Irene Montero desvela la agenda progresista: fronteras abiertas y sustitución demográfica de la población española de origen
AD.- Hay líneas que un político no debería cruzar jamás. No por corrección política, sino por responsabilidad democrática. Irene Montero ha decidido cruzarlas todas a la vez y sonreír mientras lo hace.
Al abrazar —aunque sea de forma retórica, irónica o “malinterpretada”, según el argumentario de emergencia— el lenguaje del “reemplazo demográfico”, Montero no solo demuestra una alarmante ligereza intelectual: revela hasta qué punto está dispuesta a jugar con fuego con tal de agitar a su parroquia y mantenerse relevante en un debate que ya no controla.
Porque no, no estamos ante una simple provocación. Tampoco ante toda una declaración de intenciones que hasta ahora no había sido explicitado de forma tan clara por un dirigente izquierdista. Irene Montero ha dicho alto y claro que a la izquierda le sobra los millones de españoles que no pertenecen a su universo ideológico ni electoral. Y que es imperio la sustitución demográfica de esos millones de desafectos por poblaciones provenientes de contextos culturales bien distintos. Sin pretenderlo (o acaso sí), Irene Montero ha interiorizado esa narrativa tóxica, históricamente asociada al nazismo, al identitarismo excluyente y a la violencia política, que de facto defiende la exclusión de la vida ciudadana de aquellos que disientan del pensamiento oficial. Que esa narrativa se use ahora con un barniz supuestamente progresista no la hace menos peligrosa. La hace más cínica.
Montero pretende convencernos de que hablar de “reemplazar” a unos ciudadanos por otros —aunque sea en sentido figurado— es un gesto emancipador. Pero la democracia no funciona por sustitución, ni étnica, ni ideológica, ni moral. Funciona por convivencia, por reglas compartidas y por respeto al pluralismo, incluso cuando ese pluralismo incomoda. Algo que, a estas alturas, parece profundamente ajeno al universo mental de la eurodiputada.
Lo más grave, insistimos, no es el contenido literal de sus palabras, sino el marco mental que delatan: la idea de que hay gente sobrante, ideas prescindibles y ciudadanos que deben ser desplazados por otros más “correctos”. Exactamente la misma lógica que Montero dice combatir cuando viene de enfrente. Exactamente el mismo autoritarismo, solo que con lenguaje inclusivo.
Y cuando llegan las críticas —no solo desde la derecha, sino desde sectores amplios de la sociedad que entienden el peligro de ese discurso— la respuesta no es reflexión ni rectificación. Es chulería moral, insulto personal y huida hacia adelante. El problema nunca es lo que dice, sino “quién se ofende”. Un clásico.
Que una dirigente que se presenta como defensora de los derechos humanos, del feminismo y de la diversidad utilice conceptos cargados de violencia simbólica demuestra hasta qué punto el proyecto político se ha vaciado de principios y se ha llenado de puro cálculo. Provocar para existir. Polarizar para no desaparecer. Radicalizar el lenguaje porque ya no quedan ideas nuevas.
La izquierda que juega a coquetear con el “reemplazo” no está combatiendo a la supuesta extrema derecha: está robusteciendo sus posibilidades electorales. Cuando políticos de izquierda normalizan el lenguaje de la exclusión de la población autóctona, luego que no se extrañen de que cada vez más españoles hallen acomodo en formaciones de signo identitario.
Irene Montero no es una víctima de una campaña mediática. Es autora responsable de sus palabras. Y esas palabras no construyen un futuro más justo, más plural ni más humano. Construyen un clima de confrontación permanente en el que todo vale, incluso dinamitar los principios democráticos que dice defender.
Y eso, por mucho que se envuelva en causas nobles, no es progresismo. Es irresponsabilidad. Pura y dura.











