La ceguera de la izquierda ante los efectos de la inmigración masiva y el auge de la derecha
AD.- No quieren enterarse o viven instalados en una realidad distópica. Dirigentes políticos y periodistas afiliados al sanchismo hacen estos días un patético ejercicio de simplismo maniqueo, apelando a poner freno a la “ultraderecha”, como si el auge electoral de estas formaciones no fuera el reflejo de problemas estructurales no resueltos, del malestar social acumulado y de una profunda crisis de representación política. Comprender estas causas es fundamental para entender el auge de formaciones que ellos pretenden combatir, pero que inflaman electoralmente con sus discursos y sus políticas. La izquierda sigue ignorando el diagnóstico real de una enfermedad que provoca la deserción masiva de muchos de sus tradicionales votantes. Como proclamar la lucha contra el colesterol mientras se promueve el consumo masivo de azúcar.
Ante el auge de la derecha, la respuesta de la izquierda ha sido una combinación letal de arrogancia moral, negación de la realidad y desprecio abierto hacia quienes ya no la votan. En lugar de preguntarse qué está fallando, ha preferido refugiarse en consignas, etiquetas y una superioridad ética que no explica nada y no convence a nadie.
De entrada, ignoran que España es el único país de Occidente que forjó su identidad nacional reivindicando la esencia cristiana de su proyecto histórico, entendido como incompatible con el islam. Esto ayuda a comprender muchos acontecimientos de nuestros días.
El caso de la inmigración masiva, y consiguientemente, del cambio demográfico y cultural puesto en marcha, es el ejemplo más claro —y más tóxico— de esta deriva. Para gran parte de la izquierda, el debate está cerrado de antemano: cuestionar cualquier aspecto de las políticas migratorias equivale automáticamente a ser racista. No hay matices, no hay contexto, no hay espacio para hablar de límites, ritmos, capacidad de acogida o impactos sociales. Todo se reduce a una dicotomía infantil entre “los buenos” y “los fascistas”. El resultado es devastador: millones de personas con preocupaciones legítimas son expulsadas del debate democrático.
En los barrios populares, donde la izquierda decía estar enraizada, la realidad es muy distinta al relato oficial. Escuelas saturadas, servicios públicos desbordados, competencia feroz por empleos precarios, tensiones culturales mal gestionadas y una sensación creciente de abandono institucional. Cuando los vecinos hablan de esto, la izquierda no escucha: sermonea. Les explica que sus problemas no existen, que son percepciones inducidas o, peor aún, que son moralmente sospechosos. Ese desprecio se paga en las urnas.
Mientras tanto, una izquierda acomodada, urbana y universitaria celebra la diversidad desde barrios gentrificados donde los conflictos no llegan o llegan filtrados. Para estas élites progresistas, la inmigración es una abstracción ideológica o un capital simbólico; para otros, es una experiencia cotidiana intensa, rápida y muchas veces caótica. Fingir que esta brecha no existe no es solidaridad: es cinismo.
Una parte de la derecha ha entendido algo que la izquierda se niega a aceptar: que el malestar social no desaparece porque lo declares ilegítimo. Puede manipularlo, simplificarlo o canalizarlo hacia el odio, pero al menos lo nombra. Habla de inseguridad, de pérdida de control, de identidad, de competencia material. La izquierda, en cambio, ha renunciado a disputar ese terreno. Ha decidido que es más cómodo acusar a los votantes que hacer autocrítica.
No, la derecha no crece porque la sociedad se haya vuelto súbitamente racista. Crece porque hay una izquierda incapaz de articular un proyecto creíble que combine derechos humanos con orden, solidaridad con planificación, acogida con inversión real. Crece porque muchos trabajadores sienten que nadie defiende sus intereses y que, además, se les exige silencio y gratitud.
Cada voto que se va a la derecha es también un fracaso de la izquierda. Pero mientras esta siga negandolo, seguirá perdiendo. No porque la derecha tenga razón, sino porque la izquierda ha dejado de lado a millones de españoles e incluso pretende sustituirlos por poblaciones provenientes de sociedades refractarias a nuestra herencia cultural de siglos. La evanescencia del partido de Irene Montero en Aragón refrenda esta tesis.
La izquierda española no entiende la reacción de los ciudadanos ante el cambio demográfico porque se ha encerrado en un discurso moralizante y abstracto, desconectado de la vida cotidiana. Mientras siga negando la dimensión emocional y simbólica del problema, seguirá perdiendo legitimidad y dejando espacio a quienes sí hablan a la gente desde sus temores y aspiraciones reales. Ignorar esta realidad no es un error menor: es una receta segura para la irrelevancia social y política.











