La brecha ideológica entre sexos de la Generación Z provocada por el ‘wokismo’ amenaza a Occidente
LG.- Hace pocos días, el multimillonario financista Bill Ackman citó en X un gráfico que muestra cómo crece la brecha ideológico-política entre hombres y mujeres jóvenes. Si bien no es nuevo, este dato recuperado por Ackman de inmediato llamó la atención de Elon Musk que mostró idéntica curiosidad por el fenómeno que señala un pronunciado corrimiento de las mujeres hacia la izquierda, mientras que los varones parecen haber permanecido dentro del mismo espectro ideológico.
En efecto, en el último cuarto de siglo, las mujeres se corrieron radicalmente a la izquierda, hecho que las separa cada vez más de los hombres. Para la concordancia cívica, cultural y económica, una polarización pronunciada y creciente intergeneracional representa un futuro sombrío. El desplazamiento de las mujeres hacia la izquierda identitaria extrema es un fenómeno global que viene siendo evidenciado, tanto en los espacios académicos como en la cultura popular que suele mofarse del grado de neurosis y fanatismo que se viraliza cotidianamente en redes sociales.
Este doble fenómeno, el corrimiento a la izquierda y la radicalización neurótico-performática suscita múltiples intentos de explicación, mayormente centradas en la emocionalidad, la colectivización tribal e incluso se atribuye la situación a la carencia de hijos que haría que la potente energía maternal se canalizara a causas en las que estos grupos de mujeres sintieran que podría ejercer su rol protector. Ante el desconcierto, habitualmente se tiende a validar respuestas simples o superficiales; y es posible que en todo haya una cuota de razón.
Lo cierto es que aún estamos rascando la superficie de las guerras que se libraron contra las mujeres, las adolescentes y las estructuras familiares y de socialización durante el apogeo del dogma woke. Pero resulta necesario atender al hecho de que no hay elemento de la sociedad que no fuera infectado. Así, las políticas de salud mental, el ámbito educativo, el input cultural y un sinfín de elementos más contribuyeron a crear ecosistemas muy hostiles para el desarrollo de niñas y adolescentes. El wokismo colonizó cada espacio, y con especial brutalidad las teorías feministas, y se fue adaptando para abordar las vulnerabilidades psicológicas de las jóvenes en etapas tempranas de desarrollo. En definitiva, durante años, todo el aparato ideológico woke consiguió capturar las esperanzas, las angustias, las inseguridades, las frustraciones y los protocolos de comportamiento y relación social de una vastísima cantidad de muchachas occidentales.
Esta brecha que llama la atención de Ackman y de tantos líderes políticos y empresariales, rompe el patrón de que las generaciones tienden a moverse monolíticamente en cuanto a su ideología política, dado que sus componentes transitan experiencias formativas similares. Pero hoy en día los jóvenes están experimentando una gran divergencia de política: las mujeres jóvenes se están corriendo cada vez más a la izquierda y los hombres permanecen igual o ligeramente a la derecha, como si se tratara de dos generaciones distintas.
Es clave entender que esto ocurre en todo el mundo libre, o sea, del que tenemos registro de intención de voto, etc. Se trata de patrones que se repiten y estandarizan a grupos fácilmente identificables. Esto tiene su correlato en diversas investigaciones sobre la personalidad, que pueden identificar estos patrones. En estudios como Sex differences in moral judgements across 67 countries se demuestra que las mujeres tienen puntuaciones más altas en Cuidado, Justicia y Pureza, consistentes con la sensibilidad al sufrimiento ajeno, la injusticia y absolutismo moral. El estudio de David P. Schmitt, Anu Realo, Martin Voracek y Jüri Allik, “Why can’t a man be more like a woman? Sex differences in Big Five personality traits across 55 cultures”, analizó datos de 17637 personas en 55 países y encontró que, en promedio, las mujeres puntuaron más alto que los hombres en neuroticismo y amabilidad, así como en extraversión y responsabilidad. La diferencia más consistente y de mayor magnitud fue el neuroticismo, un rasgo asociado a mayor sensibilidad al estrés, ansiedad y emociones negativas, lo que sugiere una pauta estable y transversal a contextos culturales muy diversos. Los autores destacan que estas diferencias aparecen incluso en sociedades con altos niveles de igualdad de género, lo que cuestiona explicaciones puramente socioculturales o economicistas.
