Morante y los analfabetos sentimentales
Que Andalucía haya concedido su máxima distinción a Morante de la Puebla no es un gesto administrativo. Es un latido. Es una afirmación cultural en tiempos de confusión. Es la proclamación de que esta tierra —cuna y último bastión de una España erguida frente a la muerte— sigue reconociendo como propio aquello que la sostiene: la fe, la tradición, la belleza que nace del riesgo.
Desde ciertos sectores de la izquierda se ha reaccionado con el automatismo habitual: descalificación, simplificación, condena moral. No entienden la tauromaquia como arte. No la sienten. Y lo que no se siente, se intenta prohibir.
Pero conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿qué es el arte?
El arte no es una etiqueta ideológica ni una subvención consignada en un presupuesto. El arte es la capacidad de estremecer. De detener el tiempo. De convocar el silencio colectivo. De hacer que miles de personas contengan la respiración al mismo segundo.
Mientras se destinan en torno a 130 millones de euros al año al cine español y más de mil millones a televisiones públicas, la tauromaquia —sin respaldo significativo del Gobierno central y apenas sostenida con alrededor de 20 millones sumando diputaciones, ayuntamientos y comunidades autónomas— sobrevive por algo mucho más poderoso que el dinero: la emoción.
Y la emoción no se decreta.
La Maestranza: liturgia de la belleza
En la arena dorada de la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Sevilla, cuando Morante pisa el ruedo, no entra un profesional del espectáculo: entra un poeta con capote.
Hay tardes en Sevilla en que el sol cae como una bendición antigua sobre los tendidos. El albero respira luz. Y entonces Morante adelanta el pie, abre el compás y cita.
La verónica surge lenta, cadenciosa, como si el tiempo obedeciera a su muñeca. El toro embiste y el capote lo envuelve con una suavidad imposible. No es un pase: es una caricia al destino. El embroque se produce y la plaza entera exhala un suspiro profundo, casi religioso.
La chicuelina dibuja un círculo perfecto, un arabesco de seda y arena. El cuerpo apenas se desplaza, pero el universo gira en torno a esa cintura flexible, a esa serenidad que desarma la violencia.
Morante no torea: dialoga. No se impone: persuade. Su arte intrínseco no es estridencia, es susurro. No es velocidad, es pausa. Tiene el saber estar de los clásicos, la sabiduría del que conoce la liturgia del miedo y la convierte en armonía.
Eso es arte.
Ballet trágico frente a la banalidad
Algunos llaman arte a un plátano pegado a la pared y desprecian el baile sinfónico de un torero con el toro. Aplauden la provocación vacía y niegan la coreografía milimétrica de un hombre que se juega la vida a cada cite.
No es una cuestión estética: es una cuestión de sensibilidad.
El toreo es un ballet trágico donde cada paso puede ser el último. Es música sin partitura, escultura en movimiento, arquitectura efímera trazada sobre la arena. Es valor, honor, belleza y entrega.
Para comprenderlo hace falta algo más que discurso: hace falta alma.
Y quizá ahí radique el problema. Porque lo que algunos exhiben como superioridad moral es, en demasiadas ocasiones, un profundo analfabetismo sentimental: incapacidad para entender lo simbólico, lo ritual, lo que conecta a un pueblo con su memoria más honda.
Dicen que es un mundo agotado. Y sin embargo, cuando torean Juan Ortega o Pablo Aguado, las plazas se llenan de jóvenes, de mujeres, de miradas nuevas que descubren en el ruedo algo que no encuentran en la cultura oficial.
Juan Ortega torea como quien escribe una carta de amor a la lentitud. Su natural parece sostener el aire, su muleta cae con una suavidad que roza lo irreal. Cada pase es una frase larga, bien construida, sin prisa, sin concesiones.
Pablo Aguado es armonía y temple. Su figura vertical, su quietud casi insolente ante la embestida, convierten la violencia en geometría. Hay en su toreo una pureza que recuerda a los clásicos, una estética limpia que no necesita artificio.
Y Morante… Morante es el misterio. El genio imprevisible. El torero que puede convertir una tarde gris en una página inmortal. Cuando carga la suerte y remata con una media que parece detener el mundo, el vello se eriza. No por ideología. No por tradición. Por emoción.
La medalla que molesta
La Medalla de Andalucía a Morante no es solo un reconocimiento personal. Es un gesto de afirmación cultural frente a quienes pretenden reducir la cultura a lo que encaja en su marco ideológico.
Molesta porque no lo controlan. Porque no lo subvencionan en exclusiva. Porque no lo entienden.
Pero Andalucía sí lo entiende. Entiende que en el toreo hay una estética y una ética. Que hay disciplina, sacrificio, belleza y verdad. Que hay una conexión profunda con siglos de historia y sensibilidad colectiva.
Morante de la Puebla es una ventana abierta. Un vendaval de aire fresco que ventila un país cansado de consignas y espectáculos previsibles. Cuando abre el capote en la Maestranza, no solo cita al toro: cita a la memoria de un pueblo entero.
Y mientras haya una plaza en silencio, mientras haya una verónica perfecta que haga temblar la tarde, mientras haya un torero capaz de convertir el miedo en belleza, habrá una parte de España que seguirá en pie.
Sin pedir permiso. Sin pedir perdón. Con el capote abierto y el corazón expuesto.
*Dedicado a mi amigo y director de AD, Armando Robles y a Antonini de Jiménez, a ambos por su defensa constante de la tauromaquia y de la libertad.











