Desclasificando a Yolanda
Mayte Alcaraz.- Lo que deja Yolanda Díaz en la extrema izquierda –dejemos de utilizar el eufemismo de llamar a ese amorfo conglomerado la izquierda a la izquierda del PSOE– es un proyecto agotado. Muerto. Nació, con Pablo Iglesias a la cabeza, para exprimir la angustia de miles de españoles en la crisis feroz que arrancó en 2008 y que Zapatero elevó a categoría de cataclismo, pero acabó el día en el que el líder de Podemos se abrazó a Pedro Sánchez, que superó así el IS IS nsomnio que le provocaba Iglesias e inició su particular carrera por rentabilizar ese rendibú y engullir el proyecto de la ultraizquierda. El plan del socialista fue más fácil de lo esperado: el exvicepresidente puso de su parte suicidándose con la soga de sus contradicciones y quitándose la careta de su doble moral para hacer la revolución desde los jardines de sus dominios de Galapagar.
Desde entonces, el presidente investido con los votos podemitas ya solo ha vivido para copiar con maestría el programa disruptivo de sus socios de coalición. Así que cuando Iglesias, más achicharrado que el palo de un churrero vallecano, se fue a librarnos del fascismo en Madrid, Pedro respiró: ya tenía el modelo perfecto y con sus propias manitas había mandado a la tumba al autor intelectual del sanchismo, que es el hoy empresario tabernario. Ya solo quedaba nombrar sustituta a una pagafantas con ganas de la relevancia que no había conseguido en las urnas y con tan escasa solvencia intelectual que hasta Iglesias parecía a su lado un catedrático de Derecho Constitucional. En ese momento nació la ‘marca’ Yolanda Díaz, una dirigente fracasada que iba a sacarle todo el zumo al poder y, de paso, aprovechar ese escaparate para exponer una transformación estética digna del Vanity Fair.
Era solo cuestión de tiempo que Díaz –a la que los necios atribuyeron un liderazgo capaz de alcanzar la Moncloa– acabara con cualquier posibilidad de que la extrema izquierda populista volviera a representar a los indignados en España. Pedro sabía, como Corleone, que para obtener lealtad perruna de los que le rodean solo hay que ofrecerles dinero. En el caso de la vicepresidenta segunda, con la vanidad del poder –que sepamos– fue suficiente. El guion de la izquierda en España siempre lo había escrito el PSOE y solo Pablo osó discutir esa tradición. Por eso el líder socialista le robó el discurso antisistema para recuperar Ferraz y sigue en ello, con un éxito indiscutible: Podemos ha muerto, Sumar también y Rufián es solo un quejío charnego ridículo que intenta mantener su maldito escaño en la carrera de San Jerónimo. La mayor parte de los figurantes de este infecto populismo de izquierdas que iban a asaltar los cielos son hoy o pasto de escándalos de índole sexual –Oltra, Errejón, Monedero…– o/y acomodados burgueses, vividores del dinero público, indolentes a la hora de satisfacer las demandas de aquellos a los que engañaron.
Ese desastre, esa impostura, esa mentira elevada a rango institucional, no se arregla montando la enésima plataforma para distraer al personal. Esos a los que se dirigen, por si no se han enterado, votan hoy a la derecha. Ya se han cansado de tragarse las trolas de la izquierda caviar, que llena los reservados de los restaurantes pijos mientras sus antaño votantes buscan evitar en los liniales del supermercado la inflación de Pedro, que ha puesto las tajadas de pollo a precios alcanzables solo por los subvencionados por la cosa nostra.
Y, mientras tanto, los antaño votantes zurdos han visto cómo sus problemas eran menos importantes que los posados de Yolanda con sus falsos fijos discontinuos y son postergados por el relato monclovita. La única solución para la pobreza del país y los problemas de vivienda de nuestros jóvenes es que el Estado mantenga su inercia y pague religiosamente a la España no productiva. Ese es el legado de la ministra de Trabajo, que dejará de serlo en unos meses y, encima, Julio Iglesias dándole el cante: «Hey. No vayas presumiendo por ahí». A ver cómo repara las calumnias al artista, tipificadas en el Código Penal, con la nómina pública en vías de extinción.











