De predicador ético a símbolo de la hipocresía política y de la degeneración moral: el caso Bono
Miguel Ángel Villaverde.- La trayectoria de José Bono ha estado marcada durante décadas por una imagen pública cuidadosamente construida: político cercano, católico confeso, socialista moderado y hombre de Estado. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa narrativa ha ido chocando cada vez más con una percepción creciente de incoherencia entre el discurso y la práctica, hasta el punto de que muchos observadores hablan abiertamente de una degradación ética y política.
En la actualidad Bono vive en República Dominicana y, pese a no conocérsele otra actividad distinta de la política, disfruta de un patrimonio millonario que merecería una aclaración en cualquier democracia que no estuviese tan corrompida como la española. Y no sólo eso. La periodista Ketty Garat desveló en el programa ‘Horizonte’ de Cuatro la presunta relación sentimental entre el exministro de Defensa y Juan Segovia, un exdiputado socialista que también reside en República Dominicana.
Durante años, Bono cultivó una imagen de político moral, casi paternal, que apelaba a la ética, la fe y el servicio público. Esa construcción simbólica no solo le dio réditos electorales, sino también una autoridad que utilizó para pontificar sobre la conducta ajena. El problema es que esa autoridad moral se ha ido desmoronando con el tiempo, no tanto por un escándalo concreto devastador, sino por la acumulación de contradicciones, privilegios y decisiones que chocan frontalmente con el personaje que él mismo creó.
Lo que resulta especialmente irritante para sus críticos no es únicamente lo que ha hecho, sino la persistencia en mantener un tono aleccionador. Existe algo profundamente incómodo en escuchar lecciones de ética pública de alguien cuya trayectoria está rodeada de polémicas, sospechas de trato de favor y una cercanía evidente a las dinámicas de poder que decía combatir. Esa disonancia genera una percepción de hipocresía difícil de revertir.
Más que una caída, lo del ex presidente manchego parece una deriva: del idealismo proclamado al pragmatismo desnudo; de la austeridad defendida al confort de las élites; de la política como vocación a la política como estatus. Y cuando un líder que ha hecho de la moral su bandera termina siendo percibido como un beneficiario del sistema, el juicio público suele ser implacable.
La degeneración moral, en este contexto, no implica necesariamente delitos ni corrupción demostrada; implica algo quizá más corrosivo: la pérdida de credibilidad ética. Significa que la ciudadanía deja de creer en la autenticidad de quien habla. Y en política, cuando desaparece la confianza en la sinceridad, todo lo demás se vuelve irrelevante.
Tal vez el mayor daño no sea a su propia reputación, sino al concepto mismo de liderazgo basado en valores. Porque cada vez que alguien que predicaba principios acaba asociado a privilegios y contradicciones, el mensaje que queda es devastador: que la moral en política no era convicción, sino marketing.











