La afición del Real Madrid, último dique ante la deriva de Florentino
BC.- El Real Madrid atraviesa un momento que exige algo más que aplausos automáticos y discursos triunfalistas. Bajo la presidencia de Florentino Pérez, el club ha acumulado éxitos indiscutibles, pero también ha entrado en una dinámica preocupante de poder concentrado, falta de autocrítica y desconexión con la afición. Hoy, el mayor riesgo para el Real Madrid no es deportivo ni económico: es institucional y moral.
Florentino ha convertido la presidencia en un espacio prácticamente incontestable. Sin oposición real, sin debate interno y con un modelo de club cada vez más vertical, el Madrid ha ido perdiendo algo esencial: la sensación de pertenencia colectiva. El socio ya no decide, el aficionado no cuenta y la crítica se despacha como ruido o traición.
En lo deportivo, la deriva es evidente. Planificación errática, decisiones tomadas más desde el despacho que desde el césped y una política de fichajes que oscila entre la obsesión por la oportunidad de mercado y la falta de respuestas inmediatas a necesidades claras del equipo. El relato del “todo está bajo control” se repite, pero el campo, tozudo, lo desmiente con frecuencia.
El Real Madrid no es un club cualquiera. Es un símbolo de excelencia deportiva, pero también de orgullo popular. Desde Di Stéfano hasta Cristiano Ronaldo, pasando por la Quinta del Buitre, la Casa Blanca siempre mantuvo una filosofía: darlo todo en el campo, sin concesiones.
Sin embargo, la gestión reciente —especialmente desde que Florentino Pérez recuperó el sillón presidencial hace más de una década— ha mostrado síntomas preocupantes de deriva: fichajes arbitrarios, falta de proyecto deportivo claro a largo plazo, y decisiones precipitadas que parecen más fruto de impulsos que de planificación estratégica.
La pérdida de rumbo deportivo
Los últimos veranos y ventanas de fichajes han evidenciado una sensación de improvisación: jugadores que llegan sin continuidad de proyecto, entrenadores con estilos opuestos y contratos que parecen más respuestas reactivas que parte de un plan estructurado. Mientras tanto, otros grandes clubes europeos no sólo invierten en talento, sino en coherencia táctica y visión a largo plazo.
Este desorden no es culpa de un día; es la acumulación de decisiones desligadas de una filosofía clara. Y cuando la planificación falla, el equipo lo paga en el campo.
Ante este escenario, sólo queda una fuerza capaz de frenar la inercia: la afición del Real Madrid. No como masa acrítica, sino como conciencia del club. El madridismo no puede limitarse a celebrar títulos pasados mientras se vacía el presente de participación y el futuro de pluralidad. Apoyar al equipo no implica aceptar sin rechistar cada decisión presidencial.
El Real Madrid ha sido grande cuando su gente ha exigido grandeza. Cuando la grada marcó el nivel de exigencia, cuando el socio fue algo más que un número y cuando ningún presidente se creyó por encima del escudo.
Hoy, más que nunca, el madridismo debe recordar que el club no pertenece a un hombre, por exitoso que haya sido, sino a su gente. Si la afición calla, la deriva continuará. Si la afición habla, aún hay margen para corregir el rumbo. Mañana domingo, en el partido contra el Rayo, es el día de hablar alto y claro. Las gradas tienen que volver un clamor contra la gestión deportiva de Florentino.
Porque el Real Madrid sobrevivirá a Florentino. La pregunta es en qué estado llegará a ese día.











