El feminismo que calla según quién sufra: cuando la ideología pesa más que las mujeres
Miguel Ángel Villaverde.- Hay silencios que pesan más que mil discursos. Cuando estallan escándalos que encajan en el relato habitual, la reacción es inmediata: comunicados, concentraciones, campañas virales. Pero cuando el caso incomoda, cuando afecta a figuras o ámbitos que no encajan con el marco ideológico dominante, lo que aparece es otra cosa: prudencia repentina, matices infinitos… o directamente silencio. Y eso es lo que muchos están percibiendo ante la reacción —o más bien la ausencia de reacción— de referentes feministas en el caso del exdirector adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional y mano derecha del ministro Marlaska, el comisario principal José Ángel González, quien ha renunciado al cargo como máximo mando de este cuerpo tras la decisión del Juzgado de Violencia sobre la Mujer Número 8 de Madrid de citarle como investigado al admitir una querella por un presunto delito de agresión sexual cometido contra una subordinada.ex alto cargo policial. No hay comunicados urgentes, no hay campañas en redes, no hay declaraciones solemnes. Solo un vacío incómodo que contradice años de consignas sobre creer a las víctimas y denunciar el abuso de poder.
La cuestión no es jurídica —la presunción de inocencia es intocable—, sino ética y política. Cuando durante años se ha exigido una respuesta social inmediata ante determinadas acusaciones, no se puede desaparecer cuando el acusado pertenece a un entorno institucional o ideológico incómodo. La coherencia no es opcional: es la base de la credibilidad.
Este silencio selectivo destruye uno de los pilares del discurso feminista contemporáneo: la universalidad. Si la indignación depende de quién sea el señalado, entonces no hablamos de principios, sino de conveniencia. Y cuando la defensa de las mujeres se percibe como un arma política y no como un compromiso moral constante, el daño lo sufren precisamente las víctimas reales, que ven cómo la causa se convierte en territorio de cálculo estratégico.
Lo más duro no es que no haya unanimidad —nunca la hay en ningún movimiento—, sino que las voces más influyentes, las que marcan agenda y narrativa, hayan optado por mirar hacia otro lado. Ese silencio no protege a nadie: erosiona la confianza social, alimenta el escepticismo y da argumentos a quienes llevan años acusando al feminismo de doble rasero.
La igualdad exige valentía cuando resulta incómoda. Defender principios solo cuando no tienen coste no es activismo: es oportunismo. Y la sociedad, cada vez más, lo está notando.











