Vale, Pedro, pero ¿quién nos liberará de los tontos de internet?
Gonzalo Cabello de los Cobos.- Pedro Sánchez ha anunciado que su Gobierno pondrá freno al odio en las redes sociales mediante una herramienta llamada ‘Hodio’, destinada, según parece, a vigilar a todos los maleantes que pululan por el ciberespacio. Me temo que acabará convirtiéndose en otra elegante fórmula de censura para quienes tengan la mala costumbre de discrepar del Gobierno.
En cualquier caso, el presidente parece más cómodo combatiendo enemigos en la nube que observando con detenimiento el espacio físico que ocupan algunas de las personas que tiene sentadas a su alrededor. Pero esa, en realidad, es otra historia.
La duda que me asalta es otra: ¿quién va a poner freno a la estupidez?
Porque si hay algo que prolifera en internet con más alegría que el odio es la tontería. Y, a diferencia del odio, la tontería es prácticamente imposible de regular. Se reproduce sola, se multiplica con rapidez y encuentra siempre nuevos territorios donde expandirse.
Hay varias frases del sargento Tom Highway en El sargento de hierro que se me han quedado grabadas, pero, sin duda, la que más me gusta por su simpleza demoledora es la de «puedes pegarme. Puedes tirarme al suelo, incluso escupirme… pero, por favor, no me aburras».
Y es que últimamente me aburro mucho. Sobre todo, leyendo los comentarios que algunas personas dejan en redes sociales, particularmente en aquellas que, al menos en teoría, nacieron con vocación profesional.
Entiendo, porque soy un muchachote conectado con este loco mundo, que las cosas cambian. Lo que ayer servía para informar hoy sirve para entretener, y lo que antes era una red para hablar con amigos se ha convertido en una formidable herramienta para manipular masas o recopilar datos que luego se venden al mejor postor. Todo eso lo entiendo. Lo que no entiendo, como digo, es que me aburran.
Antes todos los pueblos tenían un tonto. Pero, afortunadamente, sus opiniones se quedaban confinadas en el casino local, entre chato y chato de vino, y la parroquia reía con sus ocurrencias antes de volver tranquilamente a casa.
Hoy, en cambio, los tontos del pueblo tienen un ordenador, un teléfono móvil y una conexión a internet. Y con eso les basta para esparcir su idiocia sin fronteras ni aduanas. Y eso, reconozcámoslo, pesa mucho.
Los hay de muchos tipos.
Están, por ejemplo, los que lanzan consignas aprendidas esa misma mañana en la radio o en el argumentario del partido de turno. No admiten matices porque memorizar una idea ya les ha costado un esfuerzo considerable, y añadir una segunda podría provocar un colapso en su cerebro. A estos se les reconoce enseguida: en cuanto intentas discutir con ellos te colocan inmediatamente alguna etiqueta tranquilizadora como «fascista», «machirulo», «cayetano» o, mi favorita, «neoliberal» y asunto resuelto.
Con esta especie conviene no entretenerse demasiado. Su raciocinio solo permite una interacción limitada, más o menos equivalente a ofrecer un pañuelo mientras se les explica con paciencia que la baba debe limpiarse hacia dentro.
Pero hay otros majaderos más sofisticados que también merecen atención. Han proliferado como las esporas y, no se engañen, tienen su público.
Es difícil identificar un patrón claro, porque pueden tener diecinueve años o cincuenta y siete, ser hombres, mujeres o cualquier otra cosa que se les ocurra esa mañana. Pero su método es siempre el mismo.
Publican textos larguísimos, con frecuencia plagiados de otra persona con mejor prosa, y los rematan con una pregunta destinada a provocar interacción: «¿Y vosotros qué pensáis de esto? Os leo en comentarios».
El contenido de esos textos es muy variado, pero todos comparten un rasgo común: hablan de ellos mismos. El ego, ya saben.
La estructura suele ser más o menos así:
«Chicos, ayer sacando a pasear a mi ardilla unos niños en el parque se rieron de ‘dientecitos’. No os podéis imaginar mi frustración. Me sentí profundamente agredido y fui a la comisaría a denunciarlo por maltrato animal. ¿Y sabéis qué pasó? Que los policías se rieron más que los niños. Está claro que vivimos en una sociedad enferma. Afortunadamente, luego llamé a mi amiga Afrodita y conseguí relajarme.
¿Creéis que las ardillas merecen más respeto? Os leo”.
Y, por último, están mis favoritos. Estos habitan, sobre todo, en las redes profesionales. Es su ecosistema natural. Allí es donde prosperan.
Son los gurús de la Marca Personal y del Emprendimiento.
Empiezan siempre contándote lo difícil que fue fundar su startup de sacapuntas ecológicos. Nadie les regaló nada, dicen. Tuvieron que empezar desde cero en el garaje de casa de sus padres, en La Moraleja.
Después enumeran las cinco, siete o nueve claves que les permitieron convertirse en el tipo de emprendedor que siempre soñaron ser: camiseta negra, zapatillas blancas y una foto mirando al horizonte con expresión pensativa.
Y cuando por fin han terminado de explicarte su épica personal, llega la pregunta final, inevitable:
«Si yo pude, vosotros también podéis cumplir vuestros sueños. ¿Qué opináis? Os leo en comentarios».
Yo, la verdad, prefiero no opinar.
Como decía el viejo sargento Highway: pueden pegarme, tirarme al suelo o incluso escupirme. Pero, por favor, no me aburran.
Así que rogaría al presidente que, si quiere librarnos del odio por su propio interés, intente también librarnos de la estupidez. Aunque sea por algo tan nimio como el interés general. Porque del odio se puede sobrevivir. Del aburrimiento, en cambio, no siempre.











