La conversión de la Iglesia en una institución moralmente indistinguible del entorno secular progresista abre la puerta a un posible cisma
Juan Luís Blasco.- Hablar hoy de un posible cisma en la Iglesia católica ya no pertenece únicamente al terreno de las hipótesis académicas o de los sectores más radicales. Se ha convertido en una preocupación real para obispos, teólogos y fieles que observan con inquietud una deriva que perciben como un alineamiento creciente con las corrientes culturales progresistas dominantes en Occidente.
La tensión no surge simplemente de desacuerdos menores o de debates pastorales normales en cualquier institución global. Lo que muchos críticos denuncian es algo más profundo: la sensación de que la Iglesia está diluyendo su identidad doctrinal en un intento de ser aceptada por una sociedad secularizada que, paradójicamente, nunca dejará de exigir nuevas concesiones.
El pontificado del papa Francisco será estudiado algún día como el punto de no retorno para la Iglesia. Francisco fue un antropocentrista que creía que el hombre es la medida de todo. Hacía ya muchas décadas que no teníamos sentado en el sillón de Roma a alguien tan ayuno de conocimientos económicos y tan dominado por los estereotipos del izquierdismo recalcitrante, a pesar de haber padecido sus graves consecuencias durante su estancia en Argentina. Sus gestos pastorales, su lenguaje abierto y su insistencia en la inclusión fueron interpretados no como una estrategia evangelizadora, sino como una peligrosa ambigüedad doctrinal.
La preocupación se agrava cuando algunas conferencias episcopales parecen avanzar por caminos propios, especialmente en temas como la moral sexual, la bendición de parejas del mismo sexo o el papel de la mujer en la estructura eclesial. Esta diversidad práctica, que desde Roma se presenta como legítima adaptación pastoral, es vista por otros como el germen de una fragmentación irreversible.
El riesgo de una Iglesia “federal”
Uno de los temores más repetidos es que la institución evolucione hacia una especie de “federación” de iglesias nacionales con doctrinas de facto diferentes. Históricamente, los cismas no comienzan con grandes declaraciones de ruptura, sino con divergencias toleradas que, con el tiempo, se vuelven incompatibles.
El centro de la autoridad, ubicado en la Ciudad del Vaticano, se enfrenta así a un dilema complejo: permitir la diversidad para mantener la unidad visible o imponer uniformidad doctrinal arriesgándose a provocar separaciones formales. Ninguna de las dos opciones está exenta de costes.
Progresismo y pérdida de identidad
Los críticos más duros sostienen que el problema de fondo no es teológico sino cultural. Argumentan que parte de la jerarquía ha asumido categorías ideológicas contemporáneas —sobre identidad, género, poder o moral— que no nacen de la tradición cristiana sino del pensamiento político moderno. En esa lectura, la Iglesia estaría reaccionando a la presión social en lugar de ofrecer una propuesta contracultural, que históricamente ha sido una de sus principales fortalezas.
El riesgo, según esta visión, es existencial: si la Iglesia se convierte en una institución moralmente indistinguible del entorno secular progresista, perderá la razón misma de su autoridad espiritual. Y cuando una comunidad religiosa pierde su identidad, las fracturas internas se vuelven inevitables.
¿Un cisma inevitable?
A corto plazo, una ruptura formal global sigue siendo improbable. Sin embargo, la posibilidad de divisiones regionales, desobediencias abiertas o movimientos de resistencia interna ya no puede descartarse. La historia muestra que las instituciones milenarias no se rompen de un día para otro, pero sí pueden erosionarse lentamente hasta que la ruptura se vuelve inevitable.
La pregunta, por tanto, no es solo si habrá un cisma, sino si la Iglesia sabrá definir con claridad qué es y qué no es negociable en su identidad. Porque cuando una institución duda sobre sí misma, otros terminan decidiendo por ella.












