El fútbol femenino y la mentira obligatoria
El fútbol femenino no tiene un problema de machismo: tiene un problema de ficción. Una ficción cuidadosamente construida por federaciones, medios y patrocinadores que han decidido que el entusiasmo es obligatorio y la crítica, sospechosa. No se trata de impulsar un deporte, sino de blindarlo narrativamente para que nadie se atreva a decir lo evidente: el nivel medio aún no justifica la exposición que recibe.
Hoy el fútbol femenino no se analiza, se protege. Se retransmite como si fuera élite, se comenta como si fuera incuestionable y se vende como si ya hubiera llegado al destino final. Quien no compra el paquete completo es señalado: no entiendes el contexto, no apoyas lo suficiente, tienes un problema moral. Curioso argumento para un deporte profesional: si no te gusta, el fallo es tuyo.
La sobreexposición no ha venido acompañada de una mejora proporcional del juego, sino de una inflación del discurso. Cada partido es “histórico”. Cada torneo es “un antes y un después”. Cada gol es “un mensaje”. El fútbol, reducido a pancarta. Cuando todo es épico, nada lo es. Y cuando el relato pesa más que el balón, el espectáculo se resiente.
El gran engaño consiste en confundir visibilidad con calidad. Poner cámaras no eleva el ritmo. Multiplicar titulares no corrige errores técnicos. Llenar discursos de igualdad no arregla desajustes tácticos ni falta de intensidad competitiva. El fútbol —ese deporte tan poco sentimental— mejora con exigencia, no con consignas.
Lo más perverso es que se ha instaurado una asimetría cómoda: se exige trato de élite sin aceptar el escrutinio de la élite. Se pide respeto, pero no evaluación. Se reclama igualdad mediática, pero no comparación deportiva. En cualquier otro ámbito profesional, eso se llamaría trato preferente. Aquí se disfraza de justicia social.
Y no, señalar esto no es atacar a las futbolistas. Es, de hecho, lo contrario. Porque ningún deportista mejora en un ecosistema donde el error se justifica, la crítica se penaliza y el aplauso es automático. El paternalismo nunca ha elevado el nivel de nada; solo ha servido para maquillar carencias mientras se vende progreso.
El público no es estúpido. Puede aceptar un producto en crecimiento si se le habla con honestidad. Lo que no acepta es que se le diga qué debe sentir. El desapego no nace del rechazo ideológico, sino de la distancia entre lo prometido y lo que ocurre en el campo. Cuando el marketing promete élite y el juego ofrece proceso, el resultado es frustración.
El fútbol femenino necesita menos campañas y más competencia real. Menos discursos y más ritmo. Menos miedo a la crítica y más ambición deportiva. Mientras siga protegido por una burbuja narrativa, seguirá creciendo más en titulares que en césped.
Porque el respeto en el fútbol no se impone. Se gana.