Estos estudios sirven para entender que hombres y mujeres, mayoritariamente, reaccionan de maneras diferentes al mismo incentivo y que lo que ocurre en el mismo entorno los afecta de forma diferente. Pero desde ya no sirven como única variable para explicar comportamientos fanatizados, violentos, lesivos o ilógicos. Como siempre, cualquier esfuerzo por explicar fenómenos complejos requiere abarcar muchos factores. Aquí entra la revolución de las redes sociales que cambiaron la sociedad en un cortísimo período y sobre todo cambiaron la forma de socialización de los jóvenes. Es posible que la forma de validación social actual sea mucho menos acotada que lo que era hace apenas un par de décadas y que la velocidad de los cambios haga que los jóvenes y sus familias aún no tengan los anticuerpos necesarios como para guiarlos en esa vulnerable etapa de la vida.
Esto es idéntico para hombres y mujeres, pero como hemos visto, no todos reaccionan igual ante los estímulos y el ámbito cultural y de las redes sociales ha sido un ducto por el que se ha colado con fuerza la política de las identidades propias del wokismo. A esto debe sumarse que, por su función algorítmica, las redes sociales son un motor de consenso que capta con mayor eficacia a personas más susceptibles a la presión que como mecanismo de defensa buscan la cámara de eco, que a su vez elimina el conflicto y, en consecuencia, la capacidad de enfrentarlo, asimilarlo, contrastarlo. O sea, que se retroalimenta la brecha.
Sólo a modo de ejemplo: En una encuesta realizada en 2025 a más de 2.000 jóvenes de entre 16 y 29 años para el Centro John Smith, el 20% de las mujeres jóvenes británicas dijeron que eran de izquierda, en comparación con el 13% de los hombres jóvenes, aunque la mayoría de ambos sexos no se identificaron como ni de izquierda ni de derecha. En las elecciones generales británicas de 2024, el 12% de las mujeres de entre 18 y 24 años votaron por formaciones de derecha, en comparación con el 22% de los hombres en ese grupo de edad, según sugiere una encuesta de YouGov. El Partido Verde más radicalizado hacia la izquierda identitaria que otras formaciones progresistas, obtuvo buenos resultados entre las mujeres jóvenes, con un 23% de apoyo, comparado con el 12% de los hombres de entre 18 y 24 años.
Se observa que los hombres de la Generación Z se están volviendo más conservadores y cada vez más indiferentes a la política, lo que contradice tendencias arraigadas, que se remontan al menos a la década de 1970. Mientras tanto, las mujeres de la Generación Z no sólo se han convertido en un fanatizado conglomerado progresista, sino que también están superando a sus pares masculinos en prácticamente todos los indicadores de participación política, no reduciéndose sólo a votar, sino a donar dinero, participar como voluntarios, ser activista en manifestaciones, etc.
En lo que se refiere al ámbito educativo, las universidades pasaron a tener una mayoría de mujeres como alumnas, al tiempo que se convertían en una usina progresista. La institución más formativa de las preferencias ideológicas también pasó a tener una prevalencia femenina y a convertirse en otra cámara de eco donde, como hace el algoritmo en las redes sociales, el desacuerdo se penaliza y el consenso se retroalimenta.
Las mujeres jóvenes terminaron, no por una extraña conspiración sino por una sucesión de eventos desafortunados, atrapadas en entornos cívicos, formativos y culturales diseñados para reforzar sus sesgos estructurales, en una sociedad donde la emocionalidad, la performatividad, la aversión al disenso y el victimismo eran premiados.
Esta sumatoria de causas junto con otras que procuran explicar El ridículo y la furia en la radicalización de las mujeres ‘woke’, encaja mejor en la idea de explicar un sistema de creencias y valores que afectó a un sexo con mayor rapidez y fuerza que al otro, separando también los objetivos, las pulsiones y las voluntades. Esto implica un fallo que se verá con mayor claridad a largo plazo, aunque algunos indicios como la merma en los matrimonios (oficiales o de hecho), la caída de la natalidad y de la formación de familias muestran cómo los sexos se alejan entre sí y de cualquier punto social saludable. Aún cuando el wokismo estuviera en retroceso y esta tendencia fuese pasajera, la brecha tardaría mucho en cerrarse. Mientras tanto, en el Occidente libre, en la parte del mundo más dinámica económica, científica y cultural, hombres y mujeres jóvenes habitan espacios separados. No son buenos augurios.











