Arbeloa y el naufragio futbolístico del Madrid ante el Benfica
Álvaro Tomé.- El partido del Real Madrid frente al Benfica dejó algo más preocupante que un mal resultado: dejó al descubierto una alarmante pobreza futbolística que apunta directamente al banquillo. Álvaro Arbeloa, elevado a entrenador más por su pasado como símbolo de compromiso que por méritos tácticos contrastados, firmó una actuación que roza la negligencia futbolística. El Madrid fue un equipo plano, previsible y sin alma, incapaz de imponer ritmo, ideas o carácter ante un rival bien trabajado pero, en ningún caso, superior en talento.
La propuesta fue tan conservadora como incoherente. Un equipo mal posicionado, líneas separadas, sin mecanismos claros de salida de balón y con una alarmante dependencia de acciones individuales. No hubo plan B, ni ajustes, ni lectura del partido. El Benfica entendió rápidamente dónde hacer daño y Arbeloa, desde la banda, se limitó a observar cómo su equipo se descomponía sin ofrecer respuesta alguna. La sensación fue la de un entrenador superado por el escenario, refugiado en consignas vacías y gestos de impotencia.
Resulta especialmente grave que un técnico que presume de “ADN Madrid” haya presentado un equipo sin colmillo, sin agresividad y sin ambición. El Madrid no puede permitirse partidos en los que parece pedir permiso para competir. Arbeloa habla de valores, de intensidad y de orgullo, pero nada de eso apareció sobre el césped. Cuando el discurso no se traduce en fútbol, el problema ya no es de actitud: es de capacidad.
Este partido debería ser una seria llamada de atención. El Real Madrid no es un laboratorio de aprendizaje ni un homenaje permanente al pasado. Es un club que exige excelencia inmediata. Si Arbeloa no es capaz de dotar al equipo de una identidad clara, valiente y reconocible, su figura corre el riesgo de quedar reducida a lo que fue ante el Benfica: un nombre respetado, pero un entrenador claramente insuficiente.











