El sinsentido de los funerales laicos
En las últimas décadas, los funerales laicos se han presentado como una alternativa moderna, racional y acorde con sociedades cada vez más secularizadas. Se nos dice que son ceremonias más libres, más auténticas, despojadas de dogmas y de referencias trascendentes que ya no representan a muchos ciudadanos. Sin embargo, cuando se analizan con un mínimo de detenimiento, los funerales laicos revelan una paradoja profunda: al renunciar a lo simbólico, a lo ritual heredado y a la dimensión trascendente, terminan vaciándose de sentido precisamente en el momento en que más se necesita.
Un funeral no es —o no debería ser— un simple acto administrativo de despedida. No es una reunión social ni un homenaje biográfico más o menos emotivo. Históricamente, los ritos funerarios han servido para algo esencial: ayudar a los vivos a enfrentarse al misterio de la muerte. Las religiones, con todos sus excesos y contradicciones, entendieron desde muy temprano que la muerte exige un lenguaje especial, una escenografía cargada de símbolos, silencio, repetición y solemnidad. El rito no está pensado para informar, sino para sostener emocionalmente a quienes se quedan.
El funeral laico, en cambio, suele reducirse a una sucesión de discursos bienintencionados, música escogida por su valor sentimental y una narrativa centrada exclusivamente en la vida del difunto. Se habla de logros, de anécdotas, de rasgos de carácter. Se celebra lo que fue, pero se evita cuidadosamente cualquier reflexión profunda sobre lo que significa que ya no sea. La muerte aparece como un hecho incómodo que se rodea con palabras bonitas, pero que nunca se enfrenta de verdad.
Aquí surge el problema central: al eliminar toda referencia a la trascendencia —sea religiosa, espiritual o simbólica— el funeral laico deja a los asistentes solos ante el vacío. No ofrece consuelo más allá del recuerdo ni propone un marco compartido para el dolor. Cada cual debe procesar la pérdida en privado, sin apoyarse en una narrativa común que dé sentido a la experiencia. Lo que se presenta como libertad acaba convirtiéndose en desamparo.
Además, los funerales laicos caen a menudo en una contradicción evidente: rechazan los rituales tradicionales, pero no pueden prescindir del ritual como tal. Por eso los sustituyen por fórmulas improvisadas que imitan, sin admitirlo, lo que pretenden negar. Hay lecturas, hay música “significativa”, hay momentos de silencio pautado. Se construye un ritual sin tradición, un gesto solemne sin raíces, una liturgia avergonzada de serlo. El resultado suele ser una ceremonia fría, artificial, incapaz de generar una emoción compartida que vaya más allá de lo anecdótico.
No se trata de defender una fe concreta ni de imponer creencias religiosas a quien no las tiene. Se trata de reconocer que la muerte no es un asunto meramente privado ni racional. Exige símbolos fuertes, palabras antiguas, gestos repetidos que conecten al individuo con algo más grande que él mismo: una comunidad, una historia, una idea de continuidad. Al renunciar a todo ello, el funeral laico se queda en la superficie, como un acto correcto pero profundamente insuficiente.
Quizá el auge de los funerales laicos no sea tanto un signo de madurez social como una muestra de nuestra dificultad contemporánea para convivir con el límite, el dolor y el misterio. Queremos despedidas limpias, breves y sin incomodidades metafísicas. Pero la muerte no entiende de comodidad. Y cuando intentamos domesticarla con ceremonias asépticas, lo único que logramos es ocultar —malamente— su impacto real.
En ese sentido, el sinsentido de los funerales laicos no está en su falta de religión, sino en su incapacidad para ofrecer algo a cambio: un lenguaje, un símbolo, un relato que ayude a los vivos a seguir viviendo.











