La mayoría transversal como condición para gobernar España
La mayoría transversal como condición para gobernar España. En efecto, la actual configuración política de España, la cuestión central para el centroderecha no es sólo si puede ganar unas elecciones, sino si es capaz de reconstruir una mayoría transversal, capaz de garantizar una estabilidad institucional y gobernabilidad necesaria.
El Partido Popular afronta en la actualidad ese reto estratégico. Durante décadas, logró articular una coalición amplia que integraba conservadores clásicos, liberales económicos, democristianos y votantes moderados desencantados del socialismo. Esa capacidad de síntesis permitió mayorías absolutas que no dependían de apoyos externos y que ofrecían previsibilidad institucional. Sin embargo, el ciclo político iniciado tras la crisis económica y territorial alteró ese equilibrio.
El surgimiento de Vox ha modificado de forma clara el mapa del espacio ideológico de la derecha. Por primera vez desde la transición, el electorado conservador dejó de concentrarse en una sola sigla. Esta fragmentación no es anecdótica; responde a transformaciones culturales profundas: polarización identitaria, debate territorial y reacción frente a determinadas agendas sociales. El resultado ha sido una competencia estructural dentro del mismo bloque, grave error en estos momentos en los que, parece, que la izquierda hace un intento de unidad, al menos electoral.
Por tanto, para que haya una mayoría transversal se exige algo más que apelar al “voto útil”. Supone reconstituir una narrativa política que vuelva a situar al PP como partido central del sistema. Esa centralidad no implica indefinición ideológica, sino capacidad de integrar sensibilidades diversas bajo un programa reconocible y coherente.
Alberto Núñez Feijóo ha proyectado una imagen de gestor pragmático y moderado, construida sobre su experiencia autonómica. Pero la política nacional exige, además de solvencia técnica, capacidad de movilización y articulación simbólica. La transversalidad no se logra sólo desde la gestión; requiere también relato político. Eso supone que el candidato actual del Partido Popular parece falto de un relato claro a la vista de los últimos vaivenes y de liderazgo “popular” en un momento de políticas más populistas que de cualquier otra cosa.
Hay que contar también con un condicionante estructural ineludible: el sistema electoral. En circunscripciones pequeñas, la fragmentación penaliza al bloque próximo. Por ello, la reconstrucción de mayoría pasa por absorber votantes huérfanos del espacio centrista que en su día representó Ciudadanos. Ese electorado urbano y profesional demanda estabilidad, reformas económicas y firmeza institucional sin estridencias retóricas a las que no se logra dar respuesta clara.
La clave radica en el equilibrio. Si el PP se desplaza en exceso hacia posiciones de confrontación cultural, estrecha su base. Si diluye su perfil para captar centro, corre el riesgo de desmovilizar a su electorado más ideologizado. La mayoría transversal requiere firmeza en principios: unidad constitucional, seguridad jurídica, responsabilidad fiscal y moderación en el tono. No es una síntesis imposible; es una operación de precisión política.
La experiencia comparada en Europa demuestra que los partidos que ocupan el centro efectivo del tablero conservan mayor capacidad de gobierno que aquellos que optan por la especialización ideológica. En contextos de alta polarización, la sociedad tiende a premiar la previsibilidad y la estabilidad.
En resumen, el desafío del PP no consiste en competir con Vox, ni en esperar el desgaste del adversario. Se trata de reconstruir una coalición social amplia que vuelva a reconocer en él al garante del orden constitucional y de la prosperidad económica. La mayoría transversal no es un eslogan electoral: es la condición necesaria para gobernar con autonomía y estabilidad en la España del siglo XXI.
Pero la unidad del bloque conservador no depende sólo del Partido Popular. También exige que Vox defina con claridad qué quiere ser en el sistema político español: ¿una fuerza destinada a tensionar el debate público desde posiciones de máxima intensidad ideológica o un actor institucional con vocación estable de gobierno?
La respuesta no es menor. Desde su irrupción, Vox ha logrado consolidar un electorado fiel, movilizado por cuestiones identitarias, territoriales y culturales. Esa base le ha permitido romper el monopolio que durante décadas ejerció el PP sobre la derecha española. Sin embargo, el paso de la protesta a la responsabilidad implica cambios estratégicos.
Si Vox aspira a favorecer la unidad del bloque, deberá modular su competencia con el PP. La continua confrontación puede reforzar la identidad propia, pero dificulta la percepción de alternativa conjunta frente al adversario político. La experiencia autonómica ha demostrado que la cooperación es posible cuando existe voluntad de acuerdo y previsibilidad en los compromisos.
Otro elemento clave es la jerarquía de prioridades. La política exige distinguir entre lo deseable y lo viable. En un sistema parlamentario como el de España, las mayorías se construyen con aritmética y con confianza. Exigir máximos innegociables puede fortalecer el perfil ideológico, pero también bloquear investiduras o desgastar al conjunto del bloque ante el electorado moderado.
Vox puede mantener su identidad diferenciada, más énfasis en soberanía nacional, seguridad o políticas familiares, sin convertir la competencia interna en el eje central del debate. La clave está en desplazar el foco hacia el adversario ideológico principal y no hacia el socio potencial.
Además hay que tener a la vista la dimensión de responsabilidad institucional. Cuando un partido participa en gobiernos autonómicos o municipales, la ciudadanía evalúa su capacidad de gestión. Mostrar solvencia ejecutiva, coherencia presupuestaria y estabilidad refuerza la credibilidad como fuerza con vocación de gobierno. Esa percepción es decisiva para ampliar su base más allá del votante más ideologizado.
Vox se encuentra ante una encrucijada estratégica. Puede optar por consolidarse como partido de presión, influyente pero periférico, o asumir el coste de la responsabilidad compartida para facilitar mayorías estables. La unidad del bloque no será resultado de una absorción ni de una renuncia identitaria, sino de una coordinación consciente entre actores autónomos.
La experiencia comparada demuestra que los bloques ideológicos que alcanzan acuerdos estructurales estables generan mayor confianza económica y menor volatilidad política. En un entorno internacional complejo, con tensiones geopolíticas y desafíos económicos, la fragmentación prolongada debilita la posición del país.
Por todo ello, tanto el Partido Popular como Vox tienen ante sí una decisión estratégica que trasciende la lógica partidista. Si anteponen la competencia interna al interés general, la inestabilidad será recurrente. Si, por el contrario, optan por un acuerdo transversal basado en principios compartidos y reglas claras, podrán ofrecer a España algo que hoy escasea: estabilidad y horizonte político definido que hoy les reclama a ambos el electorado conservador de España.
*Miembro de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y colaborador de AD.











