El linchamiento público a Prestianni, reflejo de la hipocresía selectiva de nuestra sociedad
AD.- En los últimos días, el nombre de Gianluca Prestianni ha quedado en el centro de una tormenta mediática y social que debería preocuparnos a todos. La prensa deportiva dedicó portadas enteras. Los comentaristas de televisión y radio no dejaban de repetirlo: el jugador argentino profirió insultos racistas contra Vinícius Júnior en el partido de Champions entre Real Madrid y Benfica celebrado en Lisboa. La indignación parecía unánime, un clamor moral frente a una supuesta afrenta al jugador carioca. El joven futbolista del Benfica está siendo objeto de un linchamiento público basado en hechos no probados, una dinámica que, lamentablemente, se ha vuelto demasiado común en la era de las redes sociales. Pero lo más grave no es solo el señalamiento hacia él, sino la extensión del acoso hacia su familia, personas completamente ajenas a cualquier polémica.
El principio de presunción de inocencia no es solo una garantía jurídica; es también un valor social básico. Cuando se condena a alguien en la opinión pública sin pruebas concluyentes, se erosiona la confianza en la justicia y se abre la puerta a una cultura de la sospecha permanente. En el caso de Prestianni, hablamos además de un jugador muy joven, en pleno proceso de adaptación a un nuevo país, a un nuevo club y a las enormes exigencias del fútbol profesional europeo.
Las críticas deportivas pueden ser legítimas —forman parte del juego—, pero el ataque personal, la difamación y las amenazas nunca lo son. Mucho menos cuando afectan a familiares que no tienen ninguna responsabilidad en la situación. El impacto psicológico de este tipo de campañas puede ser profundo y duradero, especialmente en personas que aún están construyendo su carrera y su identidad pública.
Apoyar a un futbolista en un momento así no significa ignorar posibles responsabilidades si algún día se demostraran hechos. Significa, simplemente, defender la justicia, la proporcionalidad y la humanidad. Significa recordar que detrás del jugador hay un ser humano con padres, amigos, sueños y temores como cualquier otro.
Permanente provocación
Hay futbolistas que entienden el espectáculo como una extensión natural de su talento. Otros, en cambio, parecen necesitar un conflicto permanente para sentirse protagonistas. El caso de Vinicius entra cada vez más en la segunda categoría, y no por falta de calidad —que la tiene de sobra— sino por una tendencia preocupante a convertir cada partido en una batalla personal.
La competitividad y la personalidad fuerte forman parte del ADN del fútbol de élite. Nadie pretende jugadores de porcelana ni robots sin emociones. Pero existe una diferencia clara entre competir con intensidad y provocar de manera constante. Gestos hacia la grada, discusiones interminables con rivales, protestas reiteradas a los árbitros… el patrón se repite hasta el cansancio. Y cuando algo se repite tanto, deja de ser anecdótico para convertirse en un problema de conducta.
Lo más perjudicial no es solo la imagen que proyecta, sino el impacto deportivo. Un futbolista que vive en tensión permanente pierde foco. Se desconecta del juego, entra en espirales emocionales y termina rindiendo por debajo de su potencial. Es difícil liderar desde el enfado continuo. Los grandes cracks de la historia han sabido canalizar la rabia en rendimiento, no en confrontación constante.
También hay un riesgo evidente: cuando uno provoca de forma sistemática, acaba alimentando el clima hostil que luego denuncia. Nada justifica insultos ni comportamientos racistas (que en el caso de Prestianni está por probar)—eso es intolerable siempre—, pero tampoco ayuda responder con más fuego. La espiral solo crece.
Vinicius tiene todo para ser una leyenda de su generación: velocidad, desequilibrio, personalidad y capacidad de decidir partidos grandes. Precisamente por eso resulta frustrante verlo atrapado en polémicas que eclipsan su fútbol. El debate ya no gira en torno a sus goles o asistencias, sino a sus enfrentamientos. Y eso, para un talento de ese nivel, es casi un desperdicio.
La indignación selectiva de nuestra sociedad
Hay un curioso detalle que pocos señalan: mientras se levantaban las banderas de la indignación por un insulto no probado a un jugador de fútbol, permanecía casi absoluto silencio ante otro tipo de falta de respeto, uno mucho más simbólico y profundo: cuando la multitud pita el himno nacional, cuando el símbolo que debería unirnos es mancillado ante millones de ojos, reina el silencio. Silencio cómplice, indiferente, vergonzoso. Nadie convoca portadas, nadie exige explicaciones, nadie grita “¡respeto!”. La indignación se guarda como si el himno no importara, como si la coherencia moral fuera opcional. La indignación se guarda como si el himno no importara, como si la coherencia moral fuera opcional.
Es un espectáculo de hipocresía: nos importa más la sensibilidad de un jugador que la dignidad de lo que representa a todo un país. Nos escandalizamos por un insulto no probado en el terreno de juego y aceptamos con naturalidad que la burla colectiva se vuelva rutina frente a nuestros símbolos. ¿Es que nuestro orgullo solo funciona con goles y camisetas?
El doble rasero es descarado. La indignación que debería ser un faro de valores se convierte en un teatrillo de cristal: brillante, visible… y frágil. Se rompe en cuanto el agravio toca algo que no encaja en el guion mediático. Mientras celebramos indignaciones selectivas, permitimos que el desprecio hacia lo que nos define se vuelva costumbre.
Si queremos hablar de respeto, empecemos por aplicarlo de forma consistente. No sirve indignarse por Vinícius y mirar hacia otro lado cuando se silba el himno y se profieren gritos contra España en algunos estadios. La coherencia es incómoda, sí, pero imprescindible. Y mientras nos conformemos con indignaciones de escaparate, seguiremos siendo espectadores de nuestra propia hipocresía.
Hoy el mensaje debería ser claro: sin pruebas, no hay condena. Y, con pruebas o sin ellas, el acoso jamás es aceptable. La dignidad personal de Prestianni debería estar por encima del ruido mediático.
Quizá sea hora de preguntarnos: ¿queremos un país que reacciona con furia ante un insulto deportivo pero que acepta, sin pestañear, la falta de respeto a los emblemas que nos unen? La indignación, para ser auténtica, no puede ser selectiva. Y mientras sigamos aplicando doble rasero, seguiremos celebrando indignaciones que parecen más espectáculo que conciencia.











