El problema de España no es Sánchez, sino la cobardía de los españoles, un pueblo sin casta ni alma
AD.- Pedro Sánchez resiste porque conoce a fondo la cobardía de los españoles. Da igual lo que haga, que aquí nadie moverá un dedo. La sensación de impunidad que percibimos en Sánchez se acrecienta a medida que él percibe la naturaleza indolente, descastada e inofensiva de la población española. Todo se reduce a bravuconadas en foros y eslóganes, con voz aguardentosa, que son tan lesivos al Gobierno como una mariposa a un cocodrilo.
La teoría del pulpo en el agua hirviendo ha surtido aquí pleno efecto. El fenómeno del sanchismo habría sido imposible sin la cobardía y la renuncia a cualquier ideal trascendente de los españoles. España es ya un país sin casta y sin alma. El pueblo español ya no siente ni frío ni calor. Se sienta. Espera. Comenta. Opina bajito. Y en España esa cobardía se ha vuelto respetable. No se la llama miedo ni sumisión, sino prudencia y sentido común. Desde la Iglesia a los partidos de la oposición, nadie quiere meterse en líos.
Uno de los rasgos culturales más celebrados en España es la habilidad para pasar desapercibido. No destacar, no molestar, no incomodar. El que levanta la voz es un exagerado; el que discrepa en serio, un radical; el que insiste, un iluminado. El mensaje es claro: sé listo, no te señales. En España no merece la pena.
El resultado es una sociedad donde todo el mundo ve los problemas, pero nadie quiere ser el primero en decirlo en voz alta. Donde la valentía se considera ingenuidad y el silencio se confunde con inteligencia social.
Ironía como coartada moral
La ironía se ha convertido en una magnífica coartada para no comprometerse. Bromear sobre todo, relativizarlo todo, convertir cualquier postura firme en un meme. Así nadie queda expuesto.
La ironía permanente no es sofisticación: es autodefensa emocional. Permite mirar las injusticias desde lejos, sin mancharse, sin implicarse. Reírse de todo es mucho más cómodo que tomar partido por algo.
Delegar la responsabilidad (siempre)
Aquí los problemas siempre son de otro: de los políticos, de Europa, de “la gente”, del sistema, de la historia. La responsabilidad personal y colectiva se externaliza con una eficacia admirable.
Protestar cuesta poco; sostener una posición incómoda en el tiempo, mucho. Por eso se protesta en abstracto, se firma una petición, se comenta una noticia en redes sociales… y se acuesta cada noche con la sensación reconfortante de haber cumplido.
Cualquier sacudida genera alarma. El conflicto se vive como algo patológico, no como un motor de cambio. Se prefiere una injusticia estable a una incertidumbre que obligue a posicionarse.
Así, la moderación deja de ser una virtud y se convierte en una coartada para no hacer nada. Todo cambio profundo se tacha de peligroso, no porque lo sea, sino porque exige coraje.
El miedo al coste personal
Quizá el rasgo más honesto de todos: el cálculo constante. ¿Esto me va a traer problemas? ¿Me cerrará puertas? ¿Me señalará?
Y como casi todo tiene un coste, casi nada se hace. No por maldad, sino por miedo a perder comodidad, reputación o tranquilidad. La cobardía aquí no es épica ni dramática: es doméstica, perfectamente integrada en la vida diaria.
Nada de esto convierte a nadie en peor persona. Pero sí dibuja una cultura donde la valentía es rara y, cuando aparece, suele ser castigada con desconfianza o burla.
No es que falte talento, inteligencia o sensibilidad. Falta disposición a pagar el precio de defender algo más allá del comentario ingenioso y el chiste ocurrente.
La cobardía, por desgracia, ya se ha convertido en un rasgo tan distintivo de la idiosincrasia española como la paella y la siesta. La comodidad moral se impone a la necesidad del compromiso ético con un país que, en el fondo, dejamos de querer en la misma medida que dejamos de querernos a nosotros mismos.
La cobardía arrodilla conciencias. Por eso carecemos del valor para al menos reconocernos como un pueblo con escaso o nulo apego a cosas más elevadas que el chascarrillo y el mantra de carajillo. Aquí llamamos moderación y sensatez a lo que, en el fondo, es solo miedo bien vestido.
Los abusos de poder, los indultos a delincuentes, la protección de los ocupas, el desprecio a las empresas, el endeudamiento suicida, la pobreza creciente, el despilfarro, el mal estado de nuestras infraestructuras estatales, las muertes por negligencia de los políticos, la compra de voluntades con dinero público, la regularización de un millón de ilegales, el reemplazo demográfico, los impuestos abusivos, el cambio de leyes para proteger a los corruptos, las amnistías inmorales, la liberación de terroristas condenados y decenas de otros abusos, arbitrariedades y suciedades pueden quedar impunes porque Sánchez se siente cada día más cómodo en el papel de dictador y porque el miserable pueblo español se lo permite.











