Esto es lo que defiende la izquierda española: Orgullo en casa, silencio ante las horcas en Irán
Ignacio Andrade.- La izquierda española lleva años proclamándose como la gran defensora del feminismo, de los derechos LGBT y de la libertad individual. Lo repite en discursos, en campañas, en universidades, en manifestaciones y en redes sociales. Sin embargo, hay un problema cada vez más difícil de ignorar: cuando esos mismos derechos son pisoteados por ciertos regímenes “antioccidentales”, buena parte de ese activismo desaparece. El caso más evidente es Irán.
Irán no es un país con simples “problemas de igualdad”. Es una teocracia donde el Estado impone normas religiosas estrictas sobre la vida privada. Las mujeres pueden ser detenidas por no llevar correctamente el velo. Las activistas feministas son perseguidas. Las protestas por los derechos de las mujeres han terminado con miles de arrestos. La homosexualidad, además, puede ser castigada con penas extremadamente severas.
Es decir, exactamente el tipo de sistema que, si existiera en Europa o en Estados Unidos, provocaría semanas de manifestaciones, campañas virales y editoriales indignados.
Pero cuando ocurre en Irán, el tono cambia.
De repente aparecen matices, silencios y excusas. La crítica se vuelve tímida. El foco se desplaza hacia la geopolítica, el “antiimperialismo” o la oposición a Occidente. Para ciertos sectores ideológicos, parece que el enemigo principal no es el régimen que reprime a mujeres y homosexuales, sino quien se enfrenta a ese régimen. Este fenómeno tiene nombre: indignación selectiva.
También la homosexualidad está severamente castigada. El régimen considera el activismo feminista o LGTB como una amenaza al orden religioso del Estado.
Y sin embargo, buena parte de la izquierda española evita denunciar con la misma intensidad estas realidades. En ocasiones incluso se alinea políticamente con Irán en conflictos internacionales por considerarlo un actor “antiimperialista”. Es una lógica ideológica que prioriza el eje geopolítico —Occidente contra sus adversarios— sobre la defensa universal de los derechos humanos. El resultado es una indignación selectiva.
Mientras en España se multiplican campañas, protestas y discursos sobre micromachismos o lenguaje inclusivo, la represión sistemática de las mujeres iraníes rara vez genera el mismo nivel de movilización política. Algunas voces iraníes en el exilio han denunciado precisamente este silencio. Una activista viral llegó a resumirlo así: muchos movimientos progresistas occidentales protestan por Gaza, pero rara vez levantan consignas de “Irán libre”, porque reconocer la naturaleza del régimen iraní rompe ciertas narrativas ideológicas.
Es fácil denunciar el machismo en una empresa occidental o debatir durante meses sobre lenguaje inclusivo. Es mucho más incómodo denunciar con la misma fuerza a un régimen que encarcela a mujeres por protestar o que criminaliza la homosexualidad. Porque hacerlo rompería una narrativa política en la que cualquier adversario de Occidente se convierte automáticamente en víctima o aliado táctico.
La contradicción es tan evidente que muchas mujeres iraníes lo han señalado públicamente. Durante las protestas desatadas tras la muerte de Mahsa Amini, miles de mujeres salieron a la calle gritando “Mujer, Vida, Libertad”. Algunas se quitaron el velo en público sabiendo que podían ser detenidas.
Ese era el momento perfecto para que el feminismo internacional demostrara que sus principios son universales.
Pero la reacción global fue mucho más tibia que la que se ve en otros conflictos o debates culturales occidentales. Demasiados activistas parecían incómodos denunciando con contundencia a un régimen que no encaja fácilmente en su marco ideológico de opresores y oprimidos.
La conclusión es incómoda, pero cada vez más evidente: para ciertos sectores políticos, los derechos humanos no son universales. Son herramientas políticas.
Se defienden con fervor cuando sirven para atacar a adversarios ideológicos internos. Pero se relativizan cuando el responsable de las violaciones pertenece al “bando correcto” en el tablero geopolítico.
El resultado es devastador para la credibilidad del propio discurso progresista. Porque si el feminismo y los derechos LGBT dependen de quién sea el opresor, entonces ya no son principios. Son propaganda.
Y los primeros en notarlo —con razón— son quienes sufren esa represión en lugares como Irán. Mujeres y homosexuales que observan cómo quienes dicen defenderlos en Occidente prefieren, demasiadas veces, mirar hacia otro lado.












