“Que Dios reparta suerte”
Alejandra G.P.- Los trenes debían de llegar a su destino a la hora prevista, pero nunca lo hicieron. En cuestión de segundos, el sonido habitual de los rieles se transformó en caos, miedo y silencio.
Lo ocurrido dejó víctimas, preguntas sin respuesta y una herida abierta en la confianza de los viajeros. También expuso problemas que llevan años siendo advertidos.
La desfachatez y el sarcasmo habitual del ministro de Transportes se ha quedado en una sumisión de conveniencia, un humilde fingido por supuesto y un moderado a la fuerza. Dos de cada tres ciudadanos en España pide su dimisión encarecidamente, pero él se aferra a su asiento, un asiento muy diferente al que ocupaban los 45 fallecidos en esta horrible tragedia.
Lo qué está claro es que estamos encomendados a algo divino, y que las desgracias que pasan en nuestro país no son culpa de nadie. No hablemos de asumir responsabilidades. Volverán a hacer un paripé con un grupo de expertos inexistente y a tirar hasta la siguiente riada/ pandemia/ accidente/ atentado y un largo etcétera.
Hace falta volver a mirar a aquella España que no bajaba la cabeza, ni se le olvidaban las tragedias, nos quedaban grabadas en la retina, porque la dificultad no era excusa sino acicate. Una España de gente luchadora, acostumbrada a levantarse temprano, a resistir sin aplausos y a sacar adelante a los suyos con esfuerzo y dignidad.
Hoy, la resignación parece haberse normalizado y el desánimo se disfraza de prudencia y convendría recordar que el progreso nunca nació de la rendición, sino de la constancia, el sacrificio y la voluntad de no conformarse. No se trata de nostalgia, se trata de recuperar el carácter, ese que nos empuja a pelear por lo propio en lugar de asumir la derrota como algo inevitable.
Nos han acostumbrado a aceptar lo que viene, a conformarnos y a callar. Recuperar esa España no es mirar atrás, es negarse a seguir perdiendo, porque una sociedad que se acostumbra a rendirse acaba gobernada para siempre por quienes nunca han tenido que luchar por nada.
Desde estas líneas transmitir todo nuestro afecto y cariño a víctimas, familiares y amigos.
Termino con una frase de Konrad Adenauer, un demócrata pragmático e incansable unificador. Fue un gran alemán y un gran europeo, un hombre excepcional para liderar su país en los arduos años de recuperación del caos al que Hitler y su loca filosofía habían reducido al país. Dice así “Quien pierde la fe en su país, pierde la fe en sí mismo”.











