La política convertida en bloqueo permanente: Vox, el partido que quiere el poder… salvo cuando toca gobernar
Ignacio Andrade.- En cualquier democracia madura hay partidos que gobiernan y partidos que fiscalizan. Pero hay una tercera categoría mucho más dañina: los que viven del bloqueo permanente. Y en la política española actual, ese papel lo ha asumido con entusiasmo Vox.
El problema de Vox no es solo su ideología —perfectamente discutible dentro de la pluralidad democrática—. El problema es su estrategia política basada en dinamitar cualquier espacio de acuerdo. Allí donde debería haber negociación para echar doble cierre al sanchismo, aparece el veto. Donde se exige responsabilidad institucional, aparece la teatralización permanente del conflicto.
Vox plantea al PP que presente una moción de censura y, a la vez, está utilizando todas las excusas posibles para no llegar a acuerdos en Extremadura y en Aragón.
Estos días se ha escuchado a Abascal decir que “ellos no están por los carguitos” cuando les dicen que “entren en los gobiernos” autonómicos y es preciso recordar que hace cuatro años en Castilla y León -donde se formó el primer gobierno de coalición con Vox- toda la discusión giraba en torno a qué cargos iban a tener.
Ahora ya no quieren, o sea, Vox saca el mejor resultado de su historia, pero no quiere entrar en los gobiernos para gestionar. Y entonces, ¿para qué se presentan? Tal vez para no poner al descubierto la deficiente capacidad de gestión de un partido que ha laminado a sus cargos más brillantes. La política solo si se tiene poder se pueden cambiar las cosas, no a base de ruidos ni de eslóganes llamativos.
Vox se ha especializado en una forma de política que podría resumirse así: cuanto peor funcione el sistema, mejor para su relato. Porque su discurso necesita un país permanentemente enfadado, polarizado y convencido de que todo está roto. Si las instituciones funcionan, si hay una alternativa al sanchismo, si se gobierna con pragmatismo… el mensaje de catástrofe pierde fuerza. Por eso el bloqueo no es un accidente: es el combustible de su proyecto político.
Pero esa estrategia tiene un precio. Cada vez que un partido decide sabotear acuerdos solo para alimentar su propia narrativa, el sanchismo se robustece un poco más. La política deja de ser el arte de resolver problemas y se convierte en un espectáculo de confrontación permanente donde lo importante no es mejorar la vida de la gente, sino ganar la siguiente batalla cultural en redes sociales.
La paradoja es casi grotesca: Vox exige constantemente “mano dura”, “orden” y “autoridad”, pero cuando llega el momento de asumir responsabilidades de gobierno o de construir consensos mínimos, prefiere volver a la trinchera del ruido. Gobernar exige paciencia, negociación y aceptar que nadie tiene toda la verdad. Bloquear, en cambio, es fácil: basta con decir no a todo y culpar al resto.
La política española ya sufre suficiente crispación como para añadirle un partido cuya principal aportación parece ser subir el volumen del conflicto. La oposición es necesaria en democracia, pero la oposición responsable no desaprovecha la oportunidad de gobernar en algunas comunidades autónomas para contrapuntar la gestión del gobierno socialista. La oposición que practica Vox parece buscar algo muy distinto: que nada funcione para poder decir después que el sistema está roto.
Y esa es la verdadera cuestión. No se trata de derechas o izquierdas. Se trata de algo mucho más simple: si un partido quiere gobernar un país o si prefiere vivir eternamente del enfado y la parálisis.
Porque cuando la política se convierte en un negocio basado en el bloqueo, el resultado final siempre es el mismo: instituciones debilitadas, ciudadanos cansados y problemas que siguen sin resolverse. Y en ese escenario, el ruido puede ser rentable para Abascal, pero es devastador para la alternancia política al sanchismo.











