La utilidad política de Vox para Sánchez
En la política contemporánea, los adversarios no siempre son solo enemigos: a veces también son instrumentos. La relación indirecta entre Pedro Sánchez y Vox encaja bastante bien en esa lógica. No porque exista una estrategia secreta o una coordinación real —algo que no tiene evidencia—, sino porque la existencia misma de Vox ha resultado funcional para la narrativa política del presidente.
Desde la llegada de Vox al Parlamento en 2019, Sánchez ha encontrado un antagonista perfecto. Vox representa la encarnación del “riesgo” que permite movilizar al electorado progresista, cohesionar a la izquierda fragmentada y, sobre todo, colocar al Partido Popular en una posición incómoda: o se distancia de Vox y pierde votos por la derecha, o se acerca y refuerza el argumento socialista de que existe un bloque conservador radicalizado.
Ese marco mental —la idea de que “viene la derecha con la extrema derecha”— ha sido uno de los pilares discursivos del sanchismo. No es casualidad que muchas campañas electorales del PSOE hayan girado más alrededor del miedo a Vox que de la defensa de la propia gestión gubernamental. En términos electorales, la amenaza moviliza más que la promesa.
Pero esta estrategia tiene un coste democrático evidente. Cuando el debate político se organiza en torno a la confrontación con el adversario más extremo, el espacio de consenso se reduce y la polarización se convierte en norma. Vox crece porque la política se radicaliza, y la política se radicaliza porque Vox existe y se utiliza como referencia constante. Es un círculo que se retroalimenta.
Paradójicamente, esa dinámica también beneficia a Vox. Cada vez que el Gobierno lo presenta como un peligro existencial, refuerza su visibilidad y su papel central en el sistema político. En comunicación política, no hay publicidad más eficaz que el antagonismo permanente. Un partido pequeño puede convertirse en imprescindible simplemente siendo el enemigo principal.
Esto no significa que Sánchez haya “creado” Vox, como afirma parte de la oposición. Vox responde a corrientes sociales y políticas profundas presentes en muchas democracias occidentales: descontento territorial, reacción cultural, inseguridad económica y desconfianza hacia las élites. Sin embargo, sí puede sostenerse que Sánchez ha sabido aprovechar su existencia para estructurar el tablero político en términos binarios: progreso o reacción.
El riesgo para el propio presidente es que las herramientas políticas tienen vida propia. Si Vox continúa creciendo, el miedo puede dejar de ser un recurso movilizador y convertirse en una amenaza real de alternancia. En ese momento, lo que fue útil como estrategia podría transformarse en un problema.
En definitiva, más que una conspiración, la relación entre Sánchez y Vox refleja una ley clásica de la política: los líderes no eligen a sus adversarios, pero sí pueden decidir cómo utilizarlos. Y en la España actual, Vox ha sido, voluntaria o involuntariamente, uno de los activos políticos más rentables para Sánchez.











