunda en la que habita. Si a eso le sumamos que la masa prefiere regalar su libertad a cambio de liberarse de responsabilidad no es de extrañar que la PSOE no baje del 30 %, pues vivimos en una sociedad moralmente corrompida.











