¡NO EN NUESTRO NOMBRE, MAJESTAD! EL REY NO PINTA NADA EN UN FUNERAL LAICO
AD.- Que el rey acuda a un funeral laico no es un gesto de respeto ni de convivencia: es una claudicación. Una más. Y, como casi todas, innecesaria, cobarde y profundamente dañina para la institución que dice representar.
La Jefatura del Estado no es una figura sentimental ni un actor del duelo privado.
El rey representa una institución histórica, constitucional y simbólica que hunde sus raíces —para bien o para mal— en una tradición inseparable de una determinada concepción cultural y espiritual de España. Pretender que esa figura pueda diluirse en ceremonias deliberadamente ajenas a cualquier referencia religiosa no es modernidad: es oportunismo y vacío. La Corona española no es un florero multicultural ni un animador de consensos ficticios. Es una institución concreta, con una historia concreta y un significado concreto. Quien pretende convertirla en una figura vaporosa, desprovista de raíces, lo que en realidad busca es su desaparición. Porque una monarquía que se avergüenza de sí misma está condenada a ser barrida por la primera corriente ideológica con algo de fuerza.
Un funeral laico es, por definición, una afirmación ideológica. Niega el marco religioso no por casualidad, sino por convicción. Que el rey acuda a él equivale a legitimar una visión del mundo que no es compartida por una parte sustancial de los ciudadanos a los que dice representar. La Corona no está para avalar opciones filosóficas concretas, sino para mantenerse en un terreno de neutralidad que, paradójicamente, se pierde cuando se intenta complacer a todos.
Detrás de estos gestos no hay respeto ni sensibilidad, sino miedo. Miedo a la prensa, miedo al tuitero profesional, miedo a la izquierda cultural que dicta qué es aceptable y qué no. Se sacrifica la dignidad institucional en el altar del aplauso inmediato. Y eso, lejos de salvar a la monarquía, la humilla.. Pero el precio es alto: cada paso en esa dirección convierte a la monarquía en un símbolo cada vez más intercambiable, más débil, más prescindible.
Si el rey puede acudir a cualquier ceremonia diseñada expresamente para excluir aquello que históricamente da sentido a su papel, entonces el rey sobra. No es un símbolo de unidad, sino un figurante dócil, perfectamente reemplazable por cualquier cargo electo con buena sonrisa y traje oscuro.
La verdadera falta de respeto no es la ausencia del rey en un funeral laico. La falta de respeto es exigir su presencia para legitimar un relato que quiere reducir la Corona a un residuo decorativo del pasado.
El rey no debe ir. Y si va, que no se engañe nadie: no es un gesto de modernidad, sino otra renuncia. Otra concesión. Otro paso hacia la irrelevancia.
Si la Corona quiere sobrevivir, debe dejar de pedir perdón por existir. Debe entender que no todo acto público exige la presencia del rey, y que hay límites que, cuando se cruzan, no acercan a la institución a la ciudadanía, sino que la vacían de significado.
El rey no debe acudir a un funeral laico. No por desprecio, no por arrogancia, sino por respeto: respeto a la institución que encarna, a su función constitucional y a la inteligencia de los ciudadanos. A veces, la verdadera neutralidad consiste en saber decir no.
Si el rey puede acudir a cualquier ceremonia diseñada expresamente para excluir aquello que históricamente da sentido a su papel, entonces el rey sobra. No es un símbolo de unidad, sino un figurante dócil, perfectamente reemplazable por cualquier cargo electo con buena sonrisa y traje oscuro.
La verdadera falta de respeto no es la ausencia del rey en un funeral laico. La falta de respeto es exigir su presencia para legitimar un relato que quiere reducir la Corona a un residuo decorativo del pasado.
El rey no debe ir. Y si va, que no se engañe nadie: no es un gesto de modernidad, sino otra renuncia. Otra concesión. Otro paso hacia la irrelevancia. Otro paso hacia la traición.











