Europa solo nos ha traído regulaciones excesivas, prohibiciones, adoctrinamiento, pérdida de poder adquisitivo y la entrega de todo lo que teníamos
Magdalena del Amo.- No es políticamente correcto manifestar oposición al globalismo y más en concreto a la Unión Europea. No estar fascinado con este proyecto uniformador puede ser incluso causa de ilegalización de formaciones políticas con una visión distinta a la diseñada por plutócratas que ni siquiera conocemos, salvo su posición al servicio de oscuros intereses de dominio y control.
El Centro Criptológico Nacional, dependiente del CNI, a través del Proyecto Elisa, se encarga de analizar la desinformación, la descontextualización de noticias, los bulos o las fake news emitidas por las plataformas digitales que “pudieran erosionar la confianza en las instituciones públicas”. Es decir, en román paladino, pensamiento único; que nadie se oponga a los bulos gubernamentales ni a las ideas globalistas. Este engendro de persecución a la libertad de pensamiento y expresión fue creado en el 2020. En esa fecha Pabló Iglesias había conseguido formar parte de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos de Inteligencia, mediante un decreto que al año siguiente fue declarado inconstitucional. Entrar en el CNI era una de sus ideas obsesivas.
¿Pero por qué este proyecto de vigilancia y censura en 2020? Está muy claro. El gobierno socialcomunista, recién estrenado, temía que la opinión crítica “erosionase las instituciones públicas y que los ciudadanos perdiesen la confianza en ellas”. Esto es una demostración diáfana de que sus planes voraces de asalto a lo público estaban en marcha. Basta recordar cuánto nos han mentido durante la pandemia; cuánto miedo han inoculado para tener a la sociedad controlada, y cuánto nos han estafado. Se pusieron la venda antes de la herida. Ya estaba organizada la lista de fechorías, algunas de las cuales ya están siendo judicializadas, ¡y algunos ya duermen en la cárcel!
Pero, como el proyecto Elisa sigue vigente, debemos hacernos algunas preguntas a modo de razonamiento: ¿Y si las instituciones se corrompen y, por tanto, no merecen confianza? Los organismos dirigidos por políticos no cualificados y que, además, roban a manos llenas, ¿deben estar protegidos? ¿Entendemos que no se debe alzar la voz so riesgo de despertar a los ciudadanos que duermen al arrullo de una confianza inmerecida? ¿Tenemos que hablar a favor de la Comisión Europea cuando hemos constatado que es un nido de corrupción, que trabaja a las órdenes de otros más poderosos?
Según este observatorio orwelliano, los políticos no deben mantener discursos contrarios al globalismo, so pena de ser puestos en entredicho o incluso ilegalizados. Permítame el lector la siguiente autocita de uno de mis artículos publicados, referente al proyecto Elisa:
“Las narrativas antiglobalistas tienen una naturaleza antisistema contraria a las instituciones democráticas y pueden suponer una amenaza directa para la cohesión social, la estabilidad, incluso la salud del país. […] Solo entre el mes de abril de 2020 y septiembre de 2020, el ‘Observatorio Digital Elisa’ ha detectado 1.808 contenidos antiglobalistas difundidos en 157 plataformas.
¿Solo 1.808 contenidos contra el globalismo? No queda más remedio que seguir insistiendo y creando conciencia.
Sin embargo, como era de esperar, ni una palabra sobre el comunismo, auténtico cáncer social, que campa a sus anchas, engañando y estafando ideológicamente a una buena parte de la sociedad que aún sigue suspirando por regímenes totalitarios como la Rusia de Lenin o la Cuba de los Castro y rindiendo culto a personajes siniestros y asesinos como el Che Guevara.
A este respecto, el día 25 de enero se cumplieron veinte años de la resolución 1481/2006 en la cual la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa condena los crímenes perpetrados por el nazismo y el comunismo. En todo este tiempo, los intentos de formaciones criminales nazis no han prosperado; en cambio el auge del comunismo es notorio en todo el mundo, financiado con el narcotráfico, la trata y demás actividades del crimen organizado. El foro de Sao Paulo y después el grupo de Puebla han permeado Latinoamérica e irrumpido en Estados Unidos, donde, aparte de un Partido Demócrata filocomunista e hincado ante la subcultura “woke”, por primera vez hay un alcalde musulmán y comunista, nada menos que en Nueva York. ¡Y de una radicalidad que asusta!
Y nuestra Europa globalista y anticristiana, si bien de acuerdo al imaginario colectivo no se puede denominar comunista, tiene muchos de sus rasgos, a la vez que sesgos muy preocupantes. En primer lugar, a ese ente abstracto, llamado Comisión Europea, tan poco democrático, que nadie sabe bien qué es, compuesto por personas desconocidas a las que los ciudadanos nunca han votado, al servicio de los lobbies de las multinacionales de los grandes magnates que dirigen el mundo, es hora de verle las tripas y los tentáculos. Seguro que más de uno se llevaría alguna sorpresa.
Sus políticas globalistas, incluida la tiranía del tan citado “wokismo”, su odio subterráneo a la raza blanca, su fascinación enfermiza por etnias ajenas, su escasa empatía con el sentir de los ciudadanos, su abandono de los valores en general y su persecución al cristianismo en particular, su mala gestión de la inmigración, su fijación interesada con las bajas emisiones, los pactos verdes y toda la falacia del cambio climático, la persecución a nuestra agricultura, el despilfarro económico en sueldos, dietas y demás prebendas, así como sus tendencias abortistas, transhumanistas y vacunófilas, debidas a un claro conflicto de intereses de sus dirigentes, más su propósito de control de los ciudadanos por cualquier medio posible, muy en consonancia con el Foro de Davos, son opuestas a cualquier idea de bienestar y libertad.
¿Era eso lo que nos prometían? ¿Es esto lo que esperábamos? ¿Esta dictadura que trata a los ciudadanos como si fuesen un rebaño? No, no era esto. Se suponía que nos uníamos a la CEE para mejorar, pero todo está mucho peor que antes. De hecho, en la actualidad, solo opinan a favor de este proyecto fallido los plutócratas y los burócratas que viven a cuenta de las múltiples instituciones y chiringuitos que genera, a quienes el ciudadano les trae al pairo. A los españoles solo nos ha traído regulaciones excesivas y absurdas, pérdida de poder adquisitivo, empobrecimiento, cavilaciones, y la entrega o destrucción de todo lo nuestro. Ya nos vamos olvidando, porque el exceso de problemas y malestar causa amnesias selectivas. Pero teníamos muchas cosas y, en un tiempo no muy lejano, llegamos a ser la novena potencia del mundo ¡sin apenas pagar impuestos! Claro, pero no se robaba.
Eso sí, los políticos que han negociado nuestra entrega y nos siguen atornillando, se han hecho millonarios. Si hubiera la opción de abandonar la Unión Europea, yo lo haría de mil amores. Y seguro que muchos de vosotros también.
*Psicóloga, periodista y escritora










