El feminismo como obediencia: Pilar Alegría y el engranaje del PSOE
El mayor triunfo del aparato del PSOE en los últimos años no ha sido ganar elecciones ni imponer su agenda, sino domesticar el feminismo hasta convertirlo en una herramienta de disciplina interna. Un feminismo que ya no fiscaliza el poder, sino que lo justifica. Un feminismo que no cuestiona jerarquías, sino que las legitima. Y en ese esquema perfectamente engrasado, Pilar Alegría no actúa como una anomalía, sino como una pieza funcional del sistema.
El PSOE ha construido un modelo en el que la retórica feminista sirve para blindar al partido frente a cualquier crítica, especialmente cuando esa crítica apunta hacia dentro. No hay autocrítica, no hay revisión de dinámicas de poder, no hay voluntad real de desmontar el aparato. Hay consignas, obediencia y una red de lealtades que se protege a sí misma con un lenguaje progresista cuidadosamente ensayado.
Pilar Alegría representa ese perfil ideal para el aparato: disciplinada, comunicativamente eficaz y políticamente fiable. Su feminismo no es incómodo, no es disruptivo, no exige cambios estructurales dentro del partido. Es un feminismo compatible con el ascenso orgánico, con la protección mutua y con el silencio selectivo. Justo el tipo de feminismo que el PSOE necesita para mantener intacto su núcleo de poder.
La relación política y orgánica con figuras clave del aparato socialista, como Paco Salazar, no es anecdótica ni irrelevante. Es sintomática. No porque exista nada que fiscalizar en lo personal, sino porque demuestra cómo el feminismo desaparece cuando entra en conflicto con la lógica del partido. Las mismas exigencias de transparencia, ejemplaridad y revisión de poder que se lanzan contra el adversario no se aplican jamás al ecosistema interno.
Este doble rasero no es un error: es un diseño. El feminismo del PSOE funciona hacia fuera como arma moral y hacia dentro como mecanismo de cierre de filas. Quien cuestiona decisiones, alianzas o ascensos no es tratado como un crítico legítimo, sino como un problema político. Y si es mujer, peor aún: se la acusa implícitamente de debilitar “la causa”.
Así, el aparato consigue una paradoja perversa: usa el feminismo para silenciar a las mujeres que no se someten a su lógica. No hay espacio para el disenso feminista interno, porque el feminismo oficial ya está definido por la dirección y no admite matices. O estás dentro del marco, o estás fuera del consenso.
Pilar Alegría no rompe con ese esquema porque no está ahí para romperlo. Su papel es representarlo con una sonrisa institucional, repetir el argumentario y evitar cualquier fisura que pueda incomodar a quienes realmente mandan. El feminismo se convierte así en una liturgia: se repite, se celebra y se exhibe, pero nunca se utiliza para cuestionar el reparto real del poder.
El problema no es solo ético, sino político. Este modelo degrada el feminismo hasta convertirlo en propaganda y degrada la política hasta reducirla a lealtades internas. Mientras tanto, los problemas reales de igualdad —precariedad, conciliación, dependencia económica, violencia en contextos invisibilizados— quedan relegados porque no sirven para consolidar el aparato.
El PSOE no teme al machismo estructural tanto como teme a la crítica interna. Y por eso necesita un feminismo dócil, previsible y alineado. Un feminismo que no pregunte quién manda, cómo se asciende ni quién protege a quién. Un feminismo que no incomode a figuras del núcleo duro, aunque esas mismas figuras encarnen exactamente las dinámicas de poder que el discurso dice combatir.
Pilar Alegría es, en ese sentido, una figura coherente con el sistema al que pertenece. No incoherente: funcional. Funcional a un partido que ha aprendido a hablar el lenguaje de la igualdad sin tocar ni un tornillo de su estructura interna.
El feminismo real nunca ha sido cómodo para el poder. Por eso, cuando el poder se declara feminista sin cambiar nada, lo que hay que preguntarse no es qué feminismo defiende, sino a quién está protegiendo.










